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RENACER
Mi ra (La) no quiero (Do#m)... si me (Re)...quien sabe (Sol)
mil veces(Si m) mas lo haras (Mi)
Segunda parte mismas notas
Se fuerte(Do#7) Mi corazón (Fa#m) esta(Re) desilusión
Mi vida (Si m) destruir (Mi)
Ya no me llames (La) ya te borré (Do# m)
quién (Re) si a nadie (Si m) serás fiel (Mi)
LA HUELGA DE MIS OBREROS
I
No creí que llegarían a ese extremo, pero ahora me convencí de que hablaban en serio, pues con este ataque inicial, me han declarado la guerra. Garganta (líder sindical de los obreros de mi cuerpo) me advirtió hace tres días que, si no atendía a sus demandas, cada uno se turnará día a día para detener sus labores, o de ser necesario, se irán a la huelga general, hasta lograr que me rinda. Y hoy, para empezar a amedrentarme, me lanzaron el primer cañonazo: mi ojo derecho se niega a ver.
Con esta medida de fuerza, todos mis obreros, sin excepción alguna, se están solidarizando con mis huesos que me acusan de darles mala vida, hartos de cargar tantas cosas pesadas, por mi trabajo de estibador. No lo niego, porque más de una vez regreso a casa con el cuerpo molido. Pero luego me recupero, frotándome la espalda, brazos y piernas con un ungüento eficaz.
Hermanados en su lucha, puedo oír las voces de protesta del hígado, de la sangre, de los intestinos, de los riñones, de la vértebra, del páncreas, del estómago, de las venas, de las células, la vejiga , etc., exigiendo que cambie de trabajo inmediatamente.
Eso es imposible, a estas alturas de mis 35 años. Ya sé muy bien lo que me conviene. Desde que empecé a trabajar a los quince años, pude hacerlo como barrendero, obrero de fábricas, vendedor ambulante, mensajero, guachimán y otras labores que no requieran hacer peso, pero no hubiese ganado el dinero que reúno con mi sencilla labor de cargar sacos de tubérculos y verduras en el puerto de la ciudad.
Sin talento para las artes, por lo que no pude ser músico, pintor o escritor; sin habilidad para ser artesano, electricista, gasfitero o albañil; y con un pobre coeficiente intelectual que me impidió ser profesor, abogado, médico o ingeniero, no me quedaba otra cosa que sacar provecho a la fortaleza descomunal de mi sistema óseo, sobre todo de mis brazos y de mi columna. A ellos les agradezco por tener lo más elemental para vivir. Por ellos he podido comprar una mini casa de adobes, que solo consta de esta habitación y de un baño, pero muy acogedora; devoro los platos que se me antoje; conozco medio país; tengo mis atenciones de salud en los hospitales públicos y poseo unos ahorritos bajo el colchón. Y hasta pude darle de todo a Princesota, la muchacha que era mi novia, pero que me dejó al volverse loca por un tipo que conoció, con el que se fue a vivir a otro país. En fin, nací para ser estibador y punto.
¡No me rendiré! Me alisto para ir al puerto a trabajar. Hoy hay toneladas de sacos de papa que cargar a una embarcación que saldrá para Europa. Por supuesto que tendré cuidado de no tropezarme, ahora que tengo un solo ojo. ¡Esos rufianes no me vencerán! ¡Claro que no! Bueno, ya parto…
II
Hoy martes, mientras recordaba el disgusto que pasé ayer (por mi visión recortada cargué un 20% menos de lo habitual), sentí cierta dificultad para respirar: el pulmón izquierdo había paralizado sus tareas. Me lo confirmó Garganta, amenazando con que vendrán peores embestidas si continúo con mi terca posición.
Supongo que todos los obreros de mi cuerpo habrán meditado a fondo para aceptar lanzarse a esta aventura, tomando en cuenta los riesgos que implica ella, y, sobre todo, totalmente convencidos de que ganarán la batalla. Ellos debían amar sus labores y no los arriesgarían por nada en la vida en un conflicto que lo vean difícil. Así lo creerán mis dos órganos que me dieron las espaldas, que han dejado de disfrutar de sus trabajos con la seguridad de que será un sacrificio pasajero. Mi ojo derecho ha dejado de embelesarse con los cuadros de Picasso, Van Gogh o Guayasamín que le hago ver de mi álbum pictórico de vez en cuando e igualmente, mi pulmón izquierdo, ha dejado de gozar con su trabajo de enviar oxígeno a la sangre, ambos seguros de que yo no podría vivir sin ellos mucho tiempo y al final me verán alzando la bandera blanca.
Debo aclarar, que seré medio burro para tantas cosas, pero eso no me impide de ninguna manera tener buen gusto por la música, la pintura y la literatura.
Cuando echaba semillas en el alféizar de la ventana para que comieran los pajaritos, algo agitado por la incómoda respiración, Garganta y los sindicalistas me exigieron que dialogara con ellos para hallar la solución más justa o razonable al conflicto. Entonces, hice mis descargos, admitiendo que mis huesos deben sufrir por mi labor, pero, por cuestiones monetarias que me favorecen, he desechado dedicarme a otra labor. Añadiendo, con toda sinceridad, que no sé hacer otra cosa que cargar como un animal. Percibí que ellos susurraban y Garganta me preguntó cuánto tiempo creo yo que aguante cargando tanto. Les dije que tenía planeado retirarme en diez años, pues con los ahorros que he calculado reunir para entonces, los depositaría en un banco para que me pague buenos intereses, con los que podría vivir tranquilamente el resto de mi vida. Garganta, enérgico, me dijo que yo era un indolente por querer hacer trabajar a mis huesos una década más. Y se fueron lanzándome frases amenazantes. ¡Tercos que son estos infelices! ¡Vaya! A un limitado como yo, querer obligar a trabajar con cuello y corbata. ¡Ja! ¡Están locos! ¡Bah! Me largo de aquí. Me voy a trabajar. Puedo hacerlo con mi otro pulmón. No bajaré la cabeza. ¡Jamás! ¡Por supuesto que no!
III
Este miércoles amanecí afiebrado, moqueando y adolorido; debe ser la gripe. No me han dicho qué obrero se cruzó de brazos para sentir esta indisposición. Presumo de algunos, pero no logro concluir cuál es. Confieso que tengo miedo, sí, aún no quiero morir. ¿Saben por qué? Porque tengo dos sueños pendientes que cumplir. El primero: mandar a construir un mausoleo en el mejor cementerio de la ciudad, para traer allí los huesos de mi difunta adorada madre que está enterrada en un cementerio de mala muerte. Me dejó de tres añitos cuando se ahogó al caer de las orillas del muelle por estar pescando. Como el bandido de mi padre huyó apenas supo que la había embarazado, la pobre se fajó contra la adversidad, trabajando duro por mí. Aprendió a pescar, gracias a una amiga suya. Y los que la conocieron cuentan que era experta en el oficio. Al amanecer, se iba al muelle con su caña de pescar y su canasta. Y cuando se llenaba esta, la arrastraba hacia un mercado para venderlos. Por eso la adoro. Fue entonces que una tía, hermana de ella, se hizo cargo de mi. Pero no era tan buena como mi madre. Nunca me miró con amor. Me pegaba desde chico por alguna torpeza que cometía, que no justificaba su ira; como cuando ensuciaba la camisa con la comida o porque rompía un vaso sin querer. Era una amargada, quizás porque su esposo la abandonó. Por eso, al llegar a la adolescencia, me largué de su casa. En cuanto al segundo deseo: viajar a tres lugares concretos: Roma, China y Egipto. Qué sobrecogedor debe ser ingresar al Coliseo Romano, donde se sacaban la mugre sanguinarios gladiadores y fieras salvajes; fascinante, escalar la interminable Muralla que abarca varias ciudades; y encantador, subirme en un camello que me lleve a las milenarias Pirámides.
Por lo que leí en un libro de medicina sobre las causas de las enfermedades, al parecer, son los fagocitos los que me dieron la espalda. Son unos soldaditos imperceptibles que bajaron sus armas para dejar que los bichos ataquen mi sistema inmunológico. No dejo de admirarme de las cosas interminables que tiene uno en el cuerpo y de las que dependemos para vivir…Bueno, me voy al trabajo. ¡Valiente que soy! ¡Sin un ojo, sin un pulmón y con esta terrible gripe, así me voy a ganar los frejoles! Aguardo mejorar con la limonada caliente que tomé. ¡Vaya! Garganta me dice que deje de ser testarudo, que tenga piedad por los huesos y pide tener otro diálogo. ¡Ja! Sí, estarán sorprendidos de mi férrea posición, pensarían que no les daría pelea. Aunque insistieron, no les acepté otro debate. Les dije que hablar con ellos era como hablar con la pared. ¡No les temo! ¡No me rendiré! ¡Uy! Me olvidaba de los pajaritos. Voy a darles sus semillas… Ahora sí, ya salgo…
IV
La gripe no me deja en paz, este jueves de amanecer otoñal. Ayer no sé de dónde saqué fuerzas para poder trabajar. Y también tuve suerte de que el jefe no se diera cuenta de mis malestares porque él estaba bien ocupado. La limonada no sirvió para nada. Y ayer, por mi campo de visión disminuido casi me caigo al mar con el saco de papa, pues yo subía con él por la rampa y choqué con el marco lateral de la puerta de la embarcación. A pesar de que me dio la espalda, le perdono a mi ojo. Sé que está equivocado. Aunque tengo dudas de si su decisión fue voluntaria o Garganta y los sindicalistas lo obligaron. Lo que sí estoy seguro es que él, también, debe extrañar ver el hermoso cielo de la ciudad al amanecer, y el vuelo travieso de las gaviotas sobrevolando el mar cuando lo llevo a la playa, los atractivos documentales de animales de la selva africana que vemos los domingos. Y tantas otras cosas que gustan a la vista humana.
Después de dar de comer a los pajaritos, busqué unos antibióticos guardados por ahí, que derrotaron a una gripe rebelde hace unos meses. Poco después, me alarmé de que el trozo de pan con atún que masticaba con deleite, no podía tragarlo. Recurrí otra vez a mi libro de medicina para saber quién era el que lo impedía y al parecer es una cosa llamada epiglotis la que no dejaba pasar todo lo sólido, aunque sí lo líquido. Me inclino a pensar que Gargantas y sus secuaces son los que ordenan a los demás. Golpe bajo, me quieren matar de hambre estos miserables. Pero debo tener mucha paciencia en estas horas tan difíciles. Me pregunto, cuántos días puede un ser humano estar sin comer. Recuerdo que hace algunos años, en Irlanda del Norte, un grupo de hombres rebeldes que luchaban por la independencia de su país contra los ingleses, fueron apresados y se declararon en huelga de hambre. ¡Qué cojones que tuvieron para aceptar esta forma de lucha! Casi todos murieron. Y si la memoria no me falla, el que más resistió fue un chico llamado Bobby Sands que murió heroicamente tras 66 días de negarse a comer. ¡Vaya, 66 días! Bueno, si las exigencias lo requieran, estoy dispuesto a igualar o superar el récord de Bobby.
Esta gripe se pone más terrible y siento calentura en todo el cuerpo. La fiebre ha subido. Y aunque me las arreglo con mi otro pulmón para respirar sin tanta dificultad, no me siento bien. Creo que los nervios me están afectando. Llamaré a mi trabajo para disculparme de que no podré laborar. Tomaré por si acaso los antibióticos. ¡Resistiré al hambre! ¡Sé que lo haré! ¡No saldrán con su gusto de doblegarme! La rabia que sentirán cuando los venza y me vean otra vez comiendo con gusto mis hamburguesas de pollo o mi tilapia frita con arroz. Y hasta los invitaré para que se sientan en mi mesa y sepan que no soy rencoroso. Voy a dormir, lo necesito tanto…
V
Hoy viernes cuando me levanté, me asombré de sentirme bien, ya no moqueaba. Entonces, Garganta y su séquito me dijeron que para que yo vea sus buenas intenciones, habían ordenado a mi ojo derecho, al pulmón izquierdo, a los fagocitos y a la epiglotis que volvieran a sus trincheras. Que con esta tregua que él proponía, ya recuperada mi tranquilidad, esperaba que yo meditara bien sobre el problema que nos aquejaba. Que lógicamente, me es imposible hacerlo por el estado de confusión y desesperación en el que estoy sumido, causado por las embestidas que me infringieron. Y que finalmente me daban plazo hasta mañana para que les prometiera que cambiaría de empleo o de lo contrario, volverían mis tormentos. Pensé en mi trabajo, no podía perder más días y por él acepté el desafío, asegurándoles que lo iba a pensar con la serenidad del caso. Aunque sospeché que su supuesta benevolencia respondía a mi postura inflexible con la que no contaban. Creían que con los cuatro ataques iniciales, eran suficientes para hacerme ceder, pero al ver lo equivocados que estaban, ahora quizás mostraban un insipiente temor a consecuencias inimaginables.
Con el ánimo repuesto, preparé el mismo desayuno que no pude degustar el día anterior y viéran con qué ganas me tragué nueve panes con atún. Respirando mucho mejor y viendo con más amplitud, corrí a echar las semillas a los pajaritos que me recibieron con sus trinos con sabor a protesta, pidiéndoles perdón por la tardanza. Antes de salir al puerto, prendí mi tocadiscos para escuchar con deleite una de mis baladas románticas, cerrando los ojos para imaginarme estar bailando con mi Princesota.
En el trabajo se alegraron de mi recuperación. Fui una máquina este día: la alegría de mis facultades recobradas. Corría y bajaba con una rapidez inusual por la rampa ante el asombro de mis compañeros y el agrado de mi jefe. Al final de la jornada cargué 349 sacos de yuca, dejando muy atrás en la carrera al segundo que hizo 234, reivindicándome de las pobres producciones anteriores por mi limitada visión.
Cuando volví a casa, Garganta me dijo que por lo visto, seguramente yo querría seguir viviendo la vida entera con la misma alegría que había sentido hoy, lo que me habría hecho cambiar de opinión, dejar de lado mi tozudez y por consiguiente, esperaba que hubiera decidido rendirme. Protesté, recordándole que el plazo vencía mañana. Que cuando me levantara al amanecer tendría mi respuesta definitiva.
Voy a mi cama, me gana el sueño. Sé que mi respuesta será que seguiré con mi labor de estibador. Trataré de convencer al imbécil de Garganta de que amplíe el plazo hasta el mediodía. En ese lapso, iré al hospital a pedir ayuda; quizás alguna medicina providencial ponga al miserable en su lugar o, mucho mejor, que lo aniquile.
VI
Soñaba que mi buena madre me freía un pescado en las orillas del muelle y que se cayó al mar. Yo, un niño de tres años, me lancé a las aguas para rescatarla y de pronto, oí la voz enérgica de Garganta, exigiéndome que me despertara. Alguien que lo secundaba vociferaba que yo merecía castigos más drásticos por querer burlarme de ellos. Desconcertado, pedí explicaciones a Garganta, quien me respondió: “¿Y eres tan descarado que encima pides explicaciones? Ok, te las dará el cerebro”. Y este soplón. repitió exactamente todo lo que pensé la noche anterior. Y prosiguió Garganta, con mofa en su tono: “Así que pretendías que este imbécil te postergue el plazo, para pedir a los médicos que me aniquilen ¿verdad?”. Oí las risas de los sindicalistas que se retiraban con Garganta. Entonces, esperé con dignidad las represalias que seguramente tomarían.
Tratando de serenarme, esparcí las semillas, y en esos precisos momentos, mis oídos detuvieron sus labores porque no escuché los trinos de los pajaritos. Al contrario de consternarme, al principio me sorprendí de que me pareciera fascinante que de pronto esté envuelto en el silencio. Me resultó hasta divertido no escuchar el ruido de los utensilios al ponerlos en la mesa; ni del agua al lavarlos, ni de mis propios pasos. Pero cuando subí al bus, sopesé la verdadera magnitud de lo delicado del asunto, como debía ser. Observar a los pasajeros que abrían y cerraban, abrían y cerraban, abrían y cerraban las bocas, y no poder oír sus voces, me hizo sentir fuera de lugar allí, o excluido de la cotidianidad humana.
En el trabajo, apenas notaron que no podía oír, me enviaron a casa, aunque me dijeron que me pagarían el día por derecho laboral. De regreso, me gustó la idea (que fulguró de pronto) de aferrarme a algo querido o amado que me motivara a seguir luchando por él. Entonces, ante la ausencia de mi madre, pensé en los pajaritos. Sí, mis queridos pajaritos, serían la razón para resistir los embates de estos desalmados. Esos animalitos no quedarán en el desamparo.
En casa, puse en el tocadiscos mis baladas preferidas. Simulé escucharlos y empecé a bailar para darles la contra a Garganta y sus secuaces que estarían celebrando mi sordera. Bailé y bailé hasta el atardecer, para demostrarles que era un hueso duro de roer Les grité a Garganta y sus secuaces que no me derrotarían. ¡Jamás! Y me fui a acostar; un largo sueño me haría bien.
VII
La estruendosa sirena de una ambulancia me despertó a poco de amanecer. Abrí los ojos y vi un fondo de destellos grises. Entonces, supe que mis enemigos me dieron el más duro golpe que recibía hasta entonces: mis dos ojos me abandonaron.
Con el cruel zarpazo, me sobrevino un vértigo atroz que me habría hecho caer aparatosamente en el suelo si no estuviera echado. Tantas veces escuché o leí esa palabra y ahora sabía lo que era el espanto. Y no pude evitar que me hicieran llorar. Desesperado, llamé varias veces a mi madre. Respiré hondo para amortiguar la angustia. ¡Qué duro que fue eso! Principalmente quedar sordo y ciego, en la más absoluta soledad, sin que nadie me consolara. No quise levantarme de la cama. Sentí que empezaba a temblar. Quise dormir para librarme de esa viva pesadilla, pero fue en vano. Sí lo logró un providencial desmayo. No sé cuántas horas estuve fuera de la monstruosa realidad que me hizo bien porque desperté ligeramente calmado. Pensé, cómo puede ser que en mi propio cuerpo cobije a seres tan insensibles y crueles para apagar mis ojos. No le pueden pagar de esta forma, a un hombre intachable como yo, decente y trabajador, que por estas virtudes nunca se avergonzarán de mí, como sí lo harían el corazón, el estómago y las arterias de los que lanzaron la primera bomba atómica por haber trabajado para esos asesinos.
Y reflexionando sobre todo esto, me dormí por unos instantes y tuve un fugaz sueño tan horrible que traté desesperadamente por despertar: una mañana lluviosa, mis pajaritos tristes y abandonados, miraban mi cadáver en un ataúd verde.
Logré despertar y cerré mis ojos inútiles para decirme que debía ser fuerte, resistir a como dé lugar por mis pajaritos, sí, mi razón de vida. Me levanté y tientas caminé hasta la ventana y pude darles de comer. Pensé que debía entretenerme con algo para tratar de aplacar mis penurias y se me ocurrió lavar todos los utensilios de cocina. Nunca refregué por tanto tiempo y con exagerado esmero a mi cuchara, a mi cuchillo, a mi plato, a mi taza, a mis ollas y demás cosas. Y cuando acabé, los arrojé a un recipiente de agua sucia y los volví a refregar. Luego me puse a hacer ejercicios físicos: hice sentadillas usando mi único sillón y abdominales, flexioné los brazos y piernas, y cincuenta planchas. Sudoroso, entré a la ducha y fue generosa conmigo al relajarme con su agua fría. Deseé con toda el alma nunca salir de allí, pero el hambre me hizo salir. Por buscar el refrigerador entre tinieblas grises, casi me voy de cara al suelo al tropezar con el baúl que estaba en el camino. Saqué un par de huevos y luego me emocioné casi hasta las lágrimas, cuando pude freírlos con gran esfuerzo para comérmelos con los panes. Y me dije que habría más victorias.
Y busqué mi cama con pasos resueltos. Y les juré al enemigo por lo que más quería que no me vencerían. ¡Claro que no!
VIII
Este lunes fue el turno de la vejiga. Advertí que hizo un alto de sus funciones, porque cuando me levanté, no me dio tiempo de llegar al baño y me oriné la ropa interior a medio camino. Lo peor sucedió poco después, cuando volví a la cama en pijama y me mojé inmediatamente. Tuve entonces que sentarme en una silla al lado del baño para no seguir orinándome por toda la casa, y por si acaso, puse un bacín a mis pies.
Esperando que la vejiga me diera un respiro para hacer mis cosas, me sorprendió descubrir que mis ojos podía volver a ver. En lugar de estallar de alegría, lo tomé con suma calma, porque en ese desconcertante gesto, percibí un incipiente signo de vacilación en el comportamiento de mis trabajadores, que no garantizaba que no volvieran a dejarme ciego. Sospechaba que ese juego torpe de abandonar y volver a sus tareas, tenía un lógico propósito: mis obreros prolongaban mi vida para que ellos prolongaran las suyas. Y quizás más de uno estaría pensando dar marcha atrás, inseguros de ganar la batalla.
Cuando supe que la vejiga me concedía una pausa, fui a echar las semillas a los pajaritos y después, aprovechando que veía, por si acaso fui a buscar el número telefónico de mi primo Juan (de mi entera confianza) y lo memoricé para llamarlo por si las cosas no resultaban como deseaba. Entonces, en esos momentos escuché que Garganta le ordenaba al cerebro que de inmediato me hiciera olvidar dicho número. Pero deducí que cerebro le desobedeció porque Garganta le amenazaba con castigarlo si no lo hacía. Felizmente, cerebro se mantuvo firme y no le hizo caso, porque yo aún recordaba el número. Y aquello clarificó una duda que tenía respecto a la extraña neutralidad de mis huesos en la batalla: ellos no dejaron de trabajar porque el cerebro no les permitió. Solo el cerebro puede manejar los movimientos de los huesos. Y sabe que si ellos paralizaran, yo me moriría de hambre por no poder trabajar. Y de ser así, él se iría conmigo. Y él no quería morir por nada en la vida.
Convencido de que Garganta se volvió un cruel dictador, le escuché que ordenaba nuevamente a mis oídos, a mi pulmón derecho, a los fagocitos y a epiglotis, que me dieran las espaldas. Pero al igual que el cerebro, mis oídos se negaron a cerrar sus puertas. Mi pecho palpitó de emoción. Supuse que ellos quizás teman no poder oir mis lindas baladas nunca más. ¡Ya eran dos los que se rebelaban!. Y me acosté, con una fiebre terrible, sobre el sillón que puse al lado del baño para no mearme en el último calzoncillo que me quedaba. Y tuve que echarme aire con papeles para respirar mejor.
En medio del caos, tuve el coraje de sonreir porque mis esperanzas estaban intactas. Y antes de dormir, alce mi desafiante puño izquierdo en alto y saqué fuerzas para gritar al enemigo que no claudicaría. ¡Por supuesto que no!
IX
Hoy martes 15 de setiembre de 1985, el enemigo a desatado la ofensiva final con este último recurso: las venas se niegan a dar paso a la sangre. Oi que Garganta les infundió miedo; que si desobedecían, iban a correr la misma suerte de Cerebro y los Oídos que pronto padecerías de terribles torturas.
Debe ser el ataque más dañino que me han dado, porque sufro demasiado para respirar. Vamos a ver hasta dónde resisto, pueda ser que de milagro se revierta la situación. No me soltaré de las manos de esa famosa frase: “Mientras hay vida hay esperanza”
Como otra vez me dejaron ciego, con gran esfuerzo, mi mano temblorosa logra marcar el número del teléfono de mi primo Juan. Por fortuna me contesta y le ruego con mi voz desfalleciente que venga lo más pronto que me sentía mal y para encargarle que me hiciera algunos favores por si falleciera.
Mientras lo esperaba sobre mi sillón envuelto con una frazada, busqué entretenerme para disipar la desesperación. Pensé en las cosas de mi casa con amor. Por ahí están mi mesa, mi silla, mi olla sobre mi cocina. Sobre mi aparador, mi plato, mi taza, mi cuchara y cuchillo. Me reproché que tenía que estar muriéndome para recién tener ganas de abrazarlos y besarlos, para darles las gracias por todos estos años que me acompañaron y trabajaron para mí. Pero cuando estaba sano, indiferente con ellos, hasta me fastidiaba limpiarlos o lavarlos.
Garganta me dice que no sea bobo, me conmina a rendirle, sino calcula que en pocos minutos seré difunto porque acaba de ordenar a todo el mundo plegarse a la huelga total. Sí, yo me estaré orinando a cada rato contra mi voluntad, pero él se está cagando de miedo, que es peor. También él teme irse a la tumba. Créanme que agradecí contar aún con las cuerdas vocales, porque puedo gritarle que se vaya a la misma mierda, que Manolo Arabeín nació estibador y morirá como tal. Garganta se retira con sus secuaces, masticando unas palabras que no entiendo.
¡Oh, qué alegría! Escucho que mi primo Juan toca la puerta insistentemente y le digo que la tumbe porque no tengo fuerzas para levantarme de mi sillón. Él ingresa tirando abajo la puerta y nos abrazamos. Mientras le cuento todo, se preocupa por los moretones que ve en mi rostro y en mis brazos. Le encargo que si no sobrevivo, que haga construir un mausoleo en el mejor cementerio de la ciudad y que meta allí los huesos de mi madre junto a los míos. Que saque como sea los de mi madre del cementerio de mala muerte que él conoce. Y le indico que se lleve todo el dinero que guardo en el baúl, que le alcanzará de sobra para realizar los encargos. Juan me juro que lo hará. Y me alienta a que soporte mis dolencias, porque quizás venga mi Princesota. Mi corazón se sobresaltó de contento pero a la vez supe que ella se pondría mal de verme en deplorables condiciones. Me detalla que por el camino se encontraron y que ella le preguntó por qué corría con tanta urgencia y él tuvo que decirle la verdad, que yo estaba en problemas.
No sé cómo en medio de la agonía, le encomiendo a Juan que de inmediato botara a la calle esa cama que olía a orines, pues yo pasaría gran verguenza que ella viniera y los oliera.
Juan no solo echa a la cama, sino que va a una tienda de ropa de la esquina y me trae un camisa, un calzoncillo y un pantalón que me ayuda a ponermelos. Rocea el ambiente de la casa con un spry de olor agradable y no olvida de vaciar los orines del bacín al inodoro.
Me vienen unos dolores de cabeza horribles. Casi no respiro. ¡Obreros miserables! Por ellos quizás no pueda agarrar y besar con toda el alma los huesitos de ella, para llevarlos al mausoleo.
¡Dios mío!, Juan me dice que llegó mi Princesota eterna, el amor de mi vida que nunca olvidé. Que a pesar de mi decepción, juré que si no me casaba con ella no sería con ninguna otra.
Aunque no puedo verla, estiro los brazos débiles pero felices y nos abrazamos y lloramos. Como casi no puedo hablar, Juan la pone al tanto de lo que me sucede. Me pide que le perdone y con mi moribunda voz, le digo que está perdonada. Y me besa la frente. Y llora otra vez, seguro por las calamitosas condiciones en la que me encuentra. Y yo con los deseos de besar sus dulces labios como antes, para despedirme feliz. Con las justas puedo oir su voz, contándome que hace poco enviudó del fulano que me la quitó y que por eso regresó al país. Justo en esos momentos me dan ganas de orinar y por suerte Juan oye mi fragilísima voz y me coloca el bacín. Princesota, por educación, me imagino habrá volteado la cara para que yo no me avergonzara. Le tomo sus delicadas manos porque ahora sí que de verdad, siento morir.
Conmigo, también agonizan todos mis trabajadores, por su testarudez de seguir a esos rufianes de Garganta y sus secuaces.
Percibo unos gemidos iniciales, como quejándose de dolores físicos, que poco a poco van en aumento.…
Pero, ¿qué sucede? También emergen voces nuevas que antes no las oi, enérgicas ellas, como reclamando algo. Oigo a Garganta llama a la calma en vano porque continúa la bulla y el desorden. Luego discute no sé con quién o quienes. Noto que su voz va perdiendo fuerza ante unas voces más resueltas. Quiere reaccionar, tratando de recuperar su autoridad. Entonces, quiero saltar de emoción cuando una voz se atreve a decirle que se vaya al carajo con sus ordenes. ¡Sííííí! Se están amotinando contra él. Me imagino que lo detuvieron. Al parecer, ha surgido un nuevo líder que solicita a todos regresar a sus puestos. Por lo tanto, no tardo en respirar mejor. Y de pronto mis ojos se me humedecen, porque ya puedo ver a mi Princesota. Otra vez nos abrazamos y le digo que está lindísima. También me abrazo con mi buen primo Juan. Y me voy recuperando poco a poco. Yo, el barco en naufragio que parecía hundirse, a salido a flote y volverá a navegar con más optimismo como nunca antes lo hizo.
Me levanto como nuevo, estirando los brazos en señal de victoria y mi primo hace bien en despedirse. Princesota me acompaña a darle de comer a los pajaritos y volvemos a nuestro sillón de las manos. Ella nuevamente me abraza feliz y me propone que, ahora que he resucitado, que también resucitemos nuestro amor. Y yo feliz la cargo entre mis fornidos brazos y la paseo feliz por todos los rincones de mi casa y le grito, besándole en la boca, que acepto todo lo que quiera. Y decidimos empezar de nuevo, jurando ambos, estar juntos toda la vida que nos quede y toda la eterna muerte.
Claro que trabajaré con más ahínco por ella, para eso tengo estos brazos de roble que han de durarme muchos años para darle vida de reina. Lo único malo es que sabemos que no podremos tener hijos. En la época de nuestro noviazgo, fuimos a consultarle a un médico por qué no podíamos concebir el retoño que buscábamos y luego de algunos exámenes, él descubrió que yo era estéril. Pero, pensándolo bien, no es que me alegre no tener descendencia, pero es mejor que no sirva para traer hijos a este mundo. No vaya ser que uno de ellos nos salga un inútil como yo, que solo sepa cargar cajas como un burro. Y luego sufra con una huelga de sus obreros por maltratar a alguien por su rudo trabajo y se muera al no tener la suerte (que la tuve yo) de que haya un Judas entre los huelguistas.
LOS HUEVOS
En una época, los huevos se pusieron demasiado caros en la ciudad por una terrible crisis en el sector avícola. Esto trajo problemas a mi familia, pues mi esposa, yo y mis cinco hijos (dos mujeres adolescentes y tres varones ya jóvenes) éramos adictos a ellos. Diariamente nos repartíamos cuatro huevos cada uno. Los hombres, devorábamos dos en el desayuno o en el almuerzo y dos en la cena. En cuanto a mi esposa y mis dos hijas, comían uno en el desayuno, dos en el almuerzo y la clara, del que les quedaba, se la echaban al cutis para que se conservaran saludables. De manera que todos los días consumíamos dos paquetes de 14 huevos cada uno.
Yo laboraba en una fábrica de embutidos de miércoles a lunes, de 8 de la noche hasta las 5 de la mañana. Y tal empresa contaba con una tienda de alimentos (distante a unos 70 metros), para atender exclusivamente a nosotros. Abría al término de nuestras labores, en la que yo compraba el único paquete de huevos que nos permitían, a la mitad de lo que costaba a nivel nacional, que al menos nos hacía ahorrar algo.
Solo en mis días libres compraba dos paquetes de huevos en el mercado para el necesario consumo del día, porque me daba pereza levantarme en la madrugada para ir a la tienda de mi trabajo. Ella estaba abierta todos los días de la semana.
Pero cuando se dispararon los precios de los huevos, se nos hizo un dolor de cabeza hacernos con el paquete que comprábamos en el mercado. Y más me preocupé cuando en la tienda de mi trabajo (también golpeada por la recesión), empezaron a racionarlos, pues si antes colocaban en los estantes 80 paquetes de huevos para los 80 trabajadores que éramos, cambiaron de parecer y solo ponían 40. Recuerdo que fue un domingo cuando fuimos a la tienda y nos dimos con esta desagradable sorpresa. Por suerte ese día, sin proponérmelo, fui uno de los primeros 40 que llegué allí y pude comprar mi paquete.
Todo esto provocó una inesperada batalla en mi trabajo y un sabor amargo en mi familia.
Sucedió que al día siguiente, lunes, cuando culminó la jornada de trabajo, yo y unos cuantos compañeros, por ser educados de no apurar el paso hacia la tienda, no logramos adquirir los huevos, pues otros caminaron más rápido y nos dejaron sin ellos. Declarada la guerra, a partir de ese día, yo y los otros “educados” mandamos al tacho la cortesía y desde entonces, todo el mundo corría lo más veloz posible y, lógicamente, los primeros 40 que llegaban a la meta se iban felices con sus huevos bajo los brazos. A pesar de mis 49 años (aún en forma gracias a mis ejercicios físicos), la primera semana logré coger los huevos al ubicarme entre los primeros 40, ganándole a gente más joven que yo. Pero, lamentablemente, desde la segunda semana, sucedieron hechos condenables. Como ya se sabía quiénes éramos los habituales 40 victoriosos, los 40 cotidianos derrotados, empezaron a darnos empellones y otras mañas para evitar que les ganáramos. Por tanto, surgieron enemistades entre compañeros que se conocían por años y en más de una ocasión, muchos llegaron a liarse a golpes o se juraron amenazas de venganza.
Para mala suerte mía, uno de esos rufianes me hizo caer estrepitosamente, lastimando en algo mi rodilla izquierda. Y en los días siguientes, por más que me esforzaba por sobreponerme al ligero dolor de ella, al final quedaba relegado entre los últimos, regresando a casa con las manos vacías. Aunque, felizmente, pude seguir trabajando con normalidad.
Al inicio de la tercera semana, ante el conocimiento de mis limitaciones físicas que me impedían traer el paquete de huevos de mi trabajo, en casa nos tuvimos que conformar con repartirnos los 14 huevos del paquete del mercado. Nos fue imposible comprar el otro que necesitábamos, porque su precio estaba por las nubes, inalcanzable para nuestros pobres bolsillos.
Todos en casa rechazaron mi idea de ir los días de mi descanso a la tienda de mi trabajo para traer los huevos y poder comer los 4 que necesitábamos, al menos por ese día. Les daría pena que vaya cojeando en medio del invierno que ya empezaba. Así que esperamos que me recuperara lo más pronto para traerlos.
Pero no pensé que tal racionamiento de consumir solo dos huevos cada uno iba a afectar de forma considerable a mis 5 hijos. Ellos, tan acostumbrados a disponer de sus 4 huevos diarios, empezaron a mostrar ansiedad en sus comportamientos. En cambio, mi esposa y yo, obligados a dar ejemplo de serenidad y sensatez ante esos momentos difíciles, tuvimos que ocultar nuestra desazón.
Los varones volvían de sus universidades y miraban con cierta nostalgia a la sartén, seguramente imaginándose a un par de deliciosos huevos friéndose en ella, para degustarlos luego con el pan o con el arroz. Y mis muchachas, con los rostros tensos antes de acostarse, no sabían si dedicar el huevo que les quedaba (el otro se lo comieron en el desayuno), a convertirlo en huevo revuelto o echarse la clara al cutis. Cualquiera la elección que tomaran, quedaban insatisfechas.
A un día de terminar la quinta semana, acaeció un hecho que no preví y que me conmovió sobremanera. Aquel viernes, me disponía a salir hacia mi trabajo cuando sorprendí al menor de mis hijos, de 21 años, reponiendo los dos huevos que minutos antes había sustraído del paquete guardado en el refrigerador, sin que nadie lo hubiera visto. Llorando, se arrodilló para abrazar mis piernas y me pidió perdón. Me confesó que, por fortuna, su conciencia le había ganado a la tentación, que le pedía a gritos que comiera esos huevos ajenos. Por supuesto que cuando se levantó por orden mía, no pude evitar soltar algunas lágrimas al abrazarlo, porque supe que él iba a ser un hombre honesto para toda la vida. A la vez, sentí una enorme satisfacción, por el convencimiento de que sangre decente corría por las venas de mi prole, como ya me lo habían demostrado mis dos hermanos mayores en otras ocasiones.
Ante tan preocupantes circunstancias, mi esposa y yo acordamos darles nuestros dos huevos que nos correspondían para que se los sorteen y así poder paliar en algo la situación. Pero ellos, agradeciéndonos nuestro buen gesto, lo rechazaron rotundamente.
Tres semanas después, aunque ellos trataban de disimular sus malestares, yo seguí percibiendo una atmósfera de su desazón en nuestro hogar y al ver que la lesión de mi rodilla no mejoraba, decidí ir a la tienda de mi trabajo en busca de los huevos sin que nadie sepa. Y pensé hacerlo todos los días de mis días libres.
Salí a las 4 de la madrugada del miércoles (día que descansaba hasta la noche) Por el invierno que cobraba fuerza, me abrigué con pantalones, medias y guantes de lana; camiseta de polyester, casacas de cuero y gorros de algodón.
Para llegar a ella, me llevaba unos 45 minutos en tren. Al aproximarme a la tienda (a escasos minutos de abrir), me sorprendí al ver a una interminable fila de trabajadores de mi trabajo, que seguramente venían por los huevos. Alguien me dijo que llegaba tarde, que ya se habían completado los 40 trabajadores en la fila. Aquella confesión, me heló más que el horrendo frío de la madrugada. Ofuscado, me pregunté a qué hora habría venido el número 40, para ganarle en la próxima incursión. Juré que sería el primero en llegar para esa ocasión. Y regresé abatido, procurando no hacer ruido, para no despertar a nadie.
El siguiente martes, sin que otra vez ninguno me viera, salí a las 11 de la noche, forrado nuevamente como astronauta.
Llegué poco antes de la medianoche y sonreí: no había ni un alma. Me senté a un lado de la tienda. Sentí que la helada era peor que la semana anterior. Pensé lo bien que caería en esos momentos una buena frazada. ¿Por qué no se me ocurrió? Sí, claro, en la próxima la traería. Rogaba que ya fueran las 5 de la mañana. De rato en rato, veía a la distancia el paso bullicioso de los trenes, pudiendo divisar las oscuras siluetas de sus pasajeros. ¿Más de uno regresaría contento a casa con sus huevos? Me hizo gracia preguntarle a los huevos (como si ellos me escucharan) por qué son tan ricos, carajo, para que uno los busque como loco; que por qué no fueron horribles como los ajos, para que en estos momentos yo esté durmiendo y roncando dulcemente al lado de mi esposa. Un trío de borrachos pasó cerca y me dijeron si quería una copa de ron para calentar el cuerpo: les dije que no con el dedo índice. Vi que mi reloj marcaba casi las 2 de la madrugada y aún no llegaba nadie. Luego, luché buen rato para no dormirme, porque quería cerciorarme a qué hora llegaba el resto, sobre todo, a qué hora llegaban los últimos que completaban los 40 que se llevaban los huevos y hacer mis cálculos para saber a qué hora debía venir a la siguiente semana y ya no tan temprano como ahora. Sentí dolor en mis manos por la cruel helada, pese a que las abrigué con dos guantes de lana a cada una. Siempre fueron ellas las partes de mi cuerpo más vulnerables en todo invierno. De pronto vi que alguien se acercó y se sentó a mi lado, sin poder identificarlo por el pasamontañas que llevaba sobre el rostro. Certifiqué que llegó a la 2.07 a.m. El tipo debió reconocerme (en el trabajo todos nos conocíamos), pero no me saludó ni me habló. Prendió su cigarrillo y ojeó un periódico que sacó de su abrigo. Media hora después llegaron juntos, unos 7 trabajadores. Algunos nos reconocimos y nos saludamos. Uno de ellos se me acercó y me dijo suavemente al oído que el que estaba junto a mí, fue el que me lesionó mi rodilla. Apenas supe eso, le clavé una furiosa mirada al tipo y ganas no me faltaron de agarrarlo del cuello. Me levanté para ponerme al otro extremo de la puerta, porque no quería estar al lado de ese rufián. Y no tardó mucho en incrementarse rápidamente la fila de trabajadores, por lo que tuve que colocarme en un lugar adecuado para contar bien el número de trabajadores que había hasta cierta hora. Como a las 3.30 a.m., conté 25 y a poco de las 4 a.m., 35. Y como una película de suspenso, observé que a lo lejos venían corriendo una decena de trabajadores (seguro acababan de salir del tren) que cuando estuvieron a pocos metros de la fila, vi sus caras de angustia por ganar la carrera y los 5 que completaron los 40 requeridos, saltaron alborozados. Y los derrotados, se retiraron vociferando palabrotas. Entonces, exactamente el número 40 llegó a las 4.07 de la madrugada. Y no tardaron en llegar otros más que también se regresaron furiosos.
Al fin la puerta se abrió a las 5 de la mañana y fui feliz al coger mi paquete de huevos. Al regresar a casa, vi que mi esposa y mis hijos se preparaban para ir a buscarme, pues descubrieron que no estaba en casa. Preocupados, me pidieron que no lo volviera hacer, que el frío me podría hacer daño, que ya se conformaban con los dos huevos, que qué dirán en mi trabajo que me mandaban cojeando a traer los huevos. Claro que les mentí prometiéndoles que no lo volvería a hacer. Y para romper la tensión, sugerí con voz animosa, celebrar la dicha de comer los 4 huevos de ese miércoles, preparando huevos al horno, acompañado de queso parmesano y mayonesa Y una hora más tarde, después de mucho tiempo se respiraba en casa un ambiente de entusiasmo y sosiego, cuando degustábamos el delicioso banquete.
El siguiente miércoles, nuevamente tuve suerte que salir de casa sin que lo advirtieran. Envuelto de pies a cabeza con el mismo arsenal de ropa de la vez anterior, no olvidé de llevar la frazada gruesa. Como yo ya sabía a qué hora debía llegar a la tienda para estar en los 40, me aparecí en ella a la 1.57 a.m. No exagero si afirmo que casi me da un síncope cuando vi una larga fila, temiendo que ya estuvieran 40 en ella. Felizmente conté 29. Me felicité porque preví no confiar en las estadísticas. De un miércoles a otro podía cambiar muchas cosas. Nada me aseguraba que todo sería igual. Todo podía suceder. Qué sabría yo si el que vino más temprano la semana anterior, fue porque lo echaron de casa o si el que vino tarde, fue porque se quedó dormido. Nadie sabe lo de nadie. Y créanme que los 11 que faltaban para completar los 40, llegaron en menos de 5 minutos. ¡Uf!, exclamé, haciendo un gesto de alivio. Miren si me hubiese confiado del rufián que la semana pasada fue el segundo en llegar, a las 2.07 de la madrugada. Sí, el mismo que me fregó la rodilla. No quiero imaginar lo que me hubiese ocurrido si llegaba a esa hora.
Entonces, me senté en la vereda, sin buscar conversación a mis vecinos, porque eran los malos perdedores que hacían zancadillas para hacernos caer al suelo a los más veloces, cuando corríamos a la tienda en pos de los huevos. Un amigo que estaba más adelante que yo, me hizo una seña, sonriente, para que mirara quién se acercaba a la fila: era el rufián que llegaba tarde, arrojando con furia el periódico al suelo. Bien merecido que quedara excluído. Claro que me alegré y le sonreí también a mi amigo. Ambos alzamos nuestros dedos gordos, en señal de regocijo.
Se me dio por ahondar las circunstancias por las que estaba atravesando. Si hice bien o no en contagiar mi amor por los huevos a toda mi familia. Sí pues, poco después que nos casamos, mi esposa se dio cuenta de mi extremada afición por ellos. Mañana, tarde y noche me veía comiendo tres huevos pasados, cuatro panes con huevos fritos y arroz con tortilla antes de acostarme. Y ella siguió mis pasos, y más tarde, nuestros hijos a nosotros. Dentro de mí se desató un conflicto encarnizado de dos conciencias con sus voces propias, unas culpándome arteramente y otra defendiéndome a capa y espada. En medio de ese bolondrón insoportable, me dije “¡Al diablo de buscar explicaciones!” “¡Qué se va a hacer!” “¡Quiero a muerte a los huevos y punto!”
Y el frío empezaba a calar por toda mi humanidad. Miré que eran las 3.55 a.m. Entonces me cubrí con la frazada, pero no ayudó nada. La helada se volvió más cruel al correr de los minutos. Era tan insoportable, que casi caí en la desesperación. Quise dejar todo y volver a casa. Pero hice un tremendo esfuerzo y logré serenarme. Rogué que se fueran volando la hora y diez minutos que faltaban. No me dejaría vencer, aguantaría el vendaval. Ya los relojes de la ciudad marcarían las 5 de la mañana y regresaría como un héroe a casa con los huevos.
Me dormí unos escasos minutos cuando de pronto me despertaron unos gritos que provenían de unos 50 metros. Logré oír que exclamaban: ¡papá! ¡papá!. En medio de la oscuridad, pude constatar que eran 6 personas. Y cuando estuvieron ya mucho más cerca, entonces, los reconocí. Ahí estaban mi querida esposa y mis amados 5 hijos que se lanzaron a abrazarme y a darme las buenas nuevas.
-¡Vamos a casa, querido, levántate, que el precio de los huevos volvió a la normalidad!- dijo emocionada mi esposa, mientras me tomaba un brazo para ayudarme a levantarme.
-¡Sí padre, el presidente salió por televisión y dijo que se resolvió la crisis! ¡Hasta aseguró que habrá mercados donde los venderán más barato de lo normal!- me dijo el mayor de mis hijos, que me agarraba el otro brazo.
-¡Arriba, papá, párate de una vez!- dijeron mis dos muchachas y mis otros dos hijos, ayudando a incorporarme finalmente.
-¡Vaya! ¡Sí que estos huevos nos hicieron sufrir, ¿no?- dije balbuceando, torpemente tratando de bromear, aunque en realidad me aguantaba las lágrimas por esa escena tan conmovedora, de la enorme felicidad de saber que tenía una bella familia que me quería mucho.
Fue como una liberación, desatándome de esas cadenas que angustiaron mi vida por algunas semanas que no olvidaré.
Entonces, después que mi esposa me dio de beber una taza de café caliente que trajo de un termo, los seis nos abrazamos y caminamos lentamente, al paso de mi ligera cojera, dirigiéndonos felices hasta la estación del tren.
Ya en casa, se medió por pensar, qué bien que hizo el que creó a las gallinas en esta vida. Porque sin ellas, qué tristes se verían las mesas de todo el mundo sin la presencia de los suculentos platos que podemos cocinar con nuestros queridos huevos.
Fresh Direct, 9 Marzo, 2025
O.T., 2 Diciembre, 2025
POR UNA SINGER
En fin, pasaron casi dos años y medio y sigo felicitándome que valió la pena el sacrificio, porque ahora veo a mi Tamara tan feliz, prosperando con su empresa de costura, que dirige en su propio y espacioso taller cerca a la Plaza de Armas, donde posee de 35 modernas máquinas de coser Singer, con las que emplea a 49 eficientes trabajadores que la quieren mucho, porque ella es muy justa con los pagos y generosa para resolver los problemas que se les presente; ocupadísima con los trabajos interminables que le encargan las dos principales casas de modas de la ciudad. Por su tenacidad, estamos próximos a comprarnos el departamento que anhelaba ella desde que éramos novios. La recojo todas las noches, a las siete en punto, con el auto nuevo que compramos hace tres meses.
Qué distintas aquellas noches, cuando la recogía con mi bicicleta en el tallercito de don Jeremías, donde ella trabajaba de remalladora desde que nos casamos.
Conocí a mi amor por mi oficio de guitarrista. Un tío suyo cumplía años y me contrató para tocar en su fiesta. Él era hermano de su madre, en cuya casa vivían ambas. Le acepté ir a tocar la guitarra, solo porque era mi gran amigo de la infancia. Yo no necesitaba de eventos privados porque ganaba buen dinero tocando en otros medios. Aprendí a tocar la guitarra a los diez años. Ya a mis dieciséis (luciendo mis dotes de buen guitarrista), al principio me fogueaba en diversos grupos de baladas y rock, tocando en fiestas privadas. A mis veinte, lo hacía en teatros y cines, añadiendo géneros como el bolero, la guaracha y el bossanova. Y ya a mis 25 era un eximio guitarrista, considerado entre los diez mejores del país. Muchas radios se disputaban los servicios de mis grupos, donde yo era la indiscutible estrella, para interpretar principalmente valses, tangos y boleros.
Allí estaba ella, la más linda de la fiesta, luciéndose con sus juveniles 21 años, observándome, de rato en rato, con una sonrisita, y yo, con mis maduros 40, derritiéndome por sus ojazos pardos claros y su crespo cabello azabache. Seguramente me conocería por ser famoso. Aproveché las circunstancias para sacarla a bailar y decirle algunos piropos. Por suerte, hicimos química y a los pocos días entrábamos a alguna cafetería o heladería para conocernos. Me contó que ganaba algo de dinero ayudando a atender en la tienda de abarrotes de su tío. Que también cuidaba de su madre enferma de diabetes y que tuvo un enamorado, con el que terminó porque era demasiado celoso. Por mi parte, le dije también que, por esa misma razón, terminé divorciándome de mi esposa. No soporté sus continuos reproches cuando volvía a casa. Estaba segura de que, por mi vida bohemia, yo la estaría engañando con mujeres. ¡Ja!, no sabía lo equivocada que estaba y por ello, perdió a un buen hombre como yo. Cierto es que muchas me rogaban para tener un apasionante rato, pero nunca cedí a sus tentaciones por mi incólume fidelidad. Y entre otras cosas, le conté que padecía de asma, que seguramente lo heredé de mi difunta madre.
Ya enamorados, solíamos ir a una playa cercana para sentarnos en el muelle y disfrutar de ver los serenos oleajes del mar y los alegres vuelos de las gaviotas. Desde allí veíamos un departamento blanco de dos pisos que nos encantaba y que prometimos comprarlo algún día.
Lamentablemente, a los pocos meses que mi Tamara y yo salíamos como enamorados, el tío de ella falleció de un infarto. La aún esposa de él (de la que estaba separado pero no divorciado) vino no sé de dónde y vendió la casa y la tienda de abarrotes de mi difunto amigo, por lo que mi Tamara y su madre quedaron en la calle. Por supuesto que las llevé a vivir a mi casa. Y planeamos mi Tamara y yo, casarnos el día que cumpliéramos un año de conocernos, que para ello faltaban tres meses. Cuando ella me dijo que buscaría un empleo, yo me opuse firmemente. Muy confiado le manifesté que por ahora no era necesario. Que con lo que ganaba como guitarrista, era suficiente para mantener nuestro naciente hogar.
Pero justo por esos días me sobrevino un percance que casi acabó por desesperarme: mi dedo medio de la mano izquierda se me paralizó. Felizmente fue cuando practicaba algunas canciones en casa y no en algún concierto. Acudí a un médico particular y luego de varios exámenes, me dijo que me dio un derrame a mi brazo izquierdo, pero que, por suerte, solo afectó al dedo en cuestión. “¿Pero qué suerte era eso? Si ya no podría tocar la guitarra para ganarme el pan” me dije amargamente. Y para colmo, sabía que no tenía muchos ahorros, pues fui demasiado generoso en comprarles casas a dos hermanos por parte de padre y hacer grandes préstamos a familiares y amigos (que nunca me llegaron a devolver) para salvarlos de la ruina. Y precisamente, poco antes del percance de su dedo, pagué una fuerte suma de dinero a una clínica para que operaran de emergencia al cerebro enfermo de una prima mía. Calculé que tenía dinero para cubrir los gastos más elementales solo hasta un mes después de la boda concertada.
A escasos días para la boda, mi Tamara me descubrió llorando una noche en la cocina. Ante mi apremiante situación, de no saber otra cosa que tocar la guitarra, ¿cómo iba a mantener a mi Tamara y a su madre? No podía concebir darle una vida de pobreza a mi futura querida esposa.
De veras, yo pensaba en el suicidio cuando ella me consoló besándome y me preguntó qué era lo que pasaba. Le confesé todo y entonces encontré el salvavidas en sus hermosas palabras. Me dijo que por qué fui tontito de ocultar el problema por tanto tiempo para hacerme daño yo mismo. Que no me preocupara, que roguemos al Todopoderoso para que nos dé salud y así poder trabajar fuerte y salir adelante.
Y nos casamos por lo civil, en el municipio de la ciudad. Ella, despampanante con su vestido de novia color perla, que pudimos comprar con el dinero que nos dio una casa de préstamos y yo desempolvé mi viejo terno de lino negro que usé en mi primera presentación en la radio más popular del país. Fue un divino domingo gris, que celebramos con una fiesta fervorosa en casa, que duró hasta el mediodía del día siguiente, cuando partimos de luna de miel a la lejana hacienda campestre de un antiguo amigo de colegio, que generosamente nos dispensó por dos días. Disfrutamos de su cálido clima y de su hermoso paisaje natural, donde devorábamos los melocotoneros y nos metíamos a un río de aguas frías y transparentes para sacar truchas y freírlas al atardecer. Mi Tamara me hizo reír cuando me dijo que nos robemos el clima de allí para llevarlo hacia la ciudad, para que yo no sufra con el asma.
Una semana después, mi Tamara consiguió un trabajo de limpieza en un pequeño taller de costura. Y no pasó mucho tiempo para que don Jeremías, dueño del negocio, encargara a sus cuatro obreras que le enseñaran a remallar, para que trabajara con una máquina próxima a comprar. Así empezó a forjarse la futura gran costurera.
Y yo logré emplearme en la más importante vidriería de la ciudad, por intermedio de un amigo violinista.
Desde entonces, me habitué a llevarla al taller en bicicleta. La dejaba a las 7.30 a.m. y yo llegaba a la vidriería a las 8 a.m. Y yo salía a las 4.30 p.m. para ir a recogerla a las 5 p.m. Descansábamos los sábados y domingos.
Con el tiempo se hizo costumbre que, a mitad de camino de regreso a casa, a petición de mi Tamara yo detuviera la bicicleta por unos minutos para que ella pudiera acercarse a los cristales del local donde vendían las máquinas Singer y contemplarlas, con tal ilusión en sus ojos, que me dolía mucho. De veras, se me partía el alma cuando ella me decía que algún día tendría una de ellas. Yo la abrazaba y asentía con una disimulada sonrisa porque creía que eso era muy difícil, dada nuestra preocupante situación económica. Y más torpe era cuando me atrevía a decir: “Sí, amor, algún día la tendrás” porque terminaba casi balbuceando de la pena que me embargaba. Entonces, maldecía el día que aparecieron la diabetes y el asma en la vida. Por esas enfermedades que padecemos doña Juanita y yo, respectivamente, que nos costaba una barbaridad controlarlas con un batallón de medicinas, desbarataba toda posibilidad de ahorro para poder comprar la Singer soñada. Más de la mitad del dinero que ganaba mi Tamara se iba en los cuidados de su madre y lo mismo yo, de lo que ganaba en la vidriería. De manera que ambos trabajábamos prácticamente solo para traer los frejoles a casa, para irnos al cine una vez al mes y comprar nuestra ropa para los tres, al menos los días de los onomásticos y en las fiestas de fin de año.
Un día sábado que cumplimos cinco años de casados, mi Tamara fue a trabajar al taller, pero no esperó la generosa sorpresa que le daría don Jeremías: le dio el día libre y encima, pagado. Se lo dijo despacito al oído para que las demás remalladoras no escucharan. Para él, ella era la mejor, y la recompensaba por la destreza y rapidez de sus labores, de las que don Jeremías estaba plenamente satisfecho. Igualmente mi Támara le tenía un gran aprecio, porque fue por él que se insertó en el oficio de la costura.
Ese día nos fuimos con la bicicleta hasta la playa de siempre, en la que estuvimos hasta el anochecer. No nos bañamos por el agua helada del invierno. Nos sentamos en el muelle, saboreando un cafecito que nos vendió un muchachito y desde allí espectamos nuestro ansiado departamento blanco. Ella cerró los ojos y yo le seguí el juego: montados en caballos entramos para apoderarnos de él una madrugada; pintamos todos los interiores de verde agua; acomodando la amplia cama de la que saldrían nuestros futuros; disponiendo de un exclusivo cuarto de juguetes para cada uno; acondicionando un pequeño cine con treinta butacas para que cuando ellos crezcan, traigan a sus amistados y todos veamos las películas de terror, drama y de ciencia ficción; viendo el romántico ocaso del sol desde el balcón, mientras comemos las empanadas de carne que nos preparó doña Juanita; levantándonos al amanecer para correr alegres y zambuirnos en las aguas veraniegas.
De regreso a casa, no teníamos que pasar necesariamente por el local de las Singer, pero ella me pidió que fuéramos allí. Y sucedió la misma escena de todos los días: mi Lucrecia, mirando con ansias a las máquinas, y yo, con un nudo en la garganta. Pero esta vez, ella se recostó en mi hombre y lloró por primera vez en ese lugar, como una niña que no puede comprar su muñeca preferida. Ahí sí que hirió mi corazón como nunca. Lloré también y un buen rato permanecimos abrazados en silencio. Ese duro momento ocasionó que de un porrazo apareciera en mi cabeza una idea tan concreta que no dudé de que era la solución para que mi Lucrecia tuviera al fin la Singer. Entonces se me dio por saber qué elemento en mi subconsciente hizo que procreara el plan.
Cuando regresamos a casa, no supimos cómo doña Juanita se las arregló para esperarnos con un oloroso y riquísimo pastel de manzana y un par de botellas de vino semiseco que compró de alguna tienda. ¡Qué nos importaba si se fió o le prestaron dinero! Ya después resolveríamos en cualquiera de los casos. Y nos divertimos bailando, cantando y brindando toda la noche. Saqué mi vieja guitarra para la ocasión, con la que cantamos boleros, valses y baladas antiguas y de moda. Doña Juanita, que tenía un oído tremendo, me corrigió varias veces cuando me equivocaba en algún acorde que no correspondía. Pero como el problema persistía y no tenía arreglo, lo dejamos a un lado, porque no nos íbamos a pasar la fiesta en correcciones. Lo importante era que prevaleciera la alegría y que la inocente guitarra nos acompañara lo mejor que pudiera. Y no supimos en qué momento los tres terminamos por quedar dormidos en los muebles. Mi Lucrecia y yo despertamos a las cuatro de la madrugada y fuimos a nuestra habitación (medio borrachitos) dejando que doña Juanita continuara durmiendo. Hicimos el amor hasta el amanecer. Entonces, le juré por lo que más quería que una Singer estaría al fin entre sus manos en menos de un mes. Ya había concebido el plan con toda claridad y estaba totalmente dispuesto a ejecutarlo.
El domingo despertamos al mediodía e hicimos un esfuerzo para vencer a la resaca. Mi Lucrecia y su madre fueron al mercado para comprar los víveres de la semana. Yo aproveché para llamar a mi amigo Ignacio y me aceptó involucrarse en el plan que concebí. Cuando volvieron ellas y se pusieron a cocinar, noté que mi Lucrecia me observaba con cierta inquietud. Y lo siguió haciendo mientras almorzábamos. Sospeché que era por aquello que le juré. Y fue en el momento en que los dos salimos a pasear por el parque cuando ella me preguntó qué iba a hacer para comprar la Singer. Yo preví esa pregunta y le mentí que esperaba un préstamo de mi amigo Ignacio.
A medianoche, luego vimos la televisión, todos nos fuimos a dormir. Horas después, antes de que amaneciera, algo me empejó a ir a la sala y ver el cielo de la madrugada que moría. Claro, alguna vez pensé que la madrugada se prolongaba demasiado. Que sus minutos finales estaban de más o “no servían”, deprimentes para mi. Esa era mi posición y nadie me iba a convencer de que estaba equivocado. Yo anhelaba un cielo que me alegrara y ese papel lo cumplía el amanecer. Bien hacía de desaparecer a la agonizante madrugada para devolvernos la felicidad con la lenta aparición de su bella claridad. Ese era el embrión que causó la abrupta idea que nació en mi cabeza la noche que mi Támara lloró por su Singer.
Llevé en la bicicleta a mi Támara a su trabajo, dejándola a las 8 a.m. y yo proseguí al mío. Marqué tarjeta a las 8.15 a.m. Vi las caras contentas de mis compañeros. Me dijeron que los dueños habían aceptado el aumento de sueldo que había exigido el sindicato de la vidriería.
Tres semanas después, vieran a mi Támara cómo lloraba de felicidad, cuando trajimos a casa no una, sino tres máquinas de coser Singer. En la misma casa improvisó su taller inicial, donde empezó a laborar con dos muchachas. Tres meses después, alquiló una casa cercana a la nuestra para acondicionarla como su nuevo taller, tras comprar cuatro máquinas más. Y así, el negocio fue creciendo y creciendo hasta que ahora es considerada en el mundo de la costura como una de las tres mejores empresarias del país. Yo siempre creí en ella. Yo siempre creí en su promesa, cuando me decía que con una Singer haría patria. Y así fue. Por eso no dudé en llevar a cabo el plan.
Una hora después de que brindamos los trabajadores con los dueños por el acuerdo del aumento, mis compañeros me llevaron de urgencia al hospital. Llamaron por teléfono al taller de don Jeremías para hacerle saber a mi Támara que yo había sufrido un accidente en el trabajo. Entró llorando a la habitación donde yo dormía, reponiéndome de la operación y un compañero que me acompañaba le dijo que el cortavidrio, seguramente por falta de mantenimiento, cayó sobre mi mano y alcanzó a mocharme el dedo medio de mi mano derecha. Recomendándole que de inmediato hiciéramos una demanda.
Luego de dos semanas de disputas, mis abogados de derechos laborales le ganaron la batalla en la vidriería y me indemnizaron con $10,000.00 dólares. Y a la actualidad, mi Támara los ha convertido en $7’000,000.00 de dólares.
¿Verdad que valió la pena el sacrificio? Ayudó la visión que tenía del tránsito entre la madrugada y el amanecer.
Los inútiles minutos finales de cualquier madrugada eran como mi dedo índice de la mano izquierda que no servía para tocar la guitarra; la bella luminosidad de un amanecer era como la felicidad de mi Támara.
Alguien (que no sé quién es), aniquila a los estertores de la madrugada para que florezca el amanecer; yo dejé que el cortavidro hiciera añicos a mi dedo índice para que mi Támara al fin sea feliz..
OT, 9 de Diciembre, 2025
LA PAPA ESCOGIDA
Una mañana gris, una señora va al mercado para comprar papas. Hay una que ruega que no la escojan, pero la mujer, al verla con buen aspecto, se la lleva con otras más.
En el bolso, la papa iba molesta, lamentándose de ser grande, robusta, de buena pinta. Y luego la pusieron, junta con las demás papas, en el aparador de verduras y tubérculos.
Tuvo suerte ese día, porque, a la hora de cocinar, la mujer escogió otras papas y no a ella. La papa dio un suspiro de alivio: podía vivir, al menos, un día más.
Mientras la mujer metía a las desafortunadas papas dentro de la olla humeante, la papa se despedía de todas ellas.
-¡Adiós, hermanas papas! ¡Ya nos veremos en el paraíso papal!- gritaba en silencio.
Al rato, el pequeño hijo de la mujer, ingresó a la cocina para contarle a su madre sobre unos juegos mecánicos que habían llegado al barrio. Y hablaba con tanta emoción que la papa se llenó de curiosidad.
-¡La Silla Voladora! ¡El Tren Fantasma! ¡Los Carros Chocones! ¡La Montaña Rusa!- exclamaba el niño apasionadamente, detallando con minuciosidad, las bondades que ofrecían aquellos juegos.
La papa, entonces, cerró los ojos y empezó a imaginarse con esos juegos desconocidos, que seguro debían ser divertidísimos.
Así se la pasó toda la tarde, soñando con ellos, ilusionada de ir allí alguna vez.
Al llegar la noche, escuchó un ruido en el ambiente. Vio que un pericote huía de un gato, escondiéndose por debajo del aparador. El gato refunfuñó al no saber dónde se había metido el pericote.
De inmediato, a la papa se le ocurrió una gran idea.
-Gato, te digo dónde está escondido el pericote, con la condición de que me hagas un favor— propuso, segura de que él aceptaría.
-Si el favor está a mi alcance, seguro que sí- dijo el gato.
-Llévame a los juegos mecánicos que están cerca de aquí- dijo la papa, quejándose de solo tener ojitos y boca, y no brazos y piernas para ir ella misma por su cuenta y no estar pidiendo favores a nadie.
El gato aceptó gustoso la oferta, pero también puso una condición: que él debía traerla de vuelta a casa, pues hay una cámara de vigilancia.
-Si la señora ve que yo regreso sin ti, me echa a escobazos a la calle- dijo seriamente el gato.
La papa dio su palabra de que volvería con él. Poco después, el felino devoró al pericote en el jardín de la casa, luego que la papa le dijera dónde estaba escondido el roedor.
Entonces, el agradecido gato metió a la papa a un babero que colgaba de su pescuezo. Y para que la papa pueda ver, le hizo dos huecos a la altura de sus ojitos. Y cumplió con llevarla a los juegos.
Y en ese pequeño mundo de fantasía, ¡cuán feliz fue la papa aquella noche!
Todo el tiempo dentro del babero, cuánto disfrutó en dar vueltas y vueltas por los aires con la espléndida Silla Voladora; de no dejarse atrapar por las espantosas calaveras y arañas gigantes del Tren Fantasma; de chocar divertidamente su incontrolable carrito, una y otra vez, contra los carritos de otros muchachos en las pistas de los Carros Chocones; de sentir tremendos nervios cuando su vagón bajó velozmente desde lo más alto de ese enorme laberinto circular de fierros, llamado la Montaña Rusa.
-¡Ahhh! ¡Qué no daría por estar siempre aquí!- pensaba, con el brillo de la dicha en sus ojos, mientras la llevaban otra vez al "Tren Fantasma".
Tan enfebrecida estaba ella, de haber trepado hasta la cima de la alegría, que olvidó su penosa realidad de ser papa, tan preferida para apagar el apetito humano.
A medianoche, cumpliendo con el pacto, volvió a casa con el gato, que la puso sobre el aparador.
-Ser papa, qué mala suerte, no ser como el niño de la casa que irá a los juegos todas las veces que quiera- rezongaba la papa toda la madrugada.
A su costado, yacía dormida una cebolla gorda, roncando de lo más bien, como si no le importara que dentro de pocas horas alguien la hiciera pedazos para convertirla en una deliciosa ensalada.
-¡Quién como ella! Sabe que pronto se la comerán y está de lo más tranquila- reflexionó la papa, alumbrada por los primeros rayos de sol que penetraban por una ventana.
Despertó a la cebolla para entretener sus penas.
-Cebolla, ¿no tienes miedo de que pronto te cocinen?- preguntó ella.
La cebolla abrió un ojo y se echó a reír.
-Ja, ja, ja, ¿miedo yo?, ja, ja, ja. ¡Noooo! Al contrario, contenta de alimentar a la gente- respondió y continuó durmiendo y roncando como si nada.
Al amanecer, cuando ya el sueño la vencía, la papa escuchó los pasos de la mujer que ingresaba a la cocina. La papa sintió temor. La mujer puso una olla grande sobre la estufa prendida. La papa empezó a temblar.
Al rato, ingresó el hijo de la mujer, saludándola con un beso en la mejilla.
-¿Quieres que te prepare puré?- preguntó ella.
-Sí, mamá, puré de papa, es mi plato favorito- dijo el pequeño, sentándose sobre un banquito para esperar su comida.
Entonces, la mujer se acercó al aparador para escoger las papas. La papa cerró los ojos y suplicó en silencio, con toda el alma, que no la escogiera. Pero no fue así. Una terrible amargura hirió su corazón, cuando la mujer la cogió con su mano húmeda.
Mientras la pelaban, la papa se resistió a llorar. Intentó darse coraje en esos instantes tan difíciles.
Luego, ya peladita, la pusieron sobre otras papas peladas.
Ella, serenamente, esperó resignada el momento del adiós de su corta vida.
Minutos después, justo cuando la iban a meter al agua hirviente, la papa alcanzó a imaginar, con una enorme sonrisa, la dulce y maravillosa emoción de sentirse volando por los cielos, sobre una espléndida silla voladora.
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