Había una vez dos hermanos que vivían en una hermosa casa: Tomás, era un niño valiente y protector, y Mateo, su hermanito con Autismo.
Mateo amaba los trenes, los números y los días hermosos y soleados, pero a veces el mundo le parecía demasiado ruidoso y confuso.
En la escuela, algunos niños no entendían por qué Mateo no hablaba mucho, por qué se tapaba los oídos cuando sonaba el timbre o por qué a veces prefería jugar solo. Un día, mientras los hermanos estaban en el recreo, unos compañeros empezaron a burlarse de Mateo, imitando la forma en que se mecía cuando estaba feliz.
—¡Dejen a mi hermano en paz! —gritó Tomás, plantándose frente a ellos con los puños apretados.
—¿Qué te importa? ¡Él ni siquiera entiende! —se rio uno de los niños.
Tomás respiró hondo y, en lugar de pelear, hizo algo mejor: explicó con calma.
—Mateo sí entiende. Solo que a veces el mundo le parece muy fuerte, y por eso le gustan las cosas a su manera. Es único, como todos nosotros. Y si lo conocieran de verdad, verían que es un niño como todo, pero sobre todo el mejor hermano del mundo.
Los niños se quedaron callados, después de haber escuchado a Tomás. Uno de los niños, llamado Pablo, recordó que su prima también era diferente y que eso no la hacía menos especial. Poco a poco, los compañeros empezaron a acercarse a Mateo con más paciencia, invitándolo a jugar cuando él quisiera y respetando sus silencios.
Con el tiempo, la escuela se llenó de superhéroes de la inclusión, porque Tomás les había enseñado que el verdadero poder no está en los puños, sino en el corazón.
Y así, cada día, los dos hermanos caminaban juntos de regreso a casa, Mateo balanceándose feliz y Tomás sonriendo, sabiendo que, juntos, podían hacer del mundo un lugar mejor.
Fin.
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