El Mar de la Tranquilidad
Fui a la playa tras la muerte de mi madre. Frente a la orilla, pude apreciar la inmensidad del mar y perderme en mis pensamientos: mi vida pasaría como las olas que mueren en la arena. Comprendí que he caminado la senda hasta llenar el vacío de la nada con amor por lo que hago. Suspiré; supe entonces que mi camino había comenzado, ese que me lleva a descubrir quién soy.
Subí al auto y contemplé la costa del Pacífico antes de partir. Al llegar a casa en mi día de descanso, recorrí con la mirada las hojas escritas por mis manos y los libros acopiados durante años. En un rincón, la imagen del Maestro me observaba. Le miré intensamente, esperando un guiño, una señal… pero nada sucedió.
Suspiré de nuevo. Desde mi orilla, desde mi propia existencia, cerré los ojos y vi el Mar de la Tranquilidad. Me observé a mí mismo fundido en figuras, nubes y estrellas; la nada absoluta durante años y años. Al abrir los ojos, un sonido se derramó sobre mi ser, cubriéndolo todo. Miré de nuevo la imagen del Señor y, esta vez, él me sostuvo la mirada. Sonreí, y el Maestro sonrió conmigo.
Fui a ducharme. En el espejo me encontré con un anciano que observaba los restos de su belleza. Sentí que ya nada podía ocurrir, pero al cerrar los ojos nuevamente, el velo de la oscuridad se rasgó. En un claro sin nombre vi mi propio rostro. Me saludó con ternura. Yo solo le observaba, sintiendo sus respuestas vibrar en mí:
"Cada día empiezas a crear... eres el que observa. Cada noche mueres sin saberlo y, al despertar, brota una sonrisa en tu rostro porque estás completo".
Le miré sin dudar. Él se acercó lentamente, arrancó un pedazo de mi ser y me llevó a las profundidades del espíritu. Allí encontré una isla de seres cromáticos, rodeada de aguas celestes, habitada por gente del color de la penumbra. Eran jardineros; cuidaban con esmero plantas de un verde vibrante.
Desperté. Abrí los ojos y el cielo pareció hablarme: "Es ahora cuando debes caminar solo tu senda. No te detengas; hay nubes en el firmamento que darían todo por estar en tu lugar". Sentí el pulso de la vida en mi cabeza como gotas de sangre cuando alguien llamó a la puerta.
Era el Maestro. Tras él, un cuerpo de seguridad: hombres altos, fuertes y de impecable vestir. Entró en mi cuarto y se sentó en mi silla, esa donde suelo escribir notas al vuelo. —Estás agotado —me dijo—. Yo también lo estoy.
Sin más palabras, tocó mi pecho y, de un modo inexplicable, arrancó un pedazo de mi corazón. Ambos lo observamos en silencio. Me dejó solo, llevándose esa parte de mí. Sentí un alivio infinito. Un ave cruzaba el cielo; un oso enorme expresaba su sentir. Entendí entonces lo que significa dormir sin dormir.
Vi mis pensamientos pasar y, sin saber qué más hacer, entregué las llaves. Llegaron noticias, voces que escuché con atención, pero la que más resonó fue la de Joan Baez. Ella puso una guitarra en mis manos, pero la dejé apoyada en la puerta de mi cuarto. Salí a caminar. Era un día especial, destinado a la gente especial. |