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Inicio / Cuenteros Locales / vaya_vaya_las_palabras / El último robot

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A veces tenía que hacer esfuerzos para no sentirme el papá de mi sobrino. Pero Martín estaba atravesando por un momento tan delicado. Me necesitaba mucho. Con mi cuñado cada vez más enfermo y con mi hermana cada vez más angustiada, no me quedaba más alternativa que llevar a Martín al cine o al zoológico, para que despejara su cabecita y se olvidara por un momento de que su papá estaba cada día más flaco y seguía tosiendo. También lo llevaba a la plaza para que jugara con otros chicos. Pobrecito, siempre le costó socializar. Quizás ese era el precio que tenía que pagar por la gran inteligencia que poseía. Recuerdo el primer robot que construyó a sus seis años de edad. El cual fue una sorpresa para todos, menos para mí. De inmediato su profesor de robótica citó a los padres para felicitarlos porque tenían un hijo excepcional. Martín había construído un robot simple pero programado para decir te quiero cada vez que lo tocaban. Yo estaba orgulloso, Martín pintaba para ser un genio.

Ahora tenía diez años y a veces lo descubría llorando solo en su habitación. Yo lo abrazaba y le decía que tenía un papá formidable, el cual seguramente iba a salir del hospital en cualquier momento. Pero continuando con su llanto, Martín me abrazaba con más fuerza. Después se olvidaba por un instante de su angustia y seguía haciendo los deberes del colegio. Yo iba a visitarlo casi todos los días. Mi hermana me lo agradecía en silencio y mi cuñado, desde la cama del hospital, también. Por esa época, con Martín fabricamos un robot que respondía bailando cada vez que le pronunciaban el nombre de alguno de sus padres. El orgullo de mi hermana y de mi cuñado era gigantezco. Pero lamentablemente llegó el día en que los pulmones de mi cuñado no aguantaron más, y se lo llevaron sin poder decir adiós. Martín ya tenía once años.

El tiempo pasó y mi hermana decidió que era momento de dejar atrás una viudez que ya duraba tres años. Se puso de novia con un floreciente comerciante de la zona de Balvanera, el cual tenía mal carácter y falta de empatía con los niños. Su nombre era Antonio, y desde el principio se mostró apático con mi sobrino. Prácticamente no le dirigía la palabra. Yo hablé con mi hermana al respecto, pero me dijo que tenía fé en que las cosas mejorarían con el tiempo. Yo pensé que, de alguna manera, Martín había escuchado nuestra conversación, porque se puso más triste y durante algunas semanas dejó de fabricar robots. Entonces me sentí en la obligación de dedicarle más tiempo a mi sobrino. Pero Martín estaba como ido. Lo llevaba al cine, y sin embargo él apenas podía concentrarse en la película. Cuando aflojó un poco en los estudios, le propuse a mi hermana llevar a Martín al psicopedagogo, pero ella me dijo que eran cosas de niños y que se le pasaría en un abrir y cerrar de ojos.

Mi hermana terminó casándose con Antonio. Lamentablemente, la primera medida que tomaron como matrimonio fue cancelar las clases de robótica de Martín (también lo dejaron ingresar menos al taller que su papá biológico le había construído en el fondo). Y no solamente eso, sino que se propusieron reemplazarlas por unas de contabilidad, las cuales le asegurarían al jovencito un futuro promisorio. Yo sabía que la mano negra de Antonio estaba atrás de todo eso. Y me preguntaba cómo mi hermana permitía que lo avasallaran así a su único hijo. ¿Tan ciega estaba? ¿Tan manipulador era Antonio?

Cada vez que estábamos a solas en el taller del fondo, Martín defenestraba a su padrastro con pocas palabras. Antonio tal vez sospechaba de nosotros, y por eso nos miraba con cara de pocos amigos. Por esa razón, le propuse a Martín que fuera por la vía contraria, es decir la de la paz y la reconciliación. Sería bueno regalarle a Antonio algún robot que le fuera de utilidad, ¿no?. Quizás de esa manera aflojaría y se acercaría más amistosamente a Martín. Al principio mi sobrino se mostró reacio, pero después estuvo de acuerdo y empezamos a trabajar en un proyecto conjunto. Construiríamos un robot que le ayudaría a Antonio en sus tareas laborales. Sería un proyecto relativamente sencillo. Solamente usando la cámara de su teléfono celular, Antonio sería capaz de almacenar e indexar millones de expedientes y documentos comerciales, facturas, remitos, etc., y recuperarlos rápidamente cuando los necesitara. Sería un robot fácil de usar, a la vez que práctico y sofisticado.

Claro, yo quería que Antonio se diera cuenta del gran talento que se estaba desperdiciando solamente por un capricho suyo. El talento era Martín y el caprichoso él, Antonio. Pero con un poco de paciencia y buena voluntad, la cosa tal vez se revertiría. Comprendí que yo no le caía nada bien a Antonio, como correspondía a todo cuñado un tanto entrometido. Por eso iba menos a la casa, para no levantar sospechas. Como una manera de compensar el tiempo perdido, con Martín nos encerrábamos más minutos en el taller del fondo, trabajando a destajo en los circuitos y en las delicadas soldaduras que poco a poco constituirían el robot que le regalaríamos a Antonio.

Después de tres meses de trabajo, y cuando por fin lo tuvimos terminado, lo pusimos en una caja de regalos y se lo entregamos ceremoniosamente a Antonio. Era emocionante porque mi hermana estaba presente, agarrándose de las manos con ansiedad. Se suponía que Antonio reaccionaría con gran sorpresa y ese tipo de cosas. Creo que hasta Martín tenía esa esperanza. Pero en lugar de eso, cuando Antonio vio que era un robot, lo devolvió enseguida a la caja y dijo que después lo vería mejor. A mi sobrino Martín los ojos se le llenaron de lágrimas pero no quiso estallar en llanto. Mi hermana se tapó la boca con las manos y yo me quedé de brazos cruzados, tratando en entender la insensibilidad de Antonio, quien se llevó el robot a su habitación, donde quedó en una esquina para juntar polvo.

Después de eso, Martín comenzó a demostrar un desinterés creciente por la robótica. Ahora se lo podía ver en el patio jugando con una pelota de cuero. Había abandonado el taller del fondo, donde las telarañas comenzaban a acumularse por todos lados. También se interesó por juguetes más convencionales, como avioncitos de papel y cosas semejantes, juguetes que jamás había usado en su vida. Yo no quería que la mente de mi querido sobrino se marchitara por culpa de un adulto que no sabía valorarlo. Por eso pensé en regalarle a escondidas un manual de robótica avanzada. Como no pude encontrar ninguno en las librerías, le regalé uno que tenía en mi propia biblioteca y que había pertenecido a mi padre. Si lo leía y lo aplicaba, Martín no tendría límites para su imaginación.

Todo lo hice a escondidas de Antonio. Una tarde llegué con el manual de robótica dentro de la mochila y se lo dejé a Martín sobre su cama. Tenía la esperanza de que, con el correr del tiempo, el manual rindiera sus frutos. Pero Martín siguió jugando con su pelota de cuero, regalo que le había hecho Antonio. También me daba pena ver el taller del fondo cerrado del todo. Era como si Martín no hubiera entrado ahí durante largos meses. Yo quería volver a hablar de robótica con él, pero Antonio siempre andaba cerca, como vigilando. Una tarde, cuando volvió de su trabajo, descubrió a Martín leyendo el manual de robótica y le preguntó enérgimamente de dónde diablos había sacado eso. Martín se quedó callado.

Al día siguiente Antonio me atropelló con un montón de palabras. Me dijo que Martín ya no necesitaba la robótica y ese tipo de cosas. Al contrario, lo que necesitaba era un horizonte nuevo, algo que lo hiciera feliz. Para eso le había regalado juguetes nuevos y para eso también asistía a las clases de contabilidad. Elegí no discutir con Antonio, si no tendría que decirle adiós a Martín y a mi hermana, porque Antonio era capaz de restringirme el ingreso a la casa.

En armonía con las últimas palabras de Antonio, traté de regalarle a Martín juguetes comunes y corrientes. Pero cada vez que iba a la juguetería me sentía tentado a elegir esos juguetes que vienen para armar, solamente para que Martín recordara de alguna manera la robótica. Pero decidí no hacer eso, por miedo a las represalias de Antonio. Él parecía el único contento en la casa. En cambio, mi hermana no sabía si estaba haciendo bien o estaba haciendo mal al dejar que Antonio influyera tanto en la crianza de su hijo. Quizás por sentir esa clase de impotencia, fue que cambié de opinión y decidí regalarle a Martín unas piezas de Lego, esos bloques que vienen para armar, y que además traen un suplemento de poleas y pequeños motores para dar rienda suelta a la imaginación.

Claro, Antonio lo descubrió y prácticamente me saltó a la yugular. Me dijo que esos tipos de juguetes ya no eran apropiados para Martín. Y que si mi intención era llevar a mi sobrino devuelta a la robótica, entonces era mejor que fuera pensando en mantenerme alejado de la casa, de Martín y de mi hermana. Lejos de sentirme intimidado por Antonio, lo enfrenté por primera vez, como pude. Me le paré enfrente y le dije que era un malvado y un manipulador. Antonio se enojó porque era la primera vez que le sacaban la careta tan abiertamente frente a mi hermana y Martín. Entonces, lleno de ira, se me tiró encima para golpegarme. Justo a mí, que usaba anteojos.

Con sus grandes manazas, Antonio empezó a ahorcarme. Mi hermana trataba de defenderme pero fue imposible porque Antonio estaba hecho una furia. Desde el suelo (donde Antonio ya me presionaba el pecho con su rodilla), alcancé a ver a Martín a un costado del living. Tenía los ojos llorosos y también un pequeño artefacto entre sus manos, algo así como un control remoto, similar a los que se utilizan para dirigir a los robots. Entonces vi a Martín apretar un botón. Creo que era colorado. De inmediato se escuchó un gran estruendo en el taller del fondo. Fue como si alguien con una fuerza descomunal hubiera derribado la puerta de un golpe. Luego se oyeron fuertes pisadas, como si alguien muy pesado atravezara el jardín. Lo mismo ocurrió con la puerta del fondo de la casa, la misma que concectaba con el patio trasero. Entonces Antonio me soltó el cuello y quitó su rodilla de sobre mi pecho. Ahora un robot de altura descomunal nos miraba con sus ojos rojos desde la puerta del living. Me puse tan feliz, porque era el símbolo de que Martín no había abandonado la robótica. Martín estaba parado frente a su última creación, dándole órdenes a través del control remoto. En un santiamén el robot se aproximó a Antonio y lo agarró por el cuello. Y todos vimos, incluso mi hermana, como Antonio salía suspendido en el aire rumbo a la calle.


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Texto agregado el 22-03-2025, y leído por 215 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
04-04-2025 Excelente‼️ Martilu
03-04-2025 Odie a Antonio. Me preguntaba como terminaría esta situación ya que cada vez estaba mas complicada. Jamas pensé en tremendo final. tete
29-03-2025 Un genio, Martìn! Sorprendio con su obra. Me encanto leer este cuento. Miriades
26-03-2025 Buen texto. Saludos Buhonero
25-03-2025 Que cuento tan bueno, amigo. Entretenido y bien resuelto. No esperaba el final feliz, peo me alegro que el ogro aquel, recibiera su merecido. Felicidades. Saludos. maparo55
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