Don abuelo.
En un pequeño pueblo, una casa se distinguía de las demás, era una casa especial y la más grande del pueblo, contaba con diez habitaciones, demasiadas según muchas personas para que fuera habitada por un solo hombre, pero ese hombre, también era un ser especial.
Luca Olivetti era su nombre, un italiano que al venir sus padres desde su tierra natal Italia, estudió y se educó en este país para luego casarse y que desde hacía cinco años era viudo.
Era el hombre más querido del pueblo, los niños lo adoraban y el jardín de la casa era el único que tenía juegos para niños, hamacas, sube y baja y toboganes, el lugar preferido de Luca cuando los chiquillos del barrio ya sin permiso usaban los juegos en beneficio propio.
Todos solían llamarlo Don abuelo, ya ni se acordaba cuándo comenzaron a llamarlo así, pero a él le gustaba que lo hicieran.
El día que vio la casa, se enamoró de ella, no era rico, pero tenía sus ahorros, él y su amada esposa estuvieron casados muchos años, pero no tuvieron hijos, a pesar de lo cual se quisieron con locura y luego de su fallecimiento, no quiso seguir viviendo en la casa de la ciudad ya que todo le recordaba a su esposa y decidió mudarse.
Los juegos en el jardín se debían a que esa casa mucho tiempo antes había sido un jardín de infantes que al morir sus dueños tuvieron que cerrar y los nuevos propietarios luego de vivir un par de años decidieron mudarse a la capital y dejaron que la inmobiliaria se ocupara de vender la casa dejando los juegos para que los niños del barrio jugaran y a Luca no le importó y la compró a pesar de su tamaño.
La casa le recordaba su antigua casa en Italia, junto al río, casi tan grande como esta y donde fue feliz mientras era niño.
Hacía cinco años que vivía en esa casa, los viernes una señora del pueblo venía a hacerle una limpieza general que le llevaba casi todo el día porque diez habitaciones, aunque no se usaran, se llenaban de polvo y eso a Luca no le agradaba.
Los sábados otra señora venía a cocinar, le preparaba la comida de toda la semana y luego la freezaba y así la comida se mantenía y sólo debía calentarla en el horno o el microondas, porque Don abuelo no dejaba nada al azar y todo artefacto nuevo que le sirviera para mejorar sus condiciones de vida, era bienvenido a su casa.
Luca hubiera querido tener sus propios nietos, pero el destino no se lo permitió así que dejaba que los niños lo llamaran Don abuelo, estaba tan acostumbrado a ello que, si alguno le decía Don Luca, se enfadaba.
Luca no era viejo, al contrario, a sus sesenta y cinco años representaba tener mucho menos, aunque su cabello era cano por completo.
Una tarde alguien golpea la puerta de su casa y cuando abre la puerta, una mujer sonriendo le pide para hablar con él a lo que de inmediato la hace pasar a la casa.
Verónica era el nombre de la mujer y luego de las presentaciones Luca le pidió que tomara asiento y le dijera el motivo por el cual lo buscaba.
Verónica le dijo que había conocido a Helena, su esposa y que por casualidad lo había visto en el pueblo y quiso pasar a saludarlo si es que él la recordaba.
Luego de algunos segundos y de haber mirado más detenidamente a la mujer, Luca le dijo que si, que la recordaba ya que él era asiduo concurrente junto a su esposa al supermercado del cual ella y su esposo eran dueños. Lamento no haberla reconocido antes, pero mis anteojos ya me están fallando y creo que es hora de que los cambie.
Es cierto, dijo Verónica, lamentamos mucho la muerte de Helena y también que usted se fuera de la ciudad, pero comprendo sus razones, a mí me pasó lo mismo, desde que falleció Guido vendí el negocio y ya lo ve, ahora vivo bastante cerca de su casa por eso me atreví a venir a verlo.
Luca lamentó el fallecimiento de Guido siempre lo había considerado un amigo lo mismo que a ella.
Los años pasan, dijo Verónica y mis hijos ya no están en el país, mi hija se casó y me dio dos nietos que ahora viven en Francia y mi hijo es médico y se fue a trabajar a Africa, no me quejo, tienen lo que quieren y son muy trabajadores así que de vez en cuando viajo a Francia o a Africa y veo a mi familia.
Pero qué bueno señora Verónica dijo Luca, ahora tendré con quién hablar de los viejos tiempos y contarnos historias que no son más que eso, historias, pero que de seguro alegrarán nuestras vidas y luego de un rato bastante prolongado, los antiguos amigos se despiden, Verónica lo invitó a visitarla y Luca anotando la dirección le dijo que en cuanto las rosas del jardín abrieran un poco más y antes de que los chicos que iban a jugar allí las cortaran, él iría a visitarla. Y así sucedía la vida de Don abuelo que, aunque no se sentía solo, el conversar con alguien conocido lo hacía sentirse muy bien.
Y como sabemos, los niños, son niños y al ver a Luca tan alegre y siempre tan bien arreglado le preguntaron si a la nueva vecina la tendrían que llamar Doña abuela, algo que hizo ruborizar a Luca pero que con una sonrisa los dejó jugando para luego de cortar algunas rosas blancas, dirigirse a la casa de Verónica como lo iba haciendo desde hacía varios meses.
Y antes de que se dieran cuenta, el amor volvió a florecer entre dos seres que se complementaban en todo y unos meses después el pueblo bailaba y se divertía en el casamiento de Don abuelo y la flamante Doña abuela y hoy si usted pasa por un pueblito que crece día a día va a ver un gran letrero que dice lo siguiente… Casa de la tercera edad Don abuelo y Doña abuela.
Los juegos nunca se retiraron y los niños del vecindario siguen yendo no solo jugar, allí viven en aquella enorme casa hermosamente pintada, algunos de sus abuelos que gracias a los niños que van a jugar y algunos de ellos son sus nietos, siguen estando como en familia. Esa era la vida de Luca un italiano que, a pesar de no tener hijos, era abuelo de cada niño del pueblo. Y colorín colorado….
Omenia 15/8/2025
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