Anaximandro en modo isla griega
Yo estaba muy tranquilo viviendo en un lugar espacioso, con compañeros parecidos a mí o muy diferentes. Éramos muchos..
Un día me levantaron en una especie de cucharón y me pusieron en una bolsa de nailon con agua. No me gustó nada eso. Apenas podía moverme. Hubo movimientos extraños, como una caminata en mano de alguien.
Finalmente entraron a un departamento, abrieron esa odiosa bolsa y me tiraron con agua y todo en una casita de vidrio , como la otra, pero más pequeña. Había dos habitantes más, algo parecidos a mí.
Los tres nos movíamos, pero cada uno en lo suyo. Desde afuera me observaban un hombre alto, un niño de unos diez años , una niña de siete, y bastante más atrás, una mujer me clavaba la vista desde lejos, como con bronca.
La casita de vidrio estaba sobre un mueble, al que llamaban modular. Los chicos se encargaban de darnos de comer.
Después de unos días, la mujer, algo mandona, dijo: ¿Piensan darle de comer a sus peces o los van a matar de hambre? ¿Qué habían prometido? Entonces el hombre de la casa nos tiraba comida. Dos veces cambió el agua y lavó los vidrios. Me acuerdo muy bien. Fueron dos veces nomás.
A uno de mis compañeros lo sacaron del fondo de piedritas con una cuchara y nunca más supimos de él.
Los chicos ya ni me miraban, como si se hubieran olvidado de nosotros. Ni de comer nos daban.
Al poco tiempo se llevaron a mi otro compañero que flotaba en la superficie sin moverse.
Me quedé solo.
La gritona mandona se quejaba porque parecía que nadie cumplía con lo prometido. Nos daba comida pero como nadie cambiaba el agua ni lavaba los vidrios, se hacía difícil mirar para afuera. Con el correr de los días los vidrios se convirtieron en paredes opacas. No veía nada ni me veían a mí. La gritona estaba bastante enojada. Despotricaba contra los niños y el hombre, que miraba tv y no le prestaba atención. Levantó mi casa, me llevó a la cocina y limpió los vidrios.Luego me cambió de lugar.
Quedé en la cocina, sobre algo que ellos llamaban heladera. Se acercaban seguido. La abrían y sacaban o guardaban cosas en ella, pero a mí nadie me daba bola. Salvo ella, la mandamás de los niños. Con el hombre apenas si hablaba.
Así comenzó nuestra amistad. Una tarde me contó que vio una película sobre un matrimonio de muchos años. Ya no se hablaban entre sí, como si no tuvieran nada que decirse. Por ese motivo la protagonista de la película empezó a hablar con una pared de la casa. La eligió personalmente y sólo hablaba con ella. Como no recibía respuesta y el marido seguía leyendo el diario decidió llenar un bolso con algo de ropa y se fue a una isla griega. Al principio fue como turista y después trabajaba de mesera. Hablaba ¡y le contestaban!
Esa película inspiró a la mujer de mi casa. Como no podía huir a ninguna isla decidió conversar conmigo y en honor a los griegos de las islas me llamó Anaximandro, filósofo de la antigüedad. Había cursado Introducción a la Filosofía en la facultad, hacía mucho, dijo,y esa materia la apasionó.
Salía mucho con sus hijos. Los llevaba y traía de la escuela, a fútbol, a voley, natación, iniciación musical, expresión corporal, danza, museos, jardín zoológico, botánico, cines y teatros. Los tenía bien ocupados a los niños para despegarlos de la tv. Ella decía que volvía cansada de caminar tanto y de viajar en colectivos con ambos. Además, dijo, ella misma les había enseñado a leer y escribir a los 5 años y aprendieron rápido porque estaban bien estimulados. También les enseñaba a hacer cálculos mentales sencillos de matemáticas para desarrollar sus capacidades. En la escuela les iba muy bien, agregó.
Además escuché que corrían seguido al pediatra porque el niño padecía espasmos bronquiales. Yo vi que a veces respiraba con dificultad. Hacía vestir y calzar a los niños y le avisaba a la abuela que se iban al pediatra sin turno, que podrían tardar horas. A veces venía la abuela y los acompañaba.
Me hablaba bastante cuando no había nadie en la casa. Yo sólo podía escucharla.
Llegué a la conclusión de que se sentía sola, que ese hombre que vivía con ellos no conversaba mucho. Tomaba mate y leía el diario o miraba la tv, cuando estaba presente.
Pero parecía estar ausente, aún sentado cerca mío. Ni él ni los niños me hablaban. Más bien me ignoraban. Sólo ella se acordaba de alimentarme.
Una vez me contó cómo es que yo fui elegido para vivir con ellos.
Los niños querían un perro, como tenían todos sus amigos de la escuela. Ella decía que de ninguna manera se podía tener un perro en un departamento tan chico, (es verdad que era chico, hasta yo lo noté), no cabía ni un alfiler más. Además a ella no le gustaban los perros. Ya tenía bastante trabajo con dos niños y un marido que no levantaba ni una cucharita de la mesa. Eso escuché, un día ella se lo reprochó al hombre.
Pero un buen día a los chicos se les escapó algo que debían mantener en secreto: el padre encargó una perrita que estaba por nacer de alguien conocido. No la consultó, era su modus operandi. No informaba hasta que los hechos sucedían y no podía haber vuelta atrás.
La gritona mandona se puso como loca. ¡Sos un irresponsable!, ¿Dónde entra acá un perro? ¿Cómo prometes sin consultarme? La que limpia acá soy yo. Vas a ocuparte del perro los primeros días y después seré yo la que haga todo. blablabla
Los niños juraban que ellos se encargarían de limpiar. Como para creerles. La mujer les dijo: si viene esa perra yo me voy. Elijan: ella o yo. Los dos sin titubear y al mismo tiempo dijeron: la perrita.
Se armó un tole tole. Ella nunca cedería y tuvieron que negociar. Así es como llegué yo acá. Hasta ahí su relato.
Y se cumplió su profecía: sólo ella se ocupaba de mí. El entusiasmo por una mascota les duró poco.
Un día empecé a sentirme raro. No podía nadar como siempre. Nadaba recostado , paralelo al fondo lleno de piedritas de mi casa. Por más que lo intentara no podía enderezarme y volver a la posición vertical.
A veces se enojaba mucho con los niños porque apenas entraban revoleaban el calzado y quedaba en el medio del comedor, justo en la puerta de la cocina y varias veces estuvo a punto de caerse por tanta zapatilla tirada. Además le molestaba el desorden que provocaban con esa fea costumbre. A ellos los retaba con mucha seriedad, hasta que vio al hombre hacer lo mismo. Ahí sí que estalló con furia. Su lengua era muy filosa en esos casos. A mí me daba miedo.
Y del presente decía que con el hombre casi ni se hablaban, no tenía sentido intentarlo porque él parecía atento pero en realidad no la escuchaba. Como que no la registraba. No entendí qué significaba eso. Creí que se refería a que no le prestaba atención a nadie. Escuché que siempre fue así, pero con el paso de los años la fastidiaba cada vez más. Cuando ella le decía: Mandálos a dormir porque a mí no me dan bola, seguía hipnotizado por esa pantalla y apenas decía: Chicos, vayan a dormir. No le importaba si cumplían con esa orden tan débil, dicha por compromiso y no para imponer su autoridad de padre.
Ella siempre tenía que ser la mala, la que decía: No tenemos plata para eso. Los niños se dirigían raudos al padre y éste decía: Bueno, ya veremos, lo voy a pensar. No cumplía, pero los chicos se quedaban felices, hasta que se olvidaban y se les ocurría otra cosa.
Lamentablemente, mi enfermedad avanzaba sin prisa pero sin pausa y ya casi no podía escuchar a la señora que me tenía en cuenta en mi dignidad de mascota de la casa, la única que me hablaba, me alimentaba y hasta creo que me quería un poco. Hasta que vi todo negro.
Nota de la escritora
1) Todo lo escrito es verdad y sucedió tal como está relatado.
2) Un pez que habla o escribe es una licencia poética.
3) La película en cuestión se llama Shirley Valentine filmada en Mykonos y estrenada en 1989.
4) Anaximandro se murió. Fue retirado con un cucharón y se le dio digna sepultura, pero sólo por la escritora. Adrede no les avisó ni a les niñes ni al esposo. Lavó la pecera y la dejó vacía en el balcón. Quedó esperando que alguien al menos preguntara por su mascota, cosa que sucedió recién dos semanas más tarde. La hija le preguntó una noche si el pez se había muerto. Pero con poco entusiasmo. Ni pena tuvieron por su amigo Anaximandro. |