Después de muchos años, Teresa y Roberto se reencontraron en el pueblo donde nacieron. Se citaron en el parque principal para tomar café y ponerse al día entre recuerdos, como si el tiempo hubiera pasado solo para darles material de conversación.
—Aún recuerdo cuando, al acercarme a la acequia, un zapato de verlon se me zafó y la corriente se lo llevó —dijo Roberto—. Pasé más de un mes descalzo; eso me sirvió para adaptarme a todo.
Teresa sonrió, pero enseguida bajó la mirada.
—Más que una anécdota, lo mío fue pena —respondió—. Tenía diecisiete años cuando llegué llorando donde unos amigos y les conté que tenía una hija, que el padre había desaparecido y que necesitaba trabajo para criarla. Mientras hablaba, ellos miraban mi blusa manchada de leche materna. No sabían que llevaba dos días con la misma ropa, porque preferí comprarle lo básico a la niña antes que algo nuevo para mí.
Terminaron llorando de la emoción. Y como suele pasar en los pueblos, la escena íntima fue interrumpida por el ruido: pasó “Pistola” tocando la tuba y, en menos de quince minutos, una papayera se tomó el parque, dándole la bienvenida a los turistas extranjeros que ya llenaban las esquinas.
Se rumoraba que llegarían diez mil visitantes por el campeonato de parapente y por los 450 años del pueblo. Las autoridades hablaban de celebración, de progreso y de fiesta. Pocos mencionaban el riesgo mayor: un hospital sin ambulancia ni especialistas, sostenido más por la fe que por el presupuesto.
Y como si el panorama no fuera suficiente, también se anunciaba la llegada de don Miguel, acompañado de más de setecientos caballos de paso fino y de su hombre de confianza, quien se encargaba incluso de bañarlo. No por alguna discapacidad, sino porque su gordura le impedía realizar hasta las tareas más íntimas.
Así, sin mayor escándalo y como quien no carga la responsabilidad de gobernar un pueblo, los hermanos se despidieron. Quedaron de verse tres días después para seguir resolviendo —al menos sobre el papel— los problemas de otros.
Mientras tanto, en el parque la música no se detenía, el café seguía sirviéndose caliente y el pueblo celebraba convencido de que, con suficiente ruido y fiesta, cualquier urgencia podía esperar.
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