La picazón del séptimo año.
Amanda y Diego cumplirían siete años de casados en unos meses, pero a pesar de quererse mucho, el matrimonio no llenaba sus vidas como lo habían pensado, los dos por igual se sentían solos, no tenían hijos, por decisión propia y aunque eran jóvenes aún, las respectivas carreras les impedía, según ellos, tenerlos.
Abogados que trabajaban cada uno por su lado, se veían poco, en realidad, sí se veían, pero el trabajo iba con cada uno a la cama y poco a poco se fueron distanciando hasta parecer dos extraños.
Amanda trató de que no se rompieran los lazos que los había unido, lo mismo hacía Diego, pero nada era igual, poco a poco todo se fue desgastando y la soledad entró en sus corazones y en sus vidas.
Cada noche cada uno con su celular trabajaba, eso sí, hasta las doce de la noche, después debían descansar, las jornadas laborales eran largas.
Si alguien los estuviera filmando, sería gracioso ver como a la misma hora sus celulares se apagaban y cada uno para un lado de la cama, se dormían.
Amanda y Diego tenían una noche para salir, pero ella lo hacía con las amigas y él con los muchachos del club donde jugaban póker los viernes.
Cierto día Amanda conversaba con sus amigas, algunas casadas y otras solteras a punto de hacerlo, las que querían saber sobre el matrimonio de las casadas, cada una dio una opinión distinta, pero no fueron de mucha ayuda, las experiencias eran muy diferentes, las solteras debían casarse y ver qué les deparaba el matrimonio ya que eso era cosa de dos y no de terceros.
Entonces, Amanda conversó aparte con una de sus amigas sobre aquello de la picazón del séptimo año haciendo reír a su amiga, pero le aconsejó que, si bien era cierto que, al cumplir el séptimo año de casados, las parejas ya no eran las mismas que cuando se casaron, había mucho por hacer para que aquello no sucediera y le dijo que sabía cómo se sentía, ella lo había sufrido, pero que ahora todo marchaba sobre ruedas.
Amanda no entendía nada de lo que su amiga le decía, hasta que le mostró un celular con una fotografía.
¿Quién es ese hombre? Le preguntó, a lo que la amiga le contestó que era un amigo con el que mantenía conversaciones escritas, jamás se habían visto, pero eso no importaba, nada de aquello era real, una vez a la semana mantenía una conversación con él y luego seguía su vida como si tal cosa.
Amanda volvió a preguntar. ¿Ël también tiene una fotografía tuya? A lo que la amiga le contestó que sí, pero que no se asustara no era tan boba como para enviarle una foto de ella, una amiga que se había ido del país ocupaba el lugar de su fotografía y así no pasaba nada, al fin y al cabo, no era más que eso, una distracción que la hacía sentirse viva mientras su marido envejecía en la rutina. Además, no utilizaba su celular de siempre, tenía uno igual, pero que no tenía su foto y nadie más tenía ese número.
Amanda al volver a su casa pensó que su amiga tenía razón, Diego ya no era el mismo, quizá debido a lo mismo que atacaba al esposo de su amiga, la rutina los había cansado y entró en las redes sociales, algo que siempre hacía, pero que jamás llegó a mandar una fotografía y menos aún con su nombre y se decidió, quería ver qué sucedía y puso una de una antigua amiga que tampoco vivía en el país.
Dos noches después, mientras su marido con su celular encendido, trabajaba en otro caso judicial que según él le estaba dando mucho trabajo, alguien quiso contactarse con ella, era un hombre muy elegante, según la fotografía que quería mantener una correspondencia con ella ya que la encontraba muy atractiva.
Amanda le siguió el juego y casi sin creerlo, comenzó una historia imaginaria que cada vez se fue haciendo más íntima y eso le hacía sonreír y cuando esto pasaba, su marido al verla sonreía también, al preguntarle si ella también estaba por ganar algún caso, como él, los dos eran abogados y como dije antes terminaban resolviendo algunos casos con sus celulares.
Al principio ella se sentía culpable, la vida con Diego continuaba y seguían siendo marido y mujer, aunque ya no con la pasión de antaño.
Hasta que luego de algunos meses, sin verse más que por falsas fotografías, el hombre le propuso encontrase, al principio ella no lo aceptó, pero las convincentes palabras de él y la emoción de algo nuevo le hicieron aceptar.
El viernes era la noche ideal, él también era casado y le pasaba lo mismo que a ella, la rutina se había apoderado de sus vidas y a pesar de querer a su mujer, ya nada era igual, el hablar de sus matrimonios casi era una rutina para los dos.
El viernes siguiente Diego le dice a Amanda que quizá vaya al club ya que el viernes anterior, por trabajo no había podido ir y que no lo esperara, sabía que ella se reuniría con sus amigas a lo que Amanda le contestó que sí, ella también saldría.
Amanda se vistió muy elegante y se despidió de Diego para encontrase con alguien completamente desconocido pero que quizá se lo mandara el destino para cambiar su vida.
El restaurante bailable estaba lleno, Amanda entró y miró a todos lados sin ver al hombre y pensó que se había arrepentido y que no vendría y quiso retirarse, pero una voz conocida la detuvo, Diego la tomaba de los hombros y la invitaba a bailar.
Amanda sintió desmayarse al ver a su marido junto a ella, pero él la beso en los labios y le dijo que él también entra en las redes sociales y que al ver aquella fotografía que le era conocida, se dio cuenta de lo que estaba pasando y le siguió el juego, aunque todo lo que le había dicho durante el tiempo que se escribieron fuera cierto, él también había caído en la rutina, pero sabía que, aunque equivocada, ella lo quería, lo había descubierto en las conversaciones escritas que mantenían y por eso quiso poner fin a aquella farsa y comenzar a vivir otra vez lo que los había unido y mantenerlo vivo por siempre.
Al día siguiente luego de una noche plena de amor, Amanda y Diego decidieron dejar los celulares apagados al irse a la cama, lo real de la vida daba más satisfacción que lo imaginado.
Omenia 11/8/2025
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