En la mesa de noche, la que estaba junto al mesón de los alimentos, mi abuela tenía un Ganesha dorado de cuatro manos; en una le colocaba una flor de paz, sus pétalos se entibiaba en la mano hasta convertir el blanco en un amarillo silvestre. En otra, como si fuera alcancía, dejaba un par de monedas, una de cada valor, de menor a mayor y en escalera que se desencadenaba en una espiral. En la otra le convenía dejarle un lápiz, el mismo con que escribiría el restante de su vida y el que le auguraba sabiduría en la palabra. La otra vacía, en total planicie. Ganesha es sabio, no necesita riquezas, sino la modestia de sus adoradores, me decía a diario la abuela cuando le preguntaba de la mano vacía. Cuando llegaba de hacer el mercado, separaba las frutas de Ganesha y las de sus nietos. No elegía al tacto, sino del olor que emanaba; le dejaba un par de frutas en la mesa y colocaba incienso de manzanilla. Rezaba un mantra y al rato contemplaba el cielo desde su ventana junto al vaho de la canela que extraía la aguapanela y empañaba el cristal de sus gafas.
El día que murió la abuela, sentí una voz suave como la hierbabuena y con tanta vida como el mes floreal detrás de mí. La dictó Ganesha, eso creo. Fue un susurro de una palabra, Perenne. Ahí supe que la abuela no había muerto, sino que apenas iba a vivir. |