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- Filomena, ven aquí y limpia tu habitación -se escuchó el chillido.

- ¿Quién será esa? -se preguntó en voz alta Filomena la dueña de la pensión.
- Es Pati -dijo Felipe, que estaba sentado en el mesón de la cocina haciendo sus tareas colegiales.

- Desde la mañana que está hablando sola la pobrecita.

Filomena, que en realidad se llamaba Gioconda Mena, pero que en su antigua profesión se lo terminaron cambiando y que ahora usaba con orgullo, visto que, gracias a su sacrificio y a sus poderes de seducción terminó conviviendo con un anciano pretendiente que padecía de cataratas. Un misterioso extranjero, ex capitán de navío mercante, que solo vivía de noche y era conocido en la farándula de poca monta, como Capitán Morgan, porque Pirata Morgan sonaba demasiado feo, y esto, debido a que se rumoreaba que lo buscaba la corona inglesa por daños y perjuicios en contra de varios súbditos del reino, también, que aquí no había llegado por ser aventurero, sino para esconderse. Sin embargo no se pudo esconder de Filomena, a la que conoció una noche en un burdel cuando ella tenía cerca de cincuenta años, ya cansada y demacrada, pero que por suerte, vestía un ajustado vestido amarillo limón, que a los ojos lechosos del capitán relucía como un hermoso tulipán cargado de polen.

Mr. Morgan al poco tiempo dejó de frecuentar los restaurantes y clubes nocturnos y así pasaron semanas y meses y luego años; nadie volvió a saber de él.

El vecindario cambió paulatinamente con el pasar del tiempo. Bodegas y locales comerciales de venta al por mayor pulularon las avenidas mientras la casona se derruía como una foto en sepia.

Un tímido letrero con la leyenda “Se arrienda habitación” apareció un día en la puerta de la casona y al instante una tal María inquirió por el precio y la acomodación. Dos semanas más tarde, un trabajador temporal que se hospedó en la casona, intimó con María y nueve meses después nació la pequeña Patricia.

La casona tiene vida propia, ajena a los sucesos que acontecen en el país; ni siquiera el último golpe de estado logró cambiar su ritmo, aparte de un par de días de toque de queda y el temor que dejó saber que el mecánico de la esquina fue secuestrado por hombres de civil y nunca volvió.

Cientos de personas llegan a la casona para volver a irse, como si fueran olas que lamen la orilla de la playa, no tienen rostro ni historia, pasan fugaces y lo único que queda de ellos es un renglón en el libro de registro de pasajeros.

Pero algunos sí pasaron a formar parte de la familia, como Patricia el día que María decidió no volver más, o doña Marisol y su hijo Felipe que llevan varios años residiendo en el tercer piso, o el viejo don Fabricio que arrienda una habitación en el primer piso, que tiene salida al patio trasero, donde hay una agradable terraza para asolearse y pasillos con camas con rosales de hermosos colores que van hasta el fondo de la propiedad. Las rosas cubren lo que una vez fue el dren del pozo séptico. Creo que por eso se dan tan lindas.

Por su puesto que también vive doña Filomena y por último yo mismo.

Doña Filomena cree que yo soy tonto, pero no es así, yo le sigo la corriente y pretendo serlo. Si hay algo que aprendí de mi padre es que es mejor que te subestimen, así se pasa desapercibido cuando algo sucede; nadie siquiera piensa en ti.

Yo vivo aquí desde que cumplí quince años. Me fui de casa porque me cansé de soportar a mi padre, él golpeaba a todo el que estuviera enfrente cuando se frustraba, y casi siempre estaba frustrado. Era plomero y yo su ayudante. Fue así que doña Filomena dejó que me quedara en una pequeña habitación a cambio de reparaciones. Ahora incluso trabajo en la recepción y haciendo aseo.

Yo sé todo acerca de esta casa, conozco cada rincón, lo que hay detrás de cada puerta y dentro de cada closet, desde la punta del entretecho hasta la base del sótano.

Juego a moverme sin ser visto; soy muy bueno en eso. De noche me desplazo atento de no pisar las tablas que crujen, o me mimetizo entre las sombras que proyectan los muebles y las paredes. Me escondo detrás de las cortinas o debajo de las mesas. Uso todo lo que haya con el propósito de no ser visto. Siempre lo logro.

A veces me confío demasiado y hago algún ruido, o un visitante ve algo moverse desde la esquina de su ojo y se detiene para observar con más atención. Yo me quedo quieto, inerte y en absoluto silencio, hasta que se cansa y vuelve a lo que estaba haciendo, entonces, con cuidado me escabullo.

Los huéspedes más complicados son los que vienen acompañados de sus mascotas. Ellos saben leer el lenguaje físico de sus amiguitos y son más difíciles de despistar, pero hace mucho que yo sé cómo distraerlos: a los gatos los ahuyento con olores cítricos y a los perros les dejo cebos desperdigados para confundirlos. Eso funciona perfecto, aunque hubo un gato que no dejaba de erizarse y hacer ruidos cuando yo estaba cerca. A él lo hice desaparecer. No fue tan complicado, solo lo sujeté panza abajo mientras le retorcía el pescuezo. Su dueña lo llamó toda la mañana siguiente hasta que doña Filomena la convenció de que prosiguiera con su viaje y le prometió que apenas apareciera le avisaría para retornarlo.

Esa noche fue de locos. Fui hasta la última parte del patio trasero para hacer un hoyo y enterrarlo entre los rosales. Cavé apresuradamente hasta que toqué algo sólido. Escarbé el contorno y se perfiló un hacha. Seguí sacando tierra de los lados para rescatarla y otra vez toqué algo duro. Trabajé cerca de una hora y desenterré un cráneo humano con un hueco en el que calzaba cabalmente el filo del hacha. Dejé el gato y me llevé el cráneo y el hacha y los escondí en un rincón inaccesible del sótano.

Las noches siguientes… hice lo mismo, hasta que conseguí reunir todos los huesos, la ropa y los zapatos.

Dispuse sobre el pavimento del sótano el cráneo con el hacha incrustada y los huesos formando el esqueleto entero de un hombre, y a un lado puse la ropa y su calzado. Hurgué los bolsillos de los pantalones, la camisa y la chaqueta, medio podridos. En un bolsillo del costado de la chaqueta encontré una carta cuyo destinatario era apenas visible… y decía… To: Mr. Alfred Morgan.

Texto agregado el 26-08-2025, y leído por 42 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
26-08-2025 Es un cuento muy entretenido en el que hay que estar atento a los personajes. Mr.Mirgan desaparecio y deben haberlo matado. Ahora el esqueleto esta presente. Pobre gato. Encuentro que describes muy bien y me gusta ese personaje tan importante en la casona ,que sabe tan bien la historia. Me gusto mucho Victoria 5* 6236013
26-08-2025 Pobre Mr. Morgan, menos mal que el gato le hizo compañía. Jajaja, saludos. ome
 
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