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Estaba un abuelo y su nieto mapuche, sentados en un lado de un puente mientras jugueteaban balanceando sus piernas que colgaban sobre el cauce del río.

El abuelo narraba la historia de una hazaña ocurrida lejana, en la noche del tiempo, y que sus antepasados habían atesorado y pasado de generación en generación hasta llegar a nuestros días.

La historia contaba acerca de un ciervo que había sido rescatado de las fauces de un puma por un grupo de jóvenes que controlaban trampas de conejo en la pre-cordillera. El pequeño ciervo resultó con graves heridas, por lo que decidieron llevarlo con ellos al lof, donde el hermano del lonko, Mankecura y su hijo Quintun, un chico autista, se ofrecieron para tratar de salvarlo.

Desde ese mismo instante Quintun dedicó su existencia al cuidado del ciervo, el que al cabo de un par de meses comenzó a seguirlo por donde quiera que fuera. Se desarrolló entre ellos una unión tan íntima que se entendían como mellizos.

Una mañana el ciervo guio a Quintun hacia la montaña y no se detuvo hasta que estaba anocheciendo. Hacía frio y estaban cansados, de repente el ciervo se desvió por un angosto sendero que terminaba en una gran roca rodeada de matorrales. Para sorpresa de Quintun, un grupo de ciervos reposaba en un claro a un costado de la gran roca. No se sobresaltaron al verlos venir, más bien mostraban curiosidad, mientras los cervatos correteaban desinteresados.
Quintun no reaccionaba a lo que sucedía; en su mente, él estaba entre pares y era solo uno más entre ellos, deseoso de conocerlos y contarles acerca de su clan y de sí mismo cuando, inesperadamente, un enorme ciervo con grandes aspas, a modo de corona de Rey, ocupó el centro. Todos hicieron amago de respeto y se impuso un silencio expectante.

Lentamente, pero firme, se acercó al niño. Estaba por iniciar el protocolo de olfatear y cascar la tierra con las pezuñas cuando sus ojos se encontraron con los de Quintun y éste, sin preámbulo, acarició su hocico y se abalanzó sobre su cuello envolviéndolo en un largo abrazo. El Rey, tomado por sorpresa, avergonzado miró a los de la tropa y vencido, sonrió tiernamente. Al poco rato, todos dormían apaciblemente dándose calor entre ellos.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos del sol, salieron en fila india hacia la cordillera, guiados por El Rey; en ocasiones se detenían para pastar y comer moras y raíces para luego proseguir el ascenso hacia las cumbres.
Entretanto en el lof se había dado la alarma de que Quintun y el ciervo faltaban desde temprano del día anterior, por lo que el lonko Linkokewün decidió enviar a los guerreros Curipan y Kiñelef a rastrearlos. Éstos, al poco rato de buscar señales, encontraron huellas que se dirigían hacia la montaña, hacia el territorio del Ngen Mapu o del “dueño de la tierra”, o del temible puma, y continuaron raudos en esa dirección.

Arriba, la montaña se hacía más escabrosa, ya casi no había vegetación y era difícil de caminar, ya muy pronto se llegaría a los riscos. ¿Qué los traía hasta aquí?, ¿qué suscitaba esta romería que trascendía la ley cósmica que mantenía a cada especie entre los suyos?

En la ladera de un alto barranco comenzaron a aparecer pequeñas y grandes rajaduras en la roca. Una de ellas, por donde apenas se podía pasar, fue la puerta de entrada que tomó El Rey y por donde desapareció la caravana. Lo que apenas parecía una rajadura, dio paso a una gran caverna que se extendía por largos e inclinados túneles que llevaban al mismo seno de la montaña. El aire era fresco y el entorno estaba misteriosamente iluminado de una tenue claridad.

Curipan y Kiñelef corrían rápido y seguros portando sus hachas y lanzas. Quintun les había hecho fácil la tarea de rastrearlos gracias a que había comido moras y desechado las que estaban verdes, lo mismo que el ciervo dejó sus distintivas pezuñas impresas en el lodo, donde lo hubiera.

En el claro, entre los matorrales, los guerreros observaban incrédulos las huellas entremezcladas de muchos ciervos y las de Quintun; la hierba pisoteada hacía notar fácilmente que habían dormido ahí. Estaban tratando de contar cuántos eran, cuando retumbó un rugido que heló sus almas. Un colosal puma los miraba amenazante desde la cima de la roca. Si saltaba sobre ellos, no tendrían tiempo de levantar sus hachas para defenderse, estaba demasiado cerca, al menos uno de ellos no saldría de aquí con vida.

Estaban en medio de un denso suspenso cuando un cóndor graznó mientras sobrevolaba la escena. Seguidamente aterrizó sobre la roca al tiempo que el puma saltaba a escasos tres metros de los guerreros, los miró fijamente y luego de un gemido, caminó con calma siguiendo la senda de huellas que había dejado la caravana.

Curipan y Kiñelef sabían que esto era una señal de Ngnechen, el dios mapuche. Se miraron mutuamente y embriagados de devoción siguieron los pasos del puma sin decir palabra.

La caravana se encontraba en una bóveda gigante, alta como una catedral y grande como una plaza. Cerca del centro había una imponente araucaria petrificada y en su base una roca lisa y alargada. El Rey instó a Quintun a encaramarse en ella. Los ciervos se dispusieron alrededor de la roca y se echaron, atentos al niño, quien cayó en un trance tan profundo como las raíces del árbol que los cobijaba.

Su espectro visual se llenó de luces blancas, como estallidos pirotécnicos, y poco a poco se fue atenuando y adquiriendo un tono verde, hasta igualar el verde de las ciénagas de la Araucanía.

Sobre un tallo que se alzaba de la nada se posó una libélula con cara de anciano y ojos bondadosos. Lo miró compasivamente, con una sonrisa dibujada en su cara, y comenzó un cántico monótono y repetitivo al que se unieron toques de trutruca y golpes de kultrunes. Y decía: - Un inmenso saludo, Anciana del territorio del norte, Anciano del territorio del norte, escuchen mi palabra y escuchen mi saludo, Padre del Cielo, Madre del Cielo, que se fortalezcan tus guerreros, que se fortalezcan tus Machis y tus Lonkos, escuchen mi fuerza, escuchen mi oración, que se fortalezcan ustedes y toda su gente Anciana del norte, espíritu protector del agua, espíritu protector del mar y los ríos, Ancianos de los montes, Fuerza del equilibrio, escuchen mi saludo y mi palabra.

El tam-tam de los tambores lo sumergía cada vez más profundo en un estado de tranquilidad y relajación al tiempo que sus sentidos percibían todo lo que sucedía a su alrededor.

Al son del ritmo comenzó a vislumbrar siluetas de personas y animales que se acercaban; eran los ancestros y los guardianes de la tierra que traían el mensaje de Ngnechen a los mapuche, para hacerles saber que de ellos era la responsabilidad de restablecer el orden perdido y que su razón de ser era proteger la vida y el equilibrio entre las fuerzas antagonistas.

- Que nada cambie el ciclo de la vida. Que la montaña, el llano, el lago, la flor, el mar, la nieve, la hormiga, el fuego, el viento y el cielo, la luna y el caracol, la mosca y la mariposa, los ciervos y los jotes, el árbol y el agua sigan siendo, UNO… que nada sobra y que nada se pierde… que solo se transforma.

- Que los ríos siempre lleven el espíritu de mi pueblo hasta el mar. Que trabajen en comunidad.
Luego de un período intemporal la libélula se alejó volando y los tambores y trutrucas se fueron apagando, lo mismo que las voces de los ancestros y de los guardianes de la tierra.

Quintun abrió los ojos y sacudiéndose la pereza del profundo sueño, divisó al Rey y a todos los ciervos. También muchos otros animales y Curipan y Kiñelef. Estos últimos lo escoltaron de regreso al clan con tierna reverencia.

En el lof estaban reunidos el Lonko Linkokewün, su hermano Mankecura, el Machi Wenuweke, los guerreros Curipan y Kiñelef y el niño prodigio Quintun. El Machi escuchaba atento el mensaje de Ngnechen y lo narrado por los guerreros.
Lo acontecido fue el mensaje que el Machi Wenuweke envió con guerreros y emisarios a las gentes de las cuatro tierras, los Pikumche del norte y los Huilliche del sur, y los Pewenche de la montaña y los Lafkenche de la costa, para convocar el guillatún más grande y más importante que jamás haya visto el pueblo mapuche.

- Es por eso hijo -dijo el abuelo - que cuidamos la nieve de la montaña y los bosques y el río y saludamos al ciervo y veneramos al puma. Ahí viven nuestros ancestros, que nos hablan, y sus almas descienden al mar por estos ríos.

El niño, lo mismo que los niños de mil años atrás, escuchó atento y respetuoso la narración de su abuelo, sintió la fuerza y observó lo maravilloso de su entorno y se prometió protegerlo a lo largo de su vida en la tierra y luego junto a sus ancestros.


Glosario:
Quintun nombre propio: buscador de águila
Linkokewün nombre propio: lenguaje abundante de mucho contenido
Wenuweke nombre propio: cordero del cielo
Mankecura nombre propio: cóndor de piedra
Curipan nombre propio: leona brava, montaña negra, alma valerosa
Kiñelef nombre propio: un viaje rápido, una carrera veloz
Guillatún ceremonia religiosa
Machi sacerdote o chaman mapuche
Lonko jefe y cabeza de comunidad mapuche
Newen fuerza
Ngen Mapu puma
Lof clan mapuche
Kultrun tambor utilizado por un Machi
Trutruca instrumento de aire

Texto agregado el 26-08-2025, y leído por 66 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-08-2025 Es impresionante como en los animales también se dan esas familias como en los humanos y quizás mucho más unidas. Que bello cuento...//Que la montaña, el llano, el lago, la flor, el mar, la nieve, la hormiga, el fuego, el viento y el cielo, la luna y el caracol, la mosca y la mariposa, los ciervos y los jotes, el árbol y el agua sigan siendo, UNO…// Y la naturaleza siempre presente... Me encantó Victiria 5* 6236013
27-08-2025 Qué linda narración, me agradó mucho, saludos. ome
 
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