Julia tenía una costumbre que, vista desde afuera, podía parecer exagerada: le daba gracias a todo.
Al café caliente, al que no estaba tan caliente, al que se le había pasado un poco. A la ruana que apareció justo cuando hacía frío. A las empanadas del desayuno, aunque fueran dos y no tres. Y, por supuesto, a Dios… muchas veces al día.
No era que su vida fuera perfecta. Para nada. Tenía deudas antiguas que parecían conocerla mejor que algunos parientes, emociones que a veces se despertaban antes que ella, y un corazón sensible que no venía con manual de instrucciones. Pero Julia había aprendido algo importante: agradecer no arreglaba todo, pero lo hacía más llevadero.
Cada mañana se levantaba con la firme intención de “estar más aterrizada”, aunque a veces su mente viajara en avión sin previo aviso. Iba a consultas, a la parroquia, a noveleríar a los almacenes y hacía cuentas así fuera en el aire del dinero que necesitaba para los electrodomésticos de los cuales carecía. Hablaba con su novio muchas veces al día. Si recibieran algún pago por minuto hablado serían millonarios. —actividad que ella defendía como profundamente terapéutica—
Decidió dejar de hablar de las ideas que le surgían, porque cuando no las ejecutaba otra persona se apropiaba de ellas. Cada día salía con algo nuevo y siempre encontraba algo digno de gratitud. Si no era un milagro grande, era uno chiquito, de esos que caben en un llavero.
Tenía proyectos, muchos. Algunos sociales, otros literarios, otros que todavía estaban en etapa “Dios proveerá”. Soñaba con escribir un libro, con ser la mejor escritora de su país y recorrerlo leyendo sus libros, aunque a veces dudaba, seguía escribiendo. Lloraba un poco, en ocasiones más de la cuenta, se secaba las lágrimas, y continuaba. Porque si algo tenía claro era que abandonar sus sueños ya lo había intentado… y no le había funcionado.
En el amor aprendió a pensar más despacio, a decidir con la cabeza sin desconectarse del corazón. No fue fácil. Esperar nunca lo es. Pero empezó a notar que la paciencia, aunque incómoda, daba frutos más estables que la prisa y estaba feliz con su novio.
Julia servía, ayudaba, compartía. A veces se excedía un poco —también en los gastos—, pero siempre lograba corregir el rumbo antes de naufragar. Decía que ayudar a otros la hacía feliz, y era verdad. Eso sí, estaba aprendiendo que ayudarse a sí misma también contaba como obra buena.
Un día decidió dejar de escribir ciertos diarios. No porque ya no creyera, ni porque ya no sintiera, sino porque entendió que no todo lo sagrado necesita público. Algunas cosas se guardan. Otras se transforman en cuentos. Como este.
Y así seguía Julia: agradeciendo, sirviendo, escribiendo, aprendiendo.
Dándole gracias a Dios…
y, de vez en cuando, también al café.
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