Capítulo 3: “Cadenas”.
Benedikt no había pegado ojo durante toda la noche, cuando el sol finalmente quebró el alba, derramando destellos dorados por el oriente, ahí en la dirección donde yacía Constanza. Constanza nunca había sido un hogar para él; se había dicho a sí mismo una y otra vez que sería un arreglo temporal, antes de volver al mundo y a la vida. Ahora, con la quietud del Monasterio, su silencio gutural y el eco fantasmal de sus muros, era capaz de dar cualquier cosa con tal de regresar.
Sir Ludwig tampoco había dormido en toda la noche. Juntos habían visto la luna subir y bajar en el firmamento de la ventana de la sala de los copistas sin mediar palabra. El Caballero estaba agradecido, se lo había hecho saber en repetidas ocasiones: primero cuando les había alertado de que les estaban siguiendo, luego cuando habían llegado a la seguridad del Monasterio y, finalmente, después de que el Abad aceptara dejarles pasar ahí la noche. Sin embargo, había algo en la manera en que le miraba, que hacía que se le erizara la piel en la nuca. Se había repetido como un mantra que era sólo su imaginación: el hombre no sabía en qué pasos había andado; estaba probablemente molesto por el giro inesperado de los eventos, y tampoco le culparía si estuviese disgustado por tener que dormir entre monjes, campanadas y rezos. Incluso él, quién había pertenecido a esa vida por un largo tiempo, prefería el cielo raso.
O tal vez no. En realidad, prefería sin dudarlo esas altas estanterías, repletas de más rollos y libros de los que podría leer en toda su vida, conteniendo incontables historias, incontable conocimiento, incontables voces provenientes de incontables lugares. Y sí se sentía en casa caminando entre ese laberinto de escritorios, tapizados de pergaminos a medio trabajar, con caligrafías exquisitamente trabajadas, ideas refinadas para discutir a discreción, óleos lujosos de todas las tonalidades para grabar en el papel. Y los cantos gregorianos, las campanadas, los debates de la doctrina, tal vez, sí eran dónde efectivamente pertenecía. Tal vez el problema eran estas cuatro paredes en concreto, este Monasterio en particular, donde Sir Ludwig pudiera mirarle con algo que no podía ser otra cosa que desconfianza y donde el silencio le enervaba. Tal vez el problema no era ni siquiera ese Monasterio en medio de la nada, tan apartado de la civilización y con murallas tan altas que podría ser un mausoleo: el problema era él mismo, que quería correr hasta que se le cayeran las piernas y ya no aguantaba quedarse quieto junto a la ventana, mirando hacia el horizonte como si estuviera rezando.
Dios lo sabía, él lo sabía, probablemente Sir Ludwig lo sabía también: había dejado de rezar hace horas. Primero habían sido los Padre Nuestros, los Ave Marías y el Credo; y luego había pasado a suplicar en sus adentros para que Jesucristo, los Santos o quién fuera le sacaran de esta -y que a Friedrich también le sacaran de ésta. Ahora no rezaba ni suplicaba, pero su mente no se lograba callar. Y respiraba profundo una vez más, juntaba las manos, enderezaba la espalda y se mantenía ahí como una estatua. Tal vez Sir Ludwig, estaba igualmente imperturbable ahí en su esquina como si montase guardia, no porque sospechase de él, sino que porque sería la única manera de mantener la compostura. Tal vez él también estaba de los nervios. La idea, debía admitir, le daba un poco de risa.
Las campanadas habían repicado hace un rato para despertar a los monjes. Se movían como fantasmas silenciosos por los pasillos, el único ruido que escapaba de sus labios eran sus rezos. Ni siquiera el joven Karl, quien podría dormir en medio de un carnaval, había podido ignorar el ruido. Antes de que las campanadas volvieran a repicar, se apersonó en la sala de los copistas.
- ¿No habéis salido en toda la noche? – preguntó nada más entrar, frunciendo el entrecejo.
- Menos pregunta Dios – le espetó Sir Ludwig, mirándolo de medio lado -. Y a estas alturas esperaría que supieras ya que es irrespetuoso cuestionar a tus mayores.
El muchacho suspiró exasperado, algo que no pasó desapercibido al caballero -pero sobre lo que de todas maneras no comentó nada-, y se disculpó.
- Dice el Abad que os debéis preparar para Misa – dijo, cuando las formalidades estuvieron nuevamente fuera del camino -. Y que espera que el Padre Ben la haga.
- Hubieras partido por ahí – le regañó nuevamente Sir Ludwig. Si el muchacho realmente le escuchó, nunca lo sabrían.
- Estaré ahí enseguida – dijo Benedikt, logrando sonar como si nada le preocupase en el mundo, como si hubiese dormido toda la noche y los pájaros cantasen y el sol brillara, como si su vida no se estuviera cayendo a pedazos. Tal vez no se estaba cayendo a pedazos en realidad; pero no podía evitar, en medio de todo el caos, sentir que así era.
Había una razón por la que los monjes rezaban al levantarse -a una hora que le parecía muchas cosas, menos santa- y por la que oían Misa antes de siquiera desayunar: buscaban comenzar el día ante los ojos de Dios, encomendarse a su voluntad antes de siquiera tener la chance de apartarse de su camino. El caso de Benedikt era, de todos modos, uno sin remedio y uno en el que era demasiado tarde para semejante medida, sus pecados eran pecados viejos que no había expiado y una Misa de primera hora no los arreglaría, tampoco le haría sentir mejor.
Una Misa no era el sitio para encontrar a Dios. Era nuevo al sacerdocio, pero ya había aprendido eso. No encontraría a Dios cantando himnos y leyendo las Escrituras a un grupo de hombres que darían con el punto álgido de sus vidas en sepa quién cuánto tiempo a través de esas palabras y su presencia. Eso era un despropósito. Toda esa pantomima era un despropósito. Un altar, pilastras, imágenes, una Cruz; nada de eso tenía sentido, no cuando había hecho lo que había hecho. Había traicionado las órdenes del Obispo. Había traicionado órdenes que no tenía el derecho de traicionar. Dios había mirado a ese hombre a los ojos, ¿quién era él para cuestionar su voluntad? ¿Su genio? ¿Su sabiduría? ¿Los planes divinos y terrenos en los que había interferido con su cobardía? Porque, al escupir en la cara del Obispo, había escupido en la cara de Dios. Y, sin embargo, ¿qué hubiese pasado si no hubiese interferido? ¿Qué hubiese pasado si todo eso hubiese sido un error -uno demasiado macabro como para tener solución? ¿Qué era peor: responder ante el Señor por ser un cobarde y un traidor, o por ser un asesino?
El camino de la Iglesia estaba manchado en sangre; acarreaba tanta que ya tenía oleaje, que en vez de chocar contra rocas, se machacaba contra calaveras. Sólo un ingenuo pensaría que ninguna gota de ese océano espeso y maloliente era inocente. Él no era ingenuo. Sabía que no era justo, pero era lo que hacía falta: caer era el trabajo de esas almas para que la Iglesia creciera; un cometido sagrado, el cometido de Dios, el único cometido bueno. Esas almas eran los cimientos de ese cometido; un propósito que nunca habían pedido, pero que era honorable.
“No matarás”, rezaban los Mandamientos. No sería el primer hombre en caminar por sobre las Tablas de la Ley y, aunque no era correcto y tendría que rendir cuentas tarde o temprano, lo habría hecho por el bien superior. Un bien superior que ahora estaba demasiado lejos y sólo él podía encontrarse al otro extremo de los dedos que apuntasen por un culpable. “A veces la ayuda es sólo perjurio enmascarado”, había escuchado en un Sermón hace mucho tiempo. Tal vez eso aplicaba para él mismo, a su necesidad de hacer lo correcto, que sólo había sido soberbia enmascarada.
Y, sin embargo, ¿quién le había dado el derecho? ¿Por qué estaba mal que Friedrich se ganase la vida a punta de cuchillo, pero era perfectamente aceptable que él apuñalara sin necesidad? ¿Era realmente ese un mandato divino? ¿Eran los mandatos del Obispo realmente divinos? ¿Había mirado Dios al Obispo realmente a los ojos? ¿Podía Dios hacer tal cosa por un asesino? ¿Qué clase de Dios era…? Ni siquiera se atrevía a terminar de pensar esa idea, prefería dejarla evaporarse de su mente, preguntarse a sí mismo más tarde qué había rellenado con anterioridad ese vacío incómodo en su memoria y sus ideas. “Perdona, Dios, mi blasfemia, mi rebeldía, mi herejía”, pensó y se estrujó las manos para que rellenaran ese vacío que no se acababa de crear entre sus sienes.
Una Misa no era el sitio para encontrar a Dios, porque en los últimos cuatro días había arreado a dos hombres a su muerte, aventado planes divinos a las llamas, y puesto en riesgo a la persona que amaba. Una Misa no era el sitio para encontrar a Dios, porque ese día había amanecido al alero de las sombras, donde Sus ojos no podrían encontrarlo. Y los himnos, intrincados como una manera de matar el tiempo para hombres de existencia superflua, y los versículos compuestos en un mundo inerte en el tejido de épocas y credos, no eran sino vacíos. Una Misa no era el sitio para encontrar a Dios, pero no podía darse el lujo de insultarle con su ausencia.
- ¡Apolo! – Karl exclamó de repente, mientras miraba por la ventana con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Parecía un niño en un día de feria. Benedikt suspiró: Dios tenía otros planes para él esa mañana, unos que aparentemente no incluirían una Misa, cánticos y rezos para los que no tenía alma. Junto a los monjes que llevaban a los caballos de pequeña compañía, se acercaban al pontazgo del Monasterio dos caballeros con el emblema de los Rötteln en la pechera. Se estrujó las manos a medida que, en vez de alejarse, acortaban la distancia. No había detenido de estrujarse las manos cuando Karl salió corriendo para ir a recibir a su caballo, con Sir Ludwig a la siga, quién por una vez no parecía un animal acechando antes de dar el golpe, sino que un hombre normal capaz de alegrarse de tarde en tarde por las cosas simples de la vida.
Cuando Benedikt se encontró finalmente en el patio que precedía la entrada del Monasterio, los caballeros no se habían ido. Y, cuando hicieron una reverencia para saludarle, apretó las manos con fuerza, obligándose a alzar orgullosamente la barbilla.
- Padre Benedikt, se requiere de su presencia en Rötteln – dijo uno de los caballeros, de una manera tan maquinal que sonaba como un mal actor aprendiéndose sus líneas -. Creemos haber dado con los hombres que os seguían y es preciso que les identifiquéis.
Ben se preguntó acaso ese hombre hablaría de esa manera todo el día y todos los días de su vida. ¿Qué pasaría cuando no se encontraba cumpliendo las órdenes de los von Rötteln? ¿Se acordaría de hablar como una persona normal? ¿Era capaz de hacerlo? ¿O siempre sentiría los ojos invisibles de su Señor espiándole en la nuca? Esa idea era tan ridícula como carente de importancia, y suavizó el golpe para cuando fue momento de pensar en cosas más relevantes.
- Encantado iré con vosotros – dijo, sonando placenteramente sorprendido, como si fuese un simple parroquiano a gusto con saberse seguro de salteadores de caminos. No como si conociera a uno de esos rufianes y ahora temiese por su vida; o incluso peor, temiese verse envuelto en su maraña y acabar con la soga al cuello junto a él. Sabía que la banda de Carapartida, como cualquiera que se dedicara a su rubro, eran capaces de vender a quien hiciera falta al mejor postor con tal de salvar el cuello. Y, aunque Friedrich era un hombre honorable y en quien confiaba que no permitiría que nada le hiciera daño, no podía decir lo mismo de sus camaradas.
Las horas que transcurrieron entre la puerta del Monasterio y el patio de armas de Rötteln, en la cima de esa colina que ya comenzaba a hacérsele familiar, pasaron sin registro por su mente. Qué había pensado, sentido y por qué, eran misterios cuando desmontó y lo serían también el día de su muerte. Todo cuánto sabía era que, apenas intentó soltar las riendas, tenía los dedos agarrotados como garfios y le tomó trabajo volver a extenderlos.
En lo alto de las escalinatas que llevaban hasta la puerta principal, le esperaban ya el marqués y su esposa. Sir Hans von Rötteln era un hombre grande: le sacaría al menos una cabeza a cualquier hijo de vecino, tenía los hombros anchos y una barriga prominente le abultaba el jubón. No había cruzado más palabra con él que las cortesías necesarias durante su previa visita a sus dominios, pero había notado que tenía un carácter directo y que reía poco, aunque eso no le impedía ser amable -o al menos más de lo que, en su experiencia, las personas de su rango y talla solían ser. Su mujer, Lady Hildegard, se vería minúscula junto a él si no tuviese el garbo con el que iba y venía por la vida. Parecía una estatua tallada en Roma, antes de que los bárbaros la arrasaran: tenía una expresión imperturbable; era imposible saber qué estaba pensando o si sentía algo, y sería seguro asumir que cualquier cosa que estuviese sintiendo, no afectaría jamás su buen juicio. Sir Hans acortó la distancia que les separaba del joven párroco, llevando a su esposa del brazo con delicadeza.
- He escuchado de su aventura, Padre. Lo lamento profundamente – dijo con efusividad tal, que era impensable que no estuviese siendo sincero. Benedikt hizo una reverencia ante ambos antes de que le condujeran dentro del castillo.
- Es un alivio saber que se encuentra bien – dijo Lady Hildegard, mientras su esposo asentía con la cabeza -. Al igual que Sir Ludwig, y nuestro querido Karl.
El interior de la torre era frío y sombrío, de una manera que resultaba asfixiante. Benedikt sintió de inmediato el impulso de salir corriendo y regresar al Monasterio; no lo había juzgado correctamente cuando había tenido chance de hacerlo. Ahora daría cualquier cosa por regresar a la sala de los copistas y las labores de gente que intentaba sepultar años de existencia en tareas tediosas y sin relevancia. Ese lugar era un mausoleo gigante, pero los había peores: Rötteln ahora le daba escalofríos. Sir Hans no notó los escalofríos y si Lady Hildegard lo hizo, jamás lo sabría.
El Señor del castillo le llevó hasta las mazmorras. Ben nunca había visto nada igual y esperaba no volver a hacerlo nunca. Apenas entró en la celda, advirtió que faltaba uno: estaba Carapartida con su inconfundible cicatriz, estaba Friedrich con su mirada nerviosa, y estaba el hombre furibundo de los chistes tontos. ¿Dónde estaba el hombre tímido?
- No son ellos – dijo sin pensarlo dos veces. Incluso si los ojos de su esposo no se lo estuvieran suplicando; incluso si no tuviese nada que perder al condenar a esos hombres, lo hubiera hecho de igual manera. Friedrich estaba cubierto de marcas púrpura y plastas de sangre seca. Ben no quería saber si era su propia sangre o la de alguien más, sólo sabía que una furia visceral le ardía por los brazos, las piernas y el pecho: alguien se había atrevido a hacerle daño. No sabía qué haría si llegase a saber quién había sido; pero sí sabía muy bien que, a diferencia de Friedrich, él sólo tenía sus palabras para defenderle y tenía que usarlas sabiamente. Sir Hans bufó y se cruzó de brazos, mirando la escena con la cabeza ladeada. Si estaba simplemente decepcionado o si no le había creído, era un misterio.
- Han pasado lunas, Padre – le saludó Carapartida socarronamente, como si no llevase un par de horas en el infierno. Sir Hans volteó la cabeza hacia Benedikt al mismo tiempo que Friedrich apretaba la barbilla y le clavaba los ojos a Carapartida, quien no le despegaba la mirada de encima con un aire divertido. Ben ni siquiera movió un músculo.
- En efecto, han pasado lunas – respondió, aunque su voz carecía de la soltura que tenía Carapartida -. Son de Constanza – explicó a Sir Hans, como si su pregunta muda le pareciera completamente casual y no oliera la desconfianza subyacente. El Noble alzó la barbilla, invitándole a continuar.
- Asumo que no en Misa – Sir Hans terció, sin quitarle los ojos de encima, como si estuviera ansioso de verlo retorcerse mientras buscaba una explicación que no sonara excesivamente conveniente pero lo suficientemente razonable. Carapartida ladró una risa y preguntó socarronamente:
- ¿Por qué tan seguro, mi Señor? – el caballero no dignificó eso con una respuesta; al menos no hacia él. Sus ojos, que ya de por sí parecían perforar las sienes de Benedikt, miraron al párroco con aún más intensidad.
- Dios siempre hace las cosas por algo – dijo von Rötteln con un aire serio, como si acabase de descubrir y proclamar una verdad absoluta -. Les hemos encontrado anoche en la Cueva de los Murciélagos – Carapartida rió socarronamente con un sonido sibilante a través de sus dientes rotos e hizo una aparatosa reverencia que se veía aún más exagerada y de mal gusto en alguien con su apariencia. El gesto no le pasó desapercibido a von Rötteln, quien se aclaró la garganta con desagrado; Friedrich rodó los ojos para no clavárselos a Carapartida o saltarle al cuello. Su mirada y la de Ben se enlazaron por un instante en un diálogo mudo: “este nos va a joder a todos” -. Estos rufianes son como los hongos: una maraña donde todos se conocen con todos. Algo habrán de saber estos sobre los vuestros.
- ¡Ah, mi Señor! ¿No estará asumiendo demasiado? – Carapartida terció nuevamente sin invitación. Le había puesto en pie de una buena vez y cojeaba en dirección a Sir Hans y Ben. Era una apuesta segura el asumir que nada de lo que le habían hecho tras retenerle había sido amable en sus huesos viejos. Le dirigió a Benedikt una mirada tal que le heló la sangre.
- En efecto, asume demasiado – Benedikt dijo, mientras juntaba las palmas y estiraba la columna. Los ojos de Friedrich no le soltaban: estaban jugando a un juego peligroso -. Son gente decente. Eso lo sé bien.
- No lo suficientemente decente como para no encontrarse en dominios ajenos sin rendir el tributo preciso – terció von Rötteln, encarando a Carapartida, quien no parecía intimidado -. Cualquiera diría que se escondían de algo, ¿me equivoco? – a la pregunta que no era realmente una pregunta, no le sucedió una pausa incómoda que el viejo pudiera rellenar con mentiras -. Tampoco lo suficientemente decente para evitar que les tomaran por salteadores de caminos – dijo von Rötteln, con firmeza tal que Carapartida ni siquiera chistó, sólo rió mostrando sus amarillos y rotos dientes, antes de dirigir a Ben otra mirada que le heló nuevamente la sangre.
Sir Hans llevó a Benedikt fuera de la celda antes de que pudiera decir algo para intentar salvaguardar la situación, sabiendo que apenas Carapartida y los suyos salieran libres -algo de lo que para más inri pensaba hacerse cargo, porque se negaba tajantemente a dejar a Friedrich pudrirse en ese calabozo y no había forma de ayudarle a él y sólo él -, el viejo buscaría venganza. El hombre había dicho algo en las líneas de “He escuchado todo lo que necesitaba oír”, aunque Ben no le prestó mayor atención. Mientras subían las escaleras de regreso a donde había luz y aire fresco, un peso le oprimía el pecho. Había perdido la confianza de Sir Hans en una conversación y con ese muro entre ambos, no sólo sus manos estaban atadas, sino que su propia posición peligraba; y Carapartida sabía lo que había hecho, tal vez no de manera exacta, pero podía llegar a una conclusión lo suficientemente cercana a la realidad como para que los detalles no importaran. Al llegar al corredor, la luz y el aire le parecieron vacíos.
- No debe temer, Padre – dijo von Rötteln -. Puede confiar en mí. Si lo hace, me haré cargo de que se haga Justicia sin que usted tenga que mirar sobre su hombro por la calle – su gesto, aunque aún severo, era más amable. Benedikt sintió vergüenza de traicionar la confianza de un hombre que sólo quería hacer el bien.
- No tienen nada que ver. Lo juro – dijo en cambio. Von Rötteln le miró con sorpresa, como si no hubiera considerado que eso fuese efectivamente una opción -. Los hombres que nos seguían son caras conocidas en Constanza. Trabajan para una mujer, aunque que eso no le engañe: es brutal y sabe asestar un golpe.
Von Rötteln se quedó en silencio, uno que sólo rompió cuando a Ben le había parecido que había transcurrido una eternidad.
- Ya veo – fue todo cuanto dijo. Benedikt se obligó a no soltar de golpe el aire que estaba reteniendo: levantaría sospechas. También se obligó a no tener las esperanzas tan altas: era momento de sentir alivio, pero no más que eso.
- ¿Qué hará con ellos? – se atrevió a preguntar.
- Lo necesario – la respuesta lejos de calmarlo, hizo que un cosquilleo le subiera por el esternón robándole la respiración. ¿Qué era lo necesario para von Rötteln? ¿Necesario para qué? -. Va a comprender que no puedo soltarlos, Padre; daría un mal ejemplo de que todo el mundo puede hacer lo que quiera en estas tierras. Mientras más claras sean las reglas, nadie tiene chance de confundirse y todo se mantiene en su sitio – Benedikt quería protestar, pero no sabía qué decir: veía su punto perfectamente -. Además, aunque usted piense lo contrario, algo por lo que no le culpo, pues es un hombre de Dios y su trabajo es ver lo mejor en la gente, con el incentivo correcto van a recordar más cosas de las que usted cree posible.
Ben sabía a qué se refería por incentivo y no le gustaba. La idea de Friedrich atravesando semejante barbaridad era algo que hacía que la bilis se le subiera por la garganta y la culpa lo carcomía vivo. Si tan solo les hubiera dejado hacer su trabajo. Si tan sólo no hubiese intervenido. Esto tenía que ser un castigo divino.
- Necesitaré que venga conmigo a mi estudio, Padre. Tenemos muchas cosas que discutir – dijo Sir Hans mientras caminaban por el corredor. La luz entraba ahora a raudales desde el patio principal, donde se escuchaban los gritos y las risas de los niños jugando y entrenando con las armas que usarían de mayores -. Necesitaré que describa con lujo de detalles a las personas que ha visto y a la mujer que dice que les lidera. Planeo enviar partidas de búsqueda en todas las direcciones hasta encontrarles: no podemos permitir que gente de ese calibre ande libre. Tendrá que permanecer en Rötteln desde luego, no podemos permitirnos tampoco cometer errores.
Benedikt asintió, sabiendo que no le quedaba más opción. Sabía que, diese la descripción que diese, alguien caería y que probablemente sería alguien inocente. No importaba. O tal vez sí, pero no podía dejar que le importase. Estaba tan ensimismado mientras seguía al Caballero por los corredores hasta su estudio, pensando en la historia más convincente que pudiese componer, que no vio venir a Lady Hildegard hasta que le tuvo al frente. La Dama sonreía, un gesto que no paraba de verse extraño en su rostro, como si no perteneciera en absoluto en él. Llevaba a alguien del brazo. Era el hombre tímido.
- Querido, mira quién ha venido – dijo en dirección a Sir Hans, quien olvidó por un momento a las almas en su calabozo y tronó una risotada.
- ¡Ja! ¡Hasta que te dignas a honrarnos con tu presencia! – habló con una voz de trueno al tiempo que estrujaba al hombre tímido entre sus brazos y le daba un palmotazo en la espalda.
- Ha sido un largo tiempo – concedió el hombre tímido brevemente.
Benedikt recordaba que Fred había mencionado que tenía un apodo muy poco favorecedor, uno que referenciaba cruelmente un vicio que tenía. Visto de cerca, no parecía tener vicio alguno. Tampoco parecía un hombre de la calle y la mala vida, para ser francos. Las ropas raídas y manchadas sólo se veían como el mal disfraz de un noble intentando pasar por un plebeyo sin haber estado realmente en la misma habitación con uno jamás en su vida. Tenía una elegancia y una dignidad difícil de explicar, tenía la gracia impregnada en la piel; parecía una persona completamente diferente. El hombre dirigió a Ben una mirada larga, como si le estuviese inspeccionando. No podía saber qué era lo que buscaba ver, mas sabía que no esperaba verlo en ese sitio. Fuera quién fuera este hombre -plebeyo con un don para el embauco y la palabrería, o un noble devenido a menos-, Benedikt se alegraba de verle y de que no hubiese dejado a sus camaradas a su suerte, cualquiera fuera el motivo por el que se hubiese salvado de la emboscada de los caballeros de Rötteln.
- ¡’Largo tiempo’ dices! Han sido años, ingrato – dijo von Rötteln, aunque en sus palabras no había resentimiento; o al menos, no del tipo que se convertía en ira.
- ¿Os conocéis? – preguntó Lady Hildegard en dirección a Benedikt y el hombre tímido.
- Constanza es una ciudad muy grande – Ben respondió rápidamente.
- Sin duda – respondió la Dama, aparentemente complacida con la respuesta.
- Tan grande que no ha logrado encontrar la Puerta y no ha venido en todo este tiempo a pesar de estar tan cerca – bromeó Sir Hans, dándole al recién llegado otra palmada en la espalda -. ¡Ah, viejo amigo! Ludwig perderá la cabeza cuando sepa que te hemos visto. Ha estado aquí hace poco – “Ludwig”. A Benedikt el aire se le fue de golpe.
- Ya tendrás tiempo de poner a Sir Heinrich al corriente – terció Lady Hildegard -. Pero ahora lo que necesita es un buen viaje a las cocinas y luego a la cama. Ni la Selva Negra ni Constanza ni la Tierra Santa parecen haber sido muy amables con él – hablaba con la afectuosa lástima que le tendría a un hermano pródigo a quién la vida no se le había dado bien.
- Tienes razón – Sir Hans asintió en dirección a su mujer.
Si notaba la tensión entre Benedikt y Heinrich, no podía saberlo. Lo que sí estaba claro era la falsa molestia con que rodaba los ojos hacia su esposa, como diciendo “Siempre tienes razón”. El hombre tímido hizo una venia en su dirección, prometiendo entrevistarse con él apenas hubiera descansado, y se despidió de Ben con una frase de cortesía que no merecía ni mención ni recuerdo.
Ben no recordaría más tarde absolutamente nada sobre su reunión con el Señor de Rötteln, excepto que no pudo sacudir la sensación en ningún momento de que el hombre no le creía ni una palabra de lo que estaba diciendo -y que a la vez su treta había tenido tanto éxito como era posible. “No son blancas palomas”, se repitió hasta el cansancio mientras describía a quienes iba a culpar. Eran inocentes en esto y sólo esto, se dijo a sí mismo; mas no lograba convencerse. Lo único que realmente le haría dormir en paz por la noche era que de seguro se encontrarían ahora muy lejos y von Rötteln les olvidaría antes de dar con ellos. O eso era lo que quería creer. Sabía que la gente como von Rötteln no olvidaba, especialmente a sus amigos y a quienes les ofendían; y Sir Ludwig parecía serle muy querido.
Había algo, de todos modos, que no le permitía sentir culpa. No al menos como hubiese esperado le haría sentir dejar a gente inocente en la estacada, pagando sus pecados y los de Friedrich. El mundo podía arder en paz si eso hacía posible que dejasen ir a Friedrich y que nadie se enterase de los pasos en los que él, un párroco para más inri, había andado. Era como si el calor y las llamas con las que el mundo ardería no le llegasen, no le cegaran la vista ni le quemasen la piel; era como si esas llamas y su ardor no estuvieran lejos, sino que en realidad fueran un retazo de seda rojo flameando al viento: no eran reales, decían ser llamas, mas carecían de su significado y su efecto. Y el verles como tales, una mera banderola en un vendaval, le daba un alivio que estaba a un palmo de ser genuino. No había ni crimen ni tampoco castigo en la tierra de la banderola flameando en el vendaval; no había culpa ni nadie que la tomase, pues la justicia era irreal y su búsqueda una mera ilusión. Nada ocurría realmente en la tierra de la banderola flameando en el vendaval, sólo el paso del tiempo. Y una fantasía era un buen precio a pagar por la libertad del hombre que amaba y pretender que nunca habían tenido a lugar sus propios pecados.
Durante su reunión, Sir Hans se había encargado de reiterarle que no saldría de Rötteln de buenas a primeras. El caballero parecía tener una considerable fe en sus hombres y su capacidad de dar con los rufianes que habían perturbado la travesía de Sir Ludwig y del joven Karl, y quería que Benedikt permaneciera en el castillo para reconocer a los criminales apenas les echasen el guante. Eso tenía, después de todo, sus ventajas. Aunque el Obispo iba a cargar contra él - y muy posiblemente, también Carapartida, aunque Fred había mencionado que tenía un extraño sentido de la lealtad y no solía morder la mano que le daba de comer -, le iba a dar suficiente chance de buscar cómo sacar a Friedrich de aquella mazmorra. Pensaba hacer eso tan pronto como pudiese: esa misma noche era demasiado tarde para su gusto. Sin embargo, no tenía ni la menor idea de cómo lograrlo: hasta ahora, nunca antes se había encontrado en una situación de esta naturaleza y se sentía perdido. Era un hombre listo, o al menos ese era un cumplido que escuchaba a menudo; pero no lo suficiente como para saber qué era correcto y qué era demasiado riesgoso en un caso como este, y actuar en consecuencia.
Otra ventaja, si podía llamársele ventaja, era que podría ver a los prisioneros bajo la guisa de darles la confesión.
- Müller – escuchó al Guardia decir mientras esperaba en un cuarto junto al calabozo. Un ruido de grilletes precedió al quejido de los barrotes al cerrarse. Pasos. La puerta del cuarto se abrió y el Guardia aventó a Friedrich dentro antes de volver a cerrar, dejándoles a solas.
A Ben se le subió el queso y el vino a la garganta al ver los grilletes alrededor de sus muñecas, la sangre apermasada en la melena pelirroja, los cortes frescos y esa masa púrpura que le crecía en la mejilla, hinchándole el rostro. Se le abalanzó encima, envolviéndolo entre sus brazos, como si así pudiese hacerle desaparecer de ese sitio nefasto de la misma manera que un mago haría desaparecer una rosa con un paño durante carnaval. El hombre pelirrojo emitió un gruñido pero no retrocedió. Sólo cerró los ojos, sintiéndose en casa. Los dedos de Benedikt se le enredaban en el pelo como culebras mientras le empujaba la cabeza contra su pecho.
- Vas a estar bien – fue todo cuanto pudo decirle, aunque no había convicción en su voz, sólo una rabia temblorosa que hacía que las palabras le subieran por la garganta como un gorjeo. Friedrich le miró sin ninguna expresión: era como si no fuera capaz de sentir miedo o dolor, y nada le impresionara.
Benedikt nunca lo había visto así, al menos nunca imperturbable: sabía Dios que Friedrich tenía una opinión sobre todo y no siempre se limitaba a expresarlas exclusivamente a través de palabras. En cuanto a verlo herido, sólo había sido una vez y de eso ya hacían años. Fred siempre había sido muy cuidadoso de mantener su camino de destrucción y sangre tan lejos de él como fuese posible; lo más cerca que llegaba de toda esa inmundicia era el saber que de tarde en tarde su esposo se iba lejos a algo peligroso de lo que podía no regresar. Él prendería velas, Fred le mandaría cartas en mal latín, y un día escucharía su voz del otro lado de la rejilla del confesionario. “Bendecidme, Padre, pues he pecado”, diría. Él lloraría, daría gracias a la Virgen por haberlo llevado de regreso hasta él, y escucharía las atrocidades que había hecho - que muy probablemente no eran ni la mitad de todo lo que realmente había hecho – como quien escucha una historia. Nunca vería la sangre, olería la muerte ni escucharía el rugir de las llamas. Nunca vería el interior de un calabozo ni las heridas frescas, ni escucharía las oraciones en honor de las vidas que había cercenado, ni sentiría el tirón de la soga en el cuello. Lloraría una vez más porque esa nefasta vida era la vida de la persona que amaba, se tomarían de la mano y la deuda estaría saldada. “Te he extrañado”, se dirían. Y esperarían al día en que le tocara partir de nueva cuenta.
“Bendecidme, Padre, pues he pecado”. Esa había sido la primera frase que había escuchado de Friedrich; no se había ganado su confianza hasta que la dijo una segunda vez y llegó sangrando en medio de la noche por una estocada bien dada, pidiendo que le curase. Friedrich no había confiado entonces en él, pero ante el peligro y el no tener dónde ir, había acudido a Ben. Ben había curado sus heridas y había escuchado su confesión, y desde entonces habían sido inseparables. Nunca más lo había visto sangrar.
- Lo sé – repuso Fred con algo que sólo podía ser descrito como desinterés.
Ben sacudió la cabeza. No entendía cómo podía estar tan tranquilo. Era tal vez más perturbador que encontrarlo en pánico dadas las circunstancias.
- ¿Qué te han hecho? – preguntó. No sabía si realmente quería oír la respuesta.
- Nada nuevo – y, aunque Friedrich quería calmarlo, el efecto era el opuesto: ¿Cuánto tiempo había estado atravesando estas miseria? ¿Qué tan frecuente era? ¿Cómo había logrado sobrevivir hasta ahora? ¿Cómo había evitado convertirse en una persona agria, cruel y miserable? Fred ha de haber notado el horror en su expresión, pues suspiró y sus facciones se suavizaron -. Voy a estar bien.
- Te sacaré de aquí – dijo. Nuevamente, no tenía idea sobre cómo hacer eso, pero una parte de él se había convencido de que mientras más lo repitiese, en algún momento u otro se volvería real. Friedrich rió como si no le creyese, aunque en sus ojos no había otra cosa que ternura -. He visto al hombre tímido.
- ¿El Dados? – la ternura se había evaporado de la cara de Fred y el escepticismo se mezclaba ahora con la confusión.
- Abajo – Ben continuó -. Parece estar en buenos términos con los von Rotteln.
Fred soltó una risita, la confusión ahora sazonada en deleite: - ¿Cómo es que ha llegado aquí? – fue el turno de Ben de estar sorprendido: ¿Cómo se había salvado El Dados de ser capturado? ¿Cómo había logrado saber a dónde tenía que ir a buscar al resto de la banda? ¿Por qué había ido a buscarles en vez de dejarles podrirse? ¿Cómo había logrado entrar en Rötteln siendo aún venerado como un huésped de la Casa en vez de acabar aventado en el calabozo como el fugitivo faltante? Si se había atrevido a entrar en Rötteln de manera tan campante, era porque no tenía nada que perder, especialmente su reputación. Su reputación era lo más importante que tenía en este momento; probablemente era todo lo que tenía en este momento. Eso significaba que quienes habían capturado a sus camaradas no le habían visto. ¿Por qué había tenido él chance de esconderse y cómo había mantenido la compostura de mantenerse a buen recaudo para ver quiénes eran los captores?
- No lo sé, pero no es la primera vez que ha estado aquí – Benedikt no había concluido la frase cuando Friedrich se desenredó de sus brazos y le miró pausadamente, entendiendo lo que quería decir -. Sir Heinrich le llaman y han esperado saber de él por años.
- Sir Heinrich -Fred repitió pausadamente. Ben lo conocía lo suficiente como para saber que esta se la iba a tener guardada al Dados hasta el fin del mundo -. A que no es una caja de sorpresas – dijo finalmente y, aunque estaba complacido de que la suerte por ahora le sonriese, Ben sabía lo que se estaba preguntando: cuántas sorpresas más tendría escondidas por ahí y cuánto tendrían que esperar hasta que una de ellas les mordiese el cuello -. Y si esto no resuelve una cosa que dos – por más que intentaba sonar entusiasmado, no lo conseguía.
- Me pregunto cómo irá a convencer a von Rötteln – Benedikt no necesitaba mirar a su esposo para saber que él se estaba haciendo la misma pregunta.
- Diría que me pregunto si von Rötteln siquiera va a comprársela; pero lo conozco hace siglos y nunca hubiera sospechado que se codeaba tan alto – Fred dijo, claramente sin saber si creer o no que el Dados pertenecía a la nobleza, o si “Sir Heinrich” era solamente otro timo bien labrado. Si era realmente una pantomima, ¿cuánto tiempo la había llevado y con qué fin? Si no lo era, ¿podían fiarse realmente de alguien a quién de seguro le daban asco? ¿Cuáles eran entonces sus verdaderas intenciones? Hubiera sido infinitamente más fácil fiarse de él si hubiesen podido creer que todo era una careta que había bordado especialmente para la ocasión -. Lo que me preocupa más es el precio. A saber quién es de verdad y por qué está aquí realmente.
Benedikt estaba de acuerdo. Sabía que era injusto juzgar a un hombre que probablemente sólo quería ayudar y había tenido la buena fortuna de tener que hacerlo en un lugar donde podía usar sus influencias, y sabía que esta mentalidad tan malpensada era cosa de Friedrich y no suya. Pero había algo que no acababa de cuadrar; algo que hacía ver cualquier cosa que El Dados intentara no cómo una treta astuta de la que estar agradecidos, sino que como un aviso para mantener respetuosa distancia en el futuro.
- Me preocupa más que lo haga a tiempo – Fred le miró a los ojos. Por supuesto que ya lo había pensado -. Querrá ser precavido – muchas cosas dependían de su reputación, falsa o genuina, y un paso en falso podía hacer que acabara en el suelo. La gente de alcurnia hacía demasiadas cosas, y no todas correctas, por su reputación.
- Y tú tienes que ser precavido también – Benedikt le hubiera hecho caso, no hubiera ignorado la urgencia en su voz, si no se hubiese dado cuenta de algo tan importante como sutil: se preocupaba por él. Su esposo no estaba furioso, como había esperado encontrarle; no le guardaba el rencor que había creído que iba a encontrar en él, sino que la misma ternura de siempre.
- Tú no crees que yo los haya entregado – Friedrich frunció el entrecejo y arrugó la nariz de una manera que sólo reflejaba su confusión, y no meramente ante el abrupto cambio de tema: no se le había ocurrido siquiera pensar que Ben pudiese hacer semejante cosa, al punto de que no entendía cómo Ben había llegado a esa idea. No había ruta lógica en su mente que llevase a esa conclusión. Sacudió la cabeza, en caso de que quedase una duda. Benedikt estaba parado en la otra vereda: no entendía cómo podía exculparlo teniendo toda la evidencia en su contra.
- Te conozco mejor que eso – fue cuánto dijo. A Ben le entró el impulso de gritar, de que el alivio subiese por su pecho, y luego la garganta, y finalmente fuese libre.
- Hace un par de días dudabas de mí – dijo en cambio. Se lo había merecido, y sin embargo, de todas maneras había dolido.
- Y tendría que haber sabido que eras mejor que eso – Fred repuso de inmediato, sus ojos buscaban a los de Ben; les perseguían y no le soltaban. Por sí solas, esas palabras hubieran bastado para no ser cauto -. ¿Cuántas veces he estado en esta? – preguntó Fred. Era retórico, serían más de las que era capaz de recordar; Ben esperó a que continuase -. ¿Cuántas lo has sabido?
- Ninguna.
- ¿Sabes por qué? La noche que me hirieron, te pedí que no fueras a por el médico. Los dos sabíamos cómo iba a acabar eso si se aparecía un médico – a Benedikt un escalofrío le bajó por la espalda mientras se apresuraba a asentir. La imagen de una cuerda clavando sus garras en el cuello de Friedrich era vívida y algo que esperaba nunca tener que ver -. Mi sangre pudo estar en tus manos; pero aún así no lo hiciste – era verdad, pensó Ben: hubiese preferido convertirse en un asesino a causa de su propia inacción y condenar su alma, antes que entregarlo -. Tú no podrías soportar la idea de que algo me pase, por eso nunca te he contado estas cosas, y por eso sé que tú no fuiste.
Con esas palabras acababa de sellarse en destino de Benedikt. Eran suficientes para no ser cauto. Por un momento, sintió la tentación de quedarse ahí para siempre. Si no golpeaba a la puerta, no se llevarían a Fred, y podrían pasarse la vida intercambiando susurros. Sin embargo, no era posible. Golpeó la puerta y, mientras el Guardia la abría para llevarse a su esposo, le hizo la señal de la Cruz sobre la frente. La piel de Friedrich le ardía aún bajo la punta de los dedos cuando el pasillo lo engulló.
Intentó ser cauto. Intentó sentarse en el cuarto que le habían asignado a repetirse a sí mismo que El Dados o Sir Heinrich o cómo fuese que se llamara realmente persuadiría a von Rötteln de dejar ir a sus camaradas; había suficientes cosas que podía inventarse para cumplir ese cometido y tenía la suerte de ser alguien a quien Sir Hans -y aparentemente más importante, Lady Hildegard- escucharía. Cuando bajó a cenar y advirtió que no habían novedades, intentó dar un sermón acerca de justicia y perdón durante la oración previa a comer. Pasivo-agresivo, infantil, ingenuo, inservible, inútil. Él mismo sabía que lo que acababa de hacer no era nada más ni nada mejor que eso; sin embargo, era el único recurso que tenía a mano. Le hubiera gustado tener las agallas de hacer algo realmente radical, algo que realmente pusiera a von Rötteln entre la espada y la pared. ¿Por qué había gente a la que eso del poder se le daba tan natural que, incluso cuando no lo tenían de buenas a primeras, lo creaban? ¿Por qué él no era como ellos? Quería ser como ellos. Su único consuelo era la manera en la que el hombre tímido se retorcía en su asiento y no le desclavaba los ojos de encima. Eran como dos perros peleándose: un paso en falso y los colmillos de uno acabarían en el cuello del otro; y le gustaba que El Dados lo supiera -que supiera que le tenía entre una ceja y la otra.
- Debo admitir que no esperaba verle en Rötteln – comentó de manera casual mientras bebía un trago de cerveza. La mirada ofuscada que El Dados le dedicó le supo a gloria, como la única cosa con la que una bebida tan buena debiese ser maridada.
- Rötteln es un sitio algo dejado de la mano de Dios, a falta de una mejor expresión, Padre – dijo Sir Hans, sin notar la tensión entre su amigo y el sacerdote; algo que no se le pasó por alto a Lady Hildegard, quién terció:
- Habéis dicho que os conocéis de Constanza… - a Benedikt le agradaba esa mujer: era directa. O tal vez era solamente que ahora le resultaba conveniente.
- Efectivamente – dijo Ben, sin darle tiempo al hombre tímido de responder -. Toda una personalidad en Constanza – Lady Hildegard les miró por sobre su copa de vino, de seguro tenía preguntas. Von Rötteln se veía en cambio orgulloso -. El Francés de seguro se ha alegrado de veros – sus palabras se sucedían una sobre otra, las había estudiado en la seguridad de sus aposentos una y otra y otra vez. Nada podía fallar. Tenía la serenidad de un actor que se ha aprendido sus líneas a tal punto que las conoce mejor que su propio nombre; y la euforia de ver cómo El Dados boqueaba como un pez fuera del agua en un intento de desviar la conversación, sólo para verse arrastrado otro palmo más tierra adentro, hacía que no sintiera esa vibración incómoda en su pecho -. ¿No ha ido a visitarle? – preguntó con falsa sorpresa y algo de reproche, leyendo su falta de respuesta como una negativa. Podría haber leído lo que quisiera como El Dados negando haber visitado a sus camaradas en la mazmorra y hubiese estado en lo correcto.
- ¿Estamos hablando del mismo francés? – preguntó Sir Hans, sin disimular su confusión: ¿cómo era posible que alguien a quién tenía en tan alta estima se relacionara con gentuza como esa? Ben no alcanzó a terminar de asentir cuando Lady Hildegard terció:
- ¿Cómo es que os conocéis? – su voz y su gesto no tenían ni el desagrado ni la confusión de la expresión de Sir Hans; pero había algo en ella que hacía imposible escapar de su escrutinio.
Antes de que El Dados pudiera mediar palabra, Ben hizo su siguiente jugada: - Sirviente más leal que ese francés no va a encontrar en todo Constanza – dijo en dirección a su anfitrión. Lo suficientemente vago como para que nadie le hiciera preguntas sobre cómo sabía tanto, pero lo suficientemente preciso como para poner al otro hombre entre la espada y la pared.
- ¿Te sirven? – Sir Hans miró a su amigo disgustado, quién miró de un punto a otro como evaluando su respuesta antes de hablar.
- Lo hacían – dijo cortantemente al fin, justo a tiempo de dar un sorbo a su vino sin quitarle los ojos de encima a Ben, quien sintió un escalofrío bajarle por la espalda, su sensatez volviendo de una vez a él -. Son gentuza que necesita urgentemente aprender una lección; gente temerosa de Dios pero demasiado osada para su propio bien… o el de cualquiera a su alrededor – comentó nuevamente con esa desenfadada elegancia que Ben había aprendido a asociar con él, pero ahora vuelto hacia Sir Hans, quien asentía aprobatoriamente como diciendo “Sé exactamente a qué te refieres”.
- No discutiré si su castigo es merecido o no – Benedikt dijo, antes de poder darle mucha vuelta y entramparse a sí mismo en el juego de qué combinación de palabras era la más correcta y cuál la más pobre -. No insultaré a Sir Hans y su justicia. Sin embargo, ¿no nos ha enseñado Nuestro Señor a acompañarnos en momentos de necesidad?
- Su castigo es merecido – Lady Hildegard terció abruptamente. Su palabra era la ley, era capaz de materializar realidades nuevas y viejas con sólo mencionarlas. A Ben, de súbito, ya no le agradaba tanto -. Su desgracia es la consecuencia de sus propios actos. Y si alguien a quién han servido no puede sino estar de acuerdo, es por algo.
- Mis disculpas, mi Señora – Ben hizo una genuflexión -. No era mi intención ser irrespetuoso – y, tras una pausa lo suficientemente prolongada como para que las aguas se calmasen, volvió a hablar -. Sin embargo, ningún Señor está realmente exento de deber lealtad a sus siervos; Dios sólo nos pide ser leales los unos con los otros, pero nunca hace esa distinción. Ante sus ojos, todos somos el prójimo los unos de los otros.
- El Padre tiene razón – la voz de Sir Hans llenó el salón de manera segura y solemne; cargaba un dejo de culpa. Era un buen hombre y no merecía estar hasta las rodillas dentro de un barro tan profundo como en el que se encontraba -. Deberías de hacerles una visita.
La cena continuó tensamente. Benedikt ya no se sentía tan orgulloso de sí mismo como hace un rato. Ahora, con su sensatez de regreso entre pecho y espalda, tenía la completa certeza de que no había conseguido absolutamente nada salvo ponerse aún más en la mira. No había conseguido que El Dados se viese obligado a interceder por sus camaradas, no había conseguido que Sir Hans se viese obligado a ponerles en libertad tampoco; lo único que había logrado era quedarse con un sabor aún peor en la boca acerca del hombre tímido y que ahora, en vez de sólo von Rötteln, también Lady Hildegard sospechase de él.
Nadie mediaba palabra en la mesa, al menos nada que valiese la pena recordar. Había buscado desesperadamente cualquier indicio sobre la amistad de Sir Hans y El Dados, cualquier pieza en el rompecabezas que le ayudara a entender quién era realmente ese hombre y qué hacía en verdad ahí. Ambos se habían cuidado muy bien de compartir cualquier detalle; él tampoco se había atrevido a preguntar - y aunque hubiese tenido el coraje de hacerlo, no hubiese sabido cómo – y cada vez que algo de sustancia salía al tapete, Lady Hildegard era rápida, lacónica y magistral en redirigir la conversación. Esperó luego del postre exclusivamente lo que la cortesía mandaba, antes de retirarse.
Fue a su cuarto, aunque sabía bien que no dormiría. Esperó, con las velas apagadas, hasta que las estrellas fueron un retrato de la medianoche. Hubiese deseado ser Lady Hildegard, que su palabra fuese la ley; que contradecirle fuese impensable, una aberración de la naturaleza, un imposible. Hubiese deseado que sus palabras durante la cena hubieran sido todo cuanto bastase, pero no lo eran. Debía hacer algo radical. Tenía que hacerlo.
Con el corazón en la boca, bajó las escaleras hasta las mazmorras y esperó otro poco. O mucho. No sabía cuánto había esperado hasta que juzgó que era el momento oportuno: el Guardia había salido a por algo de aire fresco y vino del pellejo de un amigo. Se escabulló dentro y empezó a hurgar: las llaves de la celda tendrían que estar en algún sitio y, si no lo estaban, algo que sirviera el propósito. Había estado muy seguro de que su plan funcionaría, con la ingenuidad de un novato ni siquiera se había detenido a cuestionar sus fallos; pero de seguro se arrepintió de eso cuando vio la sombra a sus espaldas recortándose contra la pared. |