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Durante años, el suelo que pisaba era gris. Los años lo habían moldeado: le dieron manos seguras, ojos apacibles y una voz de mando, herramientas para controlar al niño que una vez fue. Un día, tomó un pedazo de papel y un lápiz. Buscó a una mujer.
—Quiero escribir una historia —dijo, con la determinación de quién ha vivido y aprendido de cada cicatriz.
La mujer, de no más de treinta años, lo observaba. A pesar de su juventud, su mirada traía consigo un pasado de luchas. Frente a ella, el señor, mayor de setenta, era pequeño en estatura, pero sus ojos brillaban con una luz que invitaba a la confianza, y su sonrisa, a abrir puertas.
—¿De qué deseas escribir? ¿De mí? ¿De mis ojos, mi marido, mis hijos? ¿De mi trabajo? —preguntó ella, con voz entre curiosa y desafiante.
El hombre, mirando sus ojos marrones, percibió una lucha interna, un conflicto entre el placer y la añoranza. Detrás de esos ojos, encontró heridas profundas: la marca de un pariente violento que la golpeaba, no por un mandato familiar, sino por su inquebrantable deseo de vivir a su manera, tras las cortinas del fulgor y la insensatez humana. Con la pluma en mano, comenzó a escribir: “Mujer de treinta años, ojos marrones, piel morena, cuerpo exuberante, manos gastadas, sin sueño más grande que olvidarte a ti misma... Quisiste robar el dinero de aquella caja, con la ayuda de una compañera, porque la necesidad era la soga que ajustaba tu cuello moreno y grueso.” Entonces, la tensión se transformó en un diálogo inesperado.
—¿Te puedo pedir un favor? —preguntó él.
—¿Qué deseas? —respondió ella.
—¿Puedo abrazarte? —inquirió con voz suave. La mujer soltó una risa áspera, casi animal. Se paró, lo miró a la cara, y volvió a reír con más intensidad.
—¡Estás loco! —replicó.
La gente que trabajaba allí empezó a mirarlo como a un perro sucio, y él sintió el peso de sus miradas. Bajó la cabeza y escribió algo en el papel: “Marrón sobre olor a carne... pantalón azul en cuerpo grueso... ojos que no ven, solo huelen...” Con esos trazos, se levantó y caminó despacio hasta llegar a una antigua catedral. Al entrar, observó estatuas de santos y, al fondo, una cruz de Jesús clavado. Las sillas marrones y el eco de pasos en ese lugar, apenas iluminado, evocaban la atmósfera de un velorio ancestral, como si los muertos se hubieran refugiado en cada pared. Se sentó en una de las sillas, cerró los ojos y dejó que sus pensamientos fluyeran, vibrando al compás del latido de sus venas. Entre imágenes de situaciones que jamás pudo realizar, emergió un silencio profundo. De repente, sintió una mano en su hombro. Al girar, se encontró con una estatua que le sonreía, como si fuera su propia imagen.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la estatua.
—No lo sé, pero deseo escribir una historia —respondió él.
—¿Me la puedes contar? —inquirió la imagen. La estatua miró hacia la cruz y dijo con voz serena:
—No hay historia, solo presente. Debes vivir el presente, o quedarás como nosotros, como aquellos que buscan respuestas inexistentes en un mundo que solo late en el ser humano vivo.
—Vivo, tal como tú —contestó él, con gratitud.
—Gracias —murmuró.
—De nada —respondió la estatua.
Antes de salir, él se detuvo un instante para mirar a la cruz, donde encontró al Señor Jesús, con ojos abiertos y una sonrisa que parecía una puerta, un espejo inmortal, esperando que alguien despertara de este sueño de un mundo temeroso de sus propios actos, sin saber que, pase lo que pase, siempre serán amados. Con la mirada fija en la salida, notó cómo la luz del sol lo esperaba. Con una voz casi reverente, dijo:
—Buenas tardes, Sol. Y el Sol, sin responder con palabras, solo brillaba, repartiendo calor y luz a quien se atreviera a mirarlo...

Texto agregado el 01-04-2025, y leído por 36 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
01-04-2025 Me gustó esta imagen: "Buenas tardes, Sol. Y el Sol, sin responder con palabras, solo brillaba, repartiendo calor y luz a quien se atreviera a mirarlo..." Se sintió acompañado. Binito
 
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