El hombre que brillaba desde el espejo
Un hombre sentado al borde de su cama miró el enorme espejo que tenía frente a él. Vio reflejado su cuerpo: era un hombre enorme, cara redonda, ojos redondos, cuerpo redondo y una sonrisa redonda. Se desnudó totalmente. Miró su enorme barriga, se rascó la nariz, se acercó al espejo y, sin saber por qué, besó su misma imagen. Se rio. Tanto se rio el hombre desnudo que en toda su casa solo se escuchó el eco de su risa.
Detuvo su risa, pero el sonido no paraba. No paraba, como si fuera un diapasón vibrando en las paredes, regresando desde el techo, multiplicándose en cada rincón hasta que la casa entera se volvió una caja de resonancia. Cuando finalmente dejó de sonar, escuchó un silencio muy bello, tan denso que le dolía en los oídos.
Miró al espejo y su imagen le miró extrañada. Empezaron a conversar acerca de ese silencio, de lo hermoso que era. Cuando el cuerpo pedía descanso, su imagen no. Quería seguir preguntando, quería alimentarse de saber. Miró detenidamente al hombre: vio su barriga, un lunar en su espalda, un brazo marcado por una mordida, unas uñas cortas. Y la imagen se dijo: es hermoso este hombre.
Las luces se apagaron. La imagen no quiso quedarse en la oscuridad y decidió salir del espejo. Se vistió y salió a la calle. Vio a mucha gente, perros callejeros, anuncios en vidrieras, un bar lleno de personas. Entró. Miró atentamente todo, quería saber más. Durante toda la noche absorbió como una aspiradora todo cuanto vio de la humanidad. Luego volvió a su lugar, dejó las ropas tal cual y entró en el espejo. Vio cómo dormía el hombre y durmió como él.
A la mañana siguiente, el hombre de rostro redondo fue directo al baño. Se dio un duchazo y cuando se iba a afeitar, no tenía imagen. Le llamó, pero solo escuchó el sonido de su voz por toda su casa como un eco interminable. Agotado de saberse sin imagen, sospechó de su identidad, de su entender. Nuevamente se miró al espejo y esta vez sí estaba. Sonrió. La imagen sonrió. Se vistió y la imagen se vistió. Se dio un saludo y un guiño en los ojos y la imagen hizo lo mismo.
Dejó su cuarto, tomó un desayuno y salió al trabajo. Aún era temprano. Se fue a un café a desayunar. Se sentó y pidió un café con panecillos y mermelada. Salió la dueña y le sonrió. "Ayer la pasamos bien, fue lindo conocernos. Me encantó el beso que me diste delante de toda la gente, parecías un bebé." El hombre sintió que el piso se le movía. Pensó en ser sonámbulo, pero lo dudaba. Y supo que tenía otra vida, aquella que sale del fondo del silencio, allí donde nacen todos los sonidos.
Agradeció y salió directo al laburo. No se detuvo en su labor de escribir en el periódico. Su jefe le miraba mal. Aun así, sentía que todo estaba bien.
Fue a casa y apenas entró fue directo al espejo. Se miró y vio su imagen. El hombre le preguntó: "¿Quién eres?" La imagen se sorprendió por primera vez y le dijo, casi susurrándole: "Acércate." El hombre se acercó. Y la imagen le dijo: "No lo sé. Ayúdame, que deseo saber quién soy."
"Pero yo soy un hombre. Mi nombre es este, mis padres estos, mis amigos son estos."
"No, eso no", dijo la imagen. "Eso es lo que los otros también dicen, como gallinas. Pero ese es su nombre y lo que hacen."
El hombre se puso la mano en la barbilla, preocupado. La imagen hizo lo mismo.
"¿Qué hacemos? Eres mi imagen, solo sé eso. Pero no sé quién soy, solo sé mi nombre."
"Quizás si entro en el espejo y tú sales y ocupas mi lugar, quizás puedas entender las cosas mejor que yo."
"Está bien."
Se dieron la mano y ambos cerraron los ojos. Cuando los abrieron, el hombre era una imagen y la imagen era el hombre.
Supo muchas cosas. Se metió dentro de su clóset. Adentro olía a naftalina y madera vieja. Las telas colgadas le rozaban la cara. Escuchó su propia respiración amplificada en la oscuridad, como si respirara dentro de un tambor. Por más de tres horas no salió. El tiempo se detuvo ahí dentro, en ese vientre de ropa y polvo donde todas las preguntas se volvían una sola.
Y luego dijo: "Ya sé. Soy una estrella. Y debo brillar hasta que la vela se apague."
La imagen nunca más volvió a la casa. Y el hombre jamás volvió a dejar el espejo.
|