El trago es cálido y dulce. Tiene el color de algunas noches nacientes.
Mastica las hojas que le ofrecen, las aparta a un costado de su boca. El amargor duerme sus mejillas. Recibe dos palmadas y en su rostro aparece un color.
Bebe otro trago.
Ese día le han contado demasiadas historias. No logra quitárselas del pecho, al querer asirlas se le escurren como imágenes del viento.
Desde su asiento ve a la muchacha, el cabello se derrama sobre sus hombros como una noche madura. Ya la había observado no pocas veces. Una tarde ahora lejana, junto al cántaro de agua.
Ella pasa entre los hombres con la misma indiferencia alerta de un puma. Si hablara quizás las lluvias serían generosas; pero camina en silencio, su presencia forma parte de la neblina asentada al pie de la montaña.
Echan a andar. Aunque él permanece quieto, delirante por la chicha, mientras otros lo transportan. Todavía calienta el sol.
Busca a la muchacha, quisiera encontrarla y poder hablarle con la mirada. Son demasiados los hombres y el humo se ha mezclado con la neblina. Entre las antorchas, distingue el rostro adusto de su padre. Nota el orgullo en su porte, en cada uno de sus pasos, va cantando; pero, al cruzarle los ojos, calla. Luego ejecuta un movimiento de cabeza, y retoma enérgico el coro. Los tambores tronan. A medida que prospera el frío, los cueros suenan más fuerte.
Siguen los tragos, de mano en mano, llegan antes a él, quizás a ella, la muchacha elegida. Desliza la mirada; pero la espesura del aire y la embriaguez, forman fantasmagorías.
La montaña se acerca lentamente. Nadie puede asegurar dónde termina, dónde comienzan ellos.
El ocaso tiene el color de la chicha. Bebe un trago a su salud.
Los párpados pesan. Los tambores apenas suenan. El coro se ha convertido en un largo susurro inconexo.
Uno de los hombres le da otro trago y le pone un quinto de coca entre los dientes.
Un cóndor surca la noche. Ahí va su mensajero.
El sueño lo domina.
Una serpiente se estira sobre la nieve. Un puma se echa como un gato al sol.
La muchacha sale de la espesura de la selva, se desnuda junto al cántaro de agua, su piel conserva la síntesis de todos los dioses.
Los hombres continúan el ascenso, llenos de fatigas. Bajo las pieles parecen animales. El sillón se tambalea con los pasos de los portadores. Las manos que lo sostienen parecen de piedra y aire.
El viento lo despabila, ahora sopla feroz.
La nieve ha transformado el paisaje en un mismo resplandor lunar. Es mucho lo que han ascendido.
¿Hasta dónde llegarán?
Al fin, se detienen. Asoma la cabeza por la manta.
¿Dónde está la muchacha?
Un grupo con antorchas encendidas penetra la nube espesa. Cargan otra silla. Es ella, puede reconocerla en la forma que dibuja su manto.
Grita su nombre; pero la voz queda atrapada en su garganta.
Los hombres se alejan. Él se acurruca en el manto. El frío es un animal que lo muerde y lo abraza. Agradece a los dioses ser el niño elegido.
Ya no escucha voces ni tambores.
La muchacha está a unos cien pasos. La luna resplandece en su collar.
¿O son los dientes de su sonrisa?
Le gustaría acortar la distancia. Pero no logra moverse. El viento vuelve a soplar, susurra palabras en su oído:
Caballero… Caballero.
Acaso es la voz incontenible de la montaña. Arde por dentro. Necesita decir.
Nada debe temer, su padre lo ha expresado con claridad:
Eres el niño elegido, dormirás en el regazo de los dioses.
Nuestras cosechas serán abundantes.
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