Creer o no..
¿Usted cree en fantasmas?
Esa es una pregunta que no todos contestan con la verdad, supongo que es porque es muy difícil de poder contestar sin miedo a equivocarse.
Si me hubieran hecho esa pregunta hace algún tiempo, no estoy seguro de cuál sería mi contestación, lo más probable es que hubiera contestado diciendo que nunca había visto uno y daría por terminada mi respuesta.
Debo contarles desde el principio todo lo sucedido para que comprendan y juzguen por sí mismos.
Cuando me recibí de arquitecto, lo primero que hice luego de haber conseguido empleo con una prestigiosa firma de arquitectos, casi todos mayores que yo, fue juntar dinero, imprescindible para poder realizar mis sueños y hacer una casa tal cual la soñé, la tenía grabada en mi mente desde que comencé a estudiar. Luego de un par de años y debido a que la firma tenía muchos proyectos a realizar y el mayor de los arquitectos me había tomado como el hijo que no tuvo, pude al fin conseguir un predio donde yo quería, frente a la rambla de Pocitos, en Montevideo y con mi propio proyecto comenzar a construirla, siempre con la supervisión de mi jefe, hombre bastante mayor, como ya dije.
La casa se construyó muy rápido y debo decir que colmó todas mis expectativas, una gran casa con un jardín increíblemente hermoso que tenía su frente a la playa, esto significaba poder en mis tiempos libres, simplemente cruzar y bañarme y de paso poder ver mi casa desde el agua.
La casa tenía dos plantas y una cochera, mi jefe me había recomendado hacer una buhardilla que, aunque no entrara en mis planos, los retoqué y pude hacerla y la verdad es que quedó hermoso.
El señor Olave, que así se llamaba mi jefe, solía acompañarme a inspeccionar la obra, decía que hecha por nosotros debía quedar impecable así aumentaría nuestra clientela y tuvo razón, varios fueron los que, al ver la casa pronta, nos visitaban al estudio para construir sus casas y eso nos trajo más trabajo aún.
Cuando todo estaba terminado, compré lo necesario para amueblarla y para eso contraté a una diseñadora de interiores, una joven que estaba muy de moda entre la alta sociedad, sus gustos en decoración no tenían comparación.
Yo no era rico ni mucho menos, pero mi jefe me dijo un día que contara con su ayuda, que era solo y que no tenía en quién gastar el dinero que había amasado durante años y que, de verdad era abundante. Por aquella época aún era muy joven y por supuesto, acepté.
Luego de unos meses, cuando todo estaba pronto, el señor Olave me dijo que sólo una cosa quería pedirme a lo que le contesté que lo que me pidiera sería una orden, me había ayudado tanto que no sabría cómo pagarle.
-No, no, no quiero que me pagues nada, lo que te di fue por mi propio placer de ayudarte, pero quisiera que… ¿recuerdas la buhardilla que te dije que construyeras?, bueno lo que voy a pedirte es algo que quizá por el momento no lo entiendas, me agradaría que cuando muera me dejaras estar en ella y por favor no me creas loco.
No pude menos que reírme, pero para mis adentros ya que lo vi tan serio que no pude hacerlo frente a él y le contesté que con gusto se lo permitiría y ahí quedó concluida la charla con mi promesa dada.
Un año más tarde, mi jefe enfermó y murió, no sin antes recordarme la promesa diciéndome que no me molestaría para nada y yo una vez más se lo prometí diciéndole que aún le quedaba cuerda para rato, pero con una sonrisa en los labios y frente a mi falleció.
Debo decir que me entristeció por demás su muerte, fue la única persona que me ayudó siempre en todo y que nunca me pidió nada a cambio… por lo menos nada material.
Después del funeral volví a mi casa, pero no podía estar tranquilo, debo confesarles que desde ese día no podía subir a la buhardilla, un temor inimaginable recorría todo mi cuerpo sin saber el motivo, aunque sí que lo sabía, mi jefe me había mirado tan fijamente antes de morir que llegué a creer que verdaderamente su fantasma estaría allí, contemplando el río desde lo alto de mi casa y no soy muy valiente que digamos, pero nada pasó, después de un tiempo me casé y mi mujer vino a vivir a mi casa.
Al año nació mi hija una hermosa bebita muy despierta para su edad que, al crecer quiso subir a la buhardilla y ya sin temor alguno la llevé.
Luego de esto la niña subía sola, había llevado sus juguetes, unas tacitas para hacerles el té a sus muñecas y a su amigo, esto me dijo.
Al principio creí que su imaginación era tan grande que había inventado un amigo imaginario para no sentirse sola.
Y así fue que un día subí con ella, me había invitado a tomar el té porque su amigo le había dicho que hacía tiempo que no me veía y que habíamos sido muy buenos amigos…
De más está decir que cuando subí no vi más que a las muñecas y cuando le pregunté por su amigo me contestó que por ahora sólo ella podía verlo, pero que sabía que, con el tiempo, yo también lo vería.
Confieso que me asusté un poco de la imaginación de mi hija, pero le seguí la corriente y cuando estaba en casa, solía subir a jugar con ella. De esto hace muchos años, mi hija ya está casada y con hijos y mi esposa dejó este mundo antes que yo.
Pero en contestación a la pregunta inicial, ya tengo la respuesta, ustedes juzgarán, pero debo decirles que, aunque ya no subo a jugar con mi hija a la buhardilla, junto a mi jefe solemos sentarnos allí a observar el río y a conversar en silencio, no tenemos necesidad de hablar que por otra parte llamaría la atención de mi hija y su esposo, aunque no de mis nietos con los cuales juego todas las tardes, la inocencia aún se los permite.
Omenia 28/3/2025
|