—En la novela de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, Paul Bäumer nos cuenta que los soldados, antes de ir a las trincheras para la siguiente batalla, bebían y comían como nunca, una bacanal de despedida, por así decirlo.
—¿Y qué tiene que ver eso con la Navidad en Alemania?
—Todo. Los alemanes odian estar con su familia. “Apego familiar” es una expresión que no existe en su vocabulario. Te lo digo yo, que ya me he casado con tres alemanas y he tenido la oportunidad de observar el martirio que suponía para mis esposas tener que encontrarse con sus familias por Navidad. Los padres y los hijos. Por eso la Navidad alemana tiene tanta tradición de luces, adornos, vinos calientes y convivio cristiano: porque intentan esconder, con todo ese rito, la verdadera repulsión que les causa encontrarse con su familia durante tres días. Son tres días de Navidad: el 24, 25 y 26. TRES DÍAS.
—Bueno, en nuestro país no es mejor. Recuerdo las reuniones tóxicas del 24 por la noche: los tíos que se reprochan cosas que no han podido ni quieren olvidar, el alcohol en exceso, las peleas a gritos, las envidias, las críticas y todos con una sonrisa de víbora para no romper el ambiente navideño.
—Pero son nuestras jodidas tradiciones trastocadas, y sabemos sobrellevar el veneno cuando conocemos el antídoto. Acá, en Alemania, es diferente: siempre seremos testigos de algo que no entendemos. Mira, hoy es 23 de diciembre y mañana todos estos alemanes tendrán que ir o viajar a la casa de su familia para estar con ellos durante tres días, porque así lo exige la tradición. Por eso los ves hoy en las calles, celebrando en los bares, en sus casas, a gritos, con alcohol, música de mierda a todo volumen sin importarles si molestan al vecino, como si fuera el último día antes de la gran batalla.
—¿Por qué mierda estamos en este país?
—Te diría que por las oportunidades o por la cultura —aunque tú sabes que hay la misma cantidad de ignorantes en este país como en el nuestro—; pero, realmente, estamos aquí porque tomamos la decisión de venir cuando éramos jóvenes e inexpertos, en otras palabras, por idiotas.
—Y porque éramos pobres. Los ricos nunca se van de sus países, a menos que sea de vacaciones.
—Lo peor, mi estimado amigo, es que ya estamos en la edad en que creemos que las cosas han cambiado, pero no cambia nada; lo que sucede es que estamos excluidos de una realidad que se fue de nuestras manos junto con la juventud.
—Feliz Navidad.
—Feliz Navidad. |