CAPÍTULO II
La puerta de la Cámara de Conformidad se cierra detrás de mí con un golpe metálico que resuena como una campana fúnebre. Ese sonido se queda vibrando en mi cabeza, como si marcara el final de una vida y el comienzo de otra que no pedí.
Dos oficiales de la Guardia de la Moral me escoltan por un pasillo interminable. Sus uniformes grises los vuelven indistinguibles, sombras con forma humana que avanzan sin prisa, sin emoción. El pasillo es largo y angosto, con paredes amarillentas que parecen sudar humedad. El aire es tan espeso que cada respiración se siente como tragar polvo viejo.
Nadie habla, sólo se escucha el eco hueco de nuestros pasos, rebotando contra las paredes como si fueran voces de fantasmas que alguna vez caminaron este mismo corredor.
Cuando por fin llegamos al final —aunque podría jurar que caminamos kilómetros— una puerta de metal se abre con un siseo mecánico. Afuera, un automóvil negro y blindado espera inmóvil. Parece un ataúd sobre ruedas. Las ventanas polarizadas son espejos oscuros que no devuelven ningún reflejo.
Uno de los oficiales me indica que suba con un gesto brusco. No hay palabras, no hay explicaciones. Solo órdenes silenciosas. Me deslizo al asiento trasero, el cuero frío pegándose a mi piel como una advertencia. La puerta se cierra con un golpe seco, definitivo, como si sellara mi destino.
El auto arranca sin un solo ruido. El motor es tan silencioso que parece que flotáramos. Miro por la ventana: las calles de Astrahelea pasan a toda velocidad, convertidas en manchas borrosas, como si alguien hubiera arrastrado un pincel húmedo sobre una pintura recién hecha. Edificios, luces, rostros… todo se diluye. Todo se vuelve irreal.
Me siento como una espectadora viendo cómo mi vida se aleja.
De pronto, el auto se detiene frente a la sede central de Quantum Biotech. No entiendo por qué me traen aquí, pero el mensaje es claro: antes de borrarme del mapa, quieren que contemple lo que perdí, aquello donde alguna vez pertenecí.
El edificio se alza como un monolito de cristal oscuro y acero pulido. Refleja el cielo gris de la ciudad como si fuera un espejo gigante, frío y sin alma. Las letras plateadas de Quantum Biotech brillan con una precisión como si pudieran cortar la piel. Quantum es una de las cinco columnas que sostienen todo el sistema de Astrahelea. Las otras son Voltium, Bioverum, Connectum y Cognitum. Juntas, no solo financian al Consejo de Regencias: lo moldean, lo condicionan, lo poseen.
Mientras el auto avanza lentamente frente a la entrada principal, siento que me obligan a mirar. A recordar. A aceptar que yo ya no pertenezco a este mundo de vidrio y acero. Soy un error que debe ser eliminado del centro del sistema. Desvío la mirada, pero la imagen queda grabada en mi retina como una quemadura.
El auto continúa su trayecto. La ciudad cambia de rostro con una rapidez brutal: de torres vidriadas que brillan como diamantes pasamos a edificios grises, bajos, sin alma. El distrito gubernamental aparece con sus estructuras cuadradas, funcionales, austeras. No es la primera vez que paso por aquí, pero sí es la primera vez que lo hago como prisionera. Finalmente, después de un viaje que se siente como un descenso al inframundo, el auto se detiene frente a una estructura de hormigón gris.
No tiene ventanas ni banderas. Sobre la entrada principal, un letrero metálico atornillado proclama en letras negras:
DEPARTAMENTO DE CONTROL CIUDADANO — UNIDAD DE TRASLADOS ESPECIALES
Los oficiales de la Guardia de la Moral no me dirigen ni una sola palabra. Me hacen descender del vehículo y me escoltan hacia el interior del edificio con una sincronización tan perfecta que parece coreografiada. El vestíbulo es tan desprovisto de humanidad como el exterior. Escritorios metálicos alineados. Empleados inmóviles frente a sus pantallas, tecleando como autómatas sin alma. Nadie levanta la vista cuando paso. Nadie parpadea. Es como caminar por un museo de cera donde todas las figuras fueron moldeadas para no sentir nada.
Subimos por unas escaleras de cemento. Cada paso resuena con un eco hueco que me eriza la piel. Me conducen por un pasillo estrecho hasta una oficina sin ventanas, iluminada por luces blancas y planas que me lastiman los ojos. Detrás de un escritorio metálico completamente vacío, una mujer de mediana edad revisa mi expediente en una pantalla holográfica. Su rostro es severo, cansado, erosionado por años de repetir el mismo protocolo sin desviarse una sola sílaba.
La placa en su pecho dice:
SUPERVISORA DE INTEGRACIÓN
—Catherine Fletcher —dice sin levantar la vista, como si mi nombre fuera un número más en una lista interminable—.
Tu sentencia de servicio obligatorio al Estado ha sido registrada en el sistema central.
Cruzo los brazos, intentando sostener algún fragmento de dignidad.
—¿Y qué significa exactamente eso en términos prácticos?
La mujer alza la mirada. Sus ojos no contienen juicio ni compasión. Sólo un agotamiento burocrático tan profundo que parece haberle vaciado el alma.
—Significa que, como resultado de los cargos confirmados de espionaje económico y sabotaje institucional, se te ha asignado un periodo indefinido de trabajo físico supervisado en la periferia exterior de Astrahelea. Zona clasificada como post-intermitente. Participarás en el Programa de Recuperación de Infraestructura y Materiales.
—Trabajo forzado —susurro, aunque lo digo lo bastante alto para que me escuche.
—Trabajo socialmente útil —me corrige, automática, mecánica, sin emoción—. A partir de este momento deberás presentarte sin demora en el Departamento de Coordinación y Servicios. Allí recibirás tu asignación específica y el equipamiento necesario. La transición es inmediata. No existe margen para resolver asuntos personales pendientes.
El anuncio me deja sin aire. Como si me hubieran hundido un puño en el estómago.
—¿Qué quiere decir con “inmediato”? —pregunto, sintiendo cómo la desesperación me sube por la garganta—. ¿No puedo despedirme de mi hermana? ¿No puedo explicarle lo que está pasando?
—No —responde sin dudar, sin levantar la vista—. Desde este momento, todos tus movimientos están siendo rastreados. Cualquier desviación será interpretada como intento de incumplimiento de la sentencia.
—¡Pero ni siquiera he tenido tiempo de avisarle! —mi voz se quiebra, y odio que lo haga—. ¡Ella no sabe nada! ¡Va a estar esperándome en el hospital y yo simplemente voy a desaparecer!
La mujer levanta lentamente la mirada de su pantalla. Sus ojos no contienen ira, ni irritación, ni juicio moral. Solo esa fatiga institucional que he visto tantas veces: la resignación de quien ha procesado tantas tragedias humanas que ya no puede sentir nada por ninguna.
—Debiste considerar todas estas consecuencias antes de tomar las decisiones que tomaste, ciudadana —dice con una voz tan ensayada que parece recitada—. Las consecuencias de nuestros actos no se ajustan al calendario emocional de cada persona.
—¿Y eso es todo? —pregunto, sintiendo cómo la desesperación me sube por la garganta—. ¿Simplemente me mandan a desaparecer del mundo sin explicaciones, sin posibilidad de cerrar nada?
Ella presiona un botón en el lateral del escritorio. Un compartimento oculto se abre con un susurro mecánico. Dentro, un pequeño dispositivo negro del tamaño de una moneda parpadea con una luz azul hipnótica.
—Este es tu Asistente de Vida Obligatorio —dice, levantándolo como si fuera una reliquia sagrada—. Ya está calibrado y vinculado a tu biometría. Registrará tu ubicación exacta, tu actividad física, tu ritmo cardíaco y cualquier intento de evasión o sabotaje. Desde el momento en que se active, estarás bajo vigilancia médica y de seguridad las veinticuatro horas del día.
Lo tomo entre mis dedos temblorosos. Es sorprendentemente pesado. Casi cálido. Como si ya estuviera vivo.
—¿Dónde… dónde tengo que ponérmelo?
—Detrás de la oreja izquierda —responde sin emoción—. Se adhiere mediante absorción térmica. Una vez colocado, no puede ser removido sin autorización médica del Departamento. Si intentas quitarlo, se activará un protocolo de contención.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Lo coloco en la posición indicada. El calor es inmediato, intenso, como un hierro candente contra la piel. Luego, un pitido agudo que parece resonar dentro de mi cráneo.
—Perfecto —dice la supervisora, satisfecha—. Ahora debes dirigirte directamente a la estación de subterráneo Lauden Norte. Tomarás la línea principal hasta el Sector 8, donde serás recibida por el personal correspondiente. Tu tránsito ya ha sido notificado al sistema. Serás escoltada y observada de forma constante, no intentes nada. Si no llegas dentro del tiempo estipulado, se enviará un escuadrón de respuesta de la Guardia Moral.
Me quedo inmóvil. El dispositivo detrás de mi oreja pesa como una marca de ganado.
—Sólo quiero… sólo necesito un minuto con ella —suplico, odiando lo débil que suena mi voz—. Quiero decirle que estoy bien, que voy a estar bien. Que esto no es…
—No estás bien —me interrumpe. Por primera vez, su voz tiene un matiz que podría confundirse con compasión, aunque sigue siendo firme—. Y esto sí es exactamente lo que parece ser. Te lo advertimos desde el principio: todas las decisiones tienen un precio. Y a veces… no lo paga solamente quien las toma.
Camino hacia la salida del edificio del Departamento de Control Ciudadano con el Asistente de Vida latiendo contra mi piel como un corazón artificial. Cada pulso me recuerda que ya no soy libre.
La calle frente al edificio está más concurrida de lo normal.
Demasiado concurrida. Gente caminando con prisa, con esa eficiencia casi mecánica típica de la capital. Pero hay algo extraño en sus rostros. Algo que me hace detenerme un segundo. Están sonriendo. No sonrisas reales. Son sonrisas amplias, rígidas, idénticas.
Una mujer charla animadamente con un hombre, pero sus dedos tamborilean con ansiedad. Un anciano sonríe con la boca, pero sus ojos están muertos, perdidos en un punto invisible. La escena parece una obra de teatro mal ensayada.
Mi respiración se acelera. El dispositivo detrás de mi oreja vibra, como si detectara mi estado mental. Intento convencerme de que no pasa nada. De que soy yo. De que estoy paranoica. Pero entonces lo veo. Justo frente al edificio, parado junto a una columna de concreto, hay un hombre sosteniendo una caja de regalo roja con un lazo dorado. Brilla como una herida abierta en medio de la monotonía gris.
Sus ojos recorren la multitud con desesperación contenida. Sus manos aprietan la caja como si fuera un detonador. O un salvavidas. Y justo cuando estoy a punto de apartar la mirada, él me ve. Nuestros ojos se encuentran un segundo y hay algo en su mirada que me paraliza. Algo que no sé nombrar.
Bajo la vista de inmediato. No quiero llamar la atención.
—¿Catherine?
La voz me sobresalta.
Me doy vuelta y es Christian Fletcher. El único que alguna vez me trató como a un ser humano. Está a unos metros, inmóvil, mirándome con el ceño fruncido. Su figura siempre tuvo algo espectral: delgado como un cadáver recién levantado, con la piel tan pálida que parece traslúcida bajo la luz gris de la calle. El cabello largo le cae sobre los hombros como un velo oscuro, y sus ojos grises —siempre cansados, siempre atentos— parecen analizar cada detalle de la escena como si fuera una ecuación compleja.
Christian no sonríe. Nunca lo hace.
Se acerca lo suficiente para que los guardias no lo consideren una amenaza, pero lo bastante para que yo pueda escucharlo.
—Lo sé todo —murmura, sin rodeos—. La sentencia ya circula en los canales internos. Todos en Quantum lo saben.
Mi estómago se hunde.
—No puedo hablar —susurro, tocándome la oreja donde late el dispositivo—. No acá.
Christian desvía la mirada con rapidez, como si temiera que una cámara pudiera leerle los pensamientos.
Ve al hombre de la caja roja y su rostro cambia.
—Catherine —dice en voz baja, con una urgencia que nunca le había escuchado—. Tienes que irte. Ahora.
—¿Qué? ¿Por qué?
Traga saliva.
Sus dedos largos, siempre temblorosos por el exceso de cálculos y falta de sueño, se crispan a los costados.
—Porque esto… —susurra, sin apartar la vista del hombre de la caja.
El hombre de la caja da un paso hacia la entrada del edificio. El aire se vuelve espeso, eléctrico, como si la ciudad contuviera la respiración. Christian abre la boca para decir algo más, pero no llega a hacerlo. Porque en ese instante, el mundo se parte en dos.
Primero viene un sonido. No un estallido inmediato, no un trueno. Es un gemido profundo, gutural, como si el edificio detrás de mí inhalara de golpe, como si el concreto se tensara hasta el límite antes de romperse. Un segundo después, un latigazo de aire comprimido atraviesa la calle con una violencia imposible, empujando todo hacia atrás como si una mano invisible hubiera decidido barrer la realidad de un solo golpe.
Y entonces, la explosión.
Un destello blanco, puro, enceguecedor, borra todos los colores del mundo durante un parpadeo. El edificio se infla hacia afuera como si una criatura monstruosa hubiera despertado en su interior y necesitara liberarse. La fachada de vidrio estalla en miles de fragmentos que vuelan hacia la calle como una lluvia de cuchillas transparentes, girando en el aire con un brillo mortal.
El impacto me golpea en el pecho. El aire se me escapa en un gemido involuntario mientras mis pies se despegan del suelo. Por un instante, no siento mi cuerpo. Solo un zumbido agudo, penetrante, que me atraviesa los oídos como una aguja caliente. Luego, el pavimento me recibe con un golpe seco que me arranca el aliento y me deja viendo manchas negras en los bordes de la visión.
El mundo gira. El cielo y el suelo se mezclan en un torbellino gris. Un segundo estallido retumba desde el interior del edificio, más grave, más profundo, como si algo enorme se hubiera derrumbado en las entrañas de la estructura. Una onda expansiva recorre la calle como un rugido animal, levantando polvo, papeles, pedazos de concreto y fragmentos de metal que caen a mi alrededor como una tormenta de escombros.
Las ventanas de los edificios cercanos vibran y algunas se quiebran con un sonido seco, multiplicando el caos. El aire se llena de partículas blancas, como nieve sucia suspendida en un remolino. Huele a metal caliente, a plástico quemado, a electricidad. Un olor áspero que se pega a la garganta y la hace arder.
Intento incorporarme, pero mis brazos tiemblan sin control. El dispositivo detrás de mi oreja emite un pitido frenético, como si estuviera registrando mi colapso en tiempo real, como si celebrara mi caída. A través del humo espeso, veo siluetas tambaleándose, gente corriendo sin dirección, otros tirados en el suelo, inmóviles. Un oficial de la Guardia Moral yace boca abajo, su casco rodando lentamente por la vereda como un objeto abandonado.
Christian aparece a mi lado, cubierto de polvo gris, con los ojos muy abiertos.
—¡Catherine! ¡Catherine, levántate! —grita, pero su voz llega distorsionada, como si viniera desde el fondo de un túnel.
El edificio sigue temblando. Pedazos de concreto caen como lluvia pesada. Una columna interna cede con un crujido que me eriza la piel, un sonido que anuncia que lo peor todavía no terminó. Y entonces lo veo.
A través del humo espeso, el hombre de la caja roja está de pie. Inmóvil. Observando el caos como si lo hubiera estado esperando. La caja sigue en sus manos. Intacta. Brillante. Fuera de lugar. Nuestros ojos se encuentran otra vez, y esta vez no hay duda: él sabe exactamente quién soy. Y yo sé, con una certeza que me paraliza, que esto no fue un accidente.
Antes de que pueda reaccionar, un tercer estruendo sacude la calle. No es tan fuerte como los anteriores, pero es más cercano, más directo, como si hubiera explotado algo justo detrás de mí. El suelo vibra bajo mis rodillas. Una nube de polvo negro se eleva de golpe, tragándose todo a su paso.
—¡Catherine, cuidado! —alcanzo a escuchar la voz de Christian, pero su figura se distorsiona entre el humo.
Intento extender la mano hacia él, pero una nueva onda expansiva me empuja hacia atrás. Pierdo el equilibrio. El mundo se inclina. El humo se vuelve tan denso que no puedo ver ni un metro delante de mí. Christian desaparece en la neblina gris, tragado por el caos.
El pitido del dispositivo se vuelve un chillido insoportable. La calle se oscurece. El aire se vuelve irrespirable.
Y entonces, todo se apaga.
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