AMOR POR LAS GEMELAS
En un pequeño pueblo vivían dos niñas: Mireya y Emma, que fueron adoptadas por familias diferentes. Afortunadamente, ambas crecieron en hogares felices, aun sin saber que tenían una hermana idéntica.
La vida de Mireya con su familia adoptiva estuvo llena de risas y aventuras, mientras que Emma encontró un hogar cálido y solidario en la suya.
Un día, cuando tenían unos 10 años, se vieron por primera vez en un parque de diversiones. La casualidad las llevó a encontrarse frente a la Rueda de la fortuna, y al mirarse a los ojos, se percataron de su enorme parecido. La sorpresa y la curiosidad las llevaron a hablarse, y concluyeron que debían ser hermanas gemelas que, de seguro, habían sido separadas al nacer.
Al principio, las niñas se sintieron emocionadas y curiosas por conocer más sobre sus ancestros. Querían saber por qué fueron a parar en diferentes familias y porqué sus padres biológicos tomaron esa decisión.
No obstante, agradecían que a pesar de que habían crecido en diferentes hogares, ambas estaban recibiendo una buena educación.
Después que pasaron tiempo investigando, decidieron no indagar más sobre sus padres biológicos porque, aunque llegaron a conocer sus nombres y domicilio, ninguna de las dos se sentía capaz de abandonar sus padres adoptivos para recomenzar sus vidas con gente que les eran "extrañas".
Lo que realmente valoraron fue el amor genuino y el apoyo que habían recibido de sus familias de crianza. Mireya adoraba a sus padres adoptivos, quienes la habían formado con cariño y dedicación, y Emma sentía lo mismo por los suyos, que le enseñaron a ser valiente y a perseguir sus sueños.
Un día que caminaban por un parque, Mireya se volvió hacia Emma y le dijo:
—Me alegra saber que tengo una hermana gemela, que salió del mismo vientre, pero, ¿sabes una cosa? Mi corazón siempre estará con mis padres adoptivos. Ellos me han dado todo el amor y el apoyo que he necesitado.
Emma asintió con la cabeza, y le contestó:
—Lo mismo siento yo. Mis padres adoptivos son mi verdadera familia y no imagino mi vida sin ellos.
Las gemelas se dieron cuenta de que la familia no se define solo por la sangre, sino por el amor y el apoyo que se brindan papás e hijos mutuamente. Se querían, y estaban encantadas con su relación de hermanas, al tiempo que también pensaban que debían respetar y agradecer a sus padres. respectivos por todo lo que habían hecho por ellas.
Ambas aprendieron que la familia es más que una conexión biológica. Es la solidaridad, el apoyo y la dedicación que se brindan mutuamente padres e hijos.
Y aunque el destino las separó al nacer, su condición de gemelas las unió de una manera especial.
La forma en que Mireya y Emma encontraron cariño y apoyo de sus familias es un ejemplo de la importancia que tiene darle el justo valor a los padres adoptivos y agradecer a esas personas que dedican parte de sus vidas y su tiempo a la crianza de los infantes.
Alberto Vásquez.
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