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Inicio / Cuenteros Locales / BRINCALOBITOS / EL CUENTO DE CALLEJA QUE NO SÉ

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Tengo un cuento. Un cuento que no he podido identificar. Ha sido imposible para mí, hasta ahora, encontrar fuentes autorizadas. Lo leí hace tiempo, en un libro de cuentos rusos que tenía una portada similar a la de los “Cuentos de Calleja”: ya saben, ese frontis en tonos sepia con ilustraciones bastante antiguas. Mas, no encuentro el volumen al que me refiero ni me han dado referencia alguna personas que conozco y disponen de amplia biblioteca. Presté el ejemplar y ni siquiera recuerdo el título genérico de la compilación. Lo dejé a otra persona, una mujer, que tampoco sabría localizar. Todo esto es lo que accedo a conceder como anticipo probatorio.

Y, sin embargo, no son argumentos suficientes para asegurar que estoy diciendo verdad. Evidencia irreprochable. A menudo pienso si no se tratará de un sueño, si no lo habré inventado. Estoy persuadido de que no es así y pondría mis manos sobre la llama, variante del dicho popular, pero… Pero.

El cuento, porque voy a escribirlo una vez más para dejar constancia de lo urdido por otro o la materia de mi mente que no he podido certificar, el cuento comienza con un rey. Un rey rico. Porque no todos los reyes lo son. No todos, como para disponer de un campo de trigo precioso. No tan grande como los terrenos agrarios ucranianos que abastecen de cereal a Europa, pero respetable. Una parcela guardada por soldados capaces de todo. Guardias con armas actualizadas, cual se pretende que sean las de los ejércitos de la Unión Europea desde que Trump se muestra partidario de que cada uno se pague su fusil. Cada doce metros, un centinela. Y había cientos de centinelas apostados en cada lado del rectángulo propiedad del monarca.

Entonces, un día, se presentó en esa plantación el toro. No un toro. El toro. Gran ejemplar. Soberbio. Bien pagado de sí por ser toro. En aquel reino, los toros circulaban a su antojo como las vacas en la India. Por eso, se instaló a comer dentro de los límites del campo real sin que a nadie extrañara. Y comió sin prisas. Sin prisas, hasta hartarse. Todo el trigo. Y, claro, del atracón, perdió la vida. Cayó redondo… aunque, tal vez, esa no sea la palabra. Al desplomarse, tendido más largo que ancho, ocupaba todo el suelo del citado recinto.

Coincidiendo con este luctuoso acontecer, se presentó en segundo turno de comida, un buitre. Creo recordar que en el cuento que yo leí se trataba de un cuervo, pero vamos a dejar que, en esta ocasión, sea un ave de más empaque. Un buitre, entonces. Si se tratara de un profesional de las finanzas, tal vez un aprovechado sin escrúpulos, pero amigo del carnuz, la bestia, al fin, comenzó a devorar las carnes del difunto. En honor a este finado que lo alimentaba, también sin prisas.

No obstante, cuando apenas quedaba cierta chicha perteneciente a uno de los cuartos traseros de la res, avistó el buitre la aproximación de un rebaño de ovejas encabezado por un carnero. Gran cosa. Excelente escenario para terminar la faena, se dijo el buitre, aludiendo a posibles empleos atendidos a la fuerza por quien estaba siendo su plato principal de la jornada. Y, con los restos sujetos por las garras, voló hasta la cornamenta del líder de la tropa errante, donde se acomodó con gracia y soltura. Allí terminó holgadamente su festín y alzó el vuelo, más tarde, con esa habilidad de aviador que hay que reconocer a los carroñeros.

Ocurrido esto, un poquito después, se levantó el viento. Llegaba una borrasca. Soplaban los hijos de Eolo y los restos del almuerzo del buitre, todavía sobre los cuernos del carnero, se alzaron a merced de la fuerza tempestuosa del aire, hasta encajarse, de manera en verdad molesta, en el lagrimal del pastor… ah, porque aquel rebaño tenía pastor. Pues bien. El pastor hizo cuanto pudo para librarse de tan fastidiosa contrariedad. De verdad que lo hizo. Sin embargo, a pesar de ser un hombre viejo, inteligente, habilidoso y capaz, fracasó. Aquello seguía donde no esperaba que fuera a estar.

De modo que, como también era una persona humilde, solicitó ayuda. Llamó, en primer lugar, al rey de los animales terrestres: el león. Una semana estuvo el león con toda su fuerza intentando desalojar los restos de carne y hueso del ojo del pastor. Como nada fuera posible, se presentó allí la reina de las aves: el águila. Una semana estuvo el águila con toda su firmeza intentando desalojar los restos de carne y hueso del ojo del pastor. Como nada fuera posible, se presentó allí el rey de los animales marinos: la ballena. Y la ballena, una poderosísima criatura, al fin, siete días después, consiguió lo que nadie había conseguido.

Y allí, a la orilla de la mar, quedaron los restos de carne y hueso que habían estado casi un mes en el ojo del pastor. Todos se fueron y otros acabaron por llegar. Hay sitios por donde nunca pasa nadie y hay otros, la verdad, muy concurridos. El caso es que, aquel triste pellejo, recuerdo pobrísimo de lo que un día fuera magnífico toro, tendría una nueva vida. Porque unos comerciantes que advirtieron en la playa los dichos materiales, pensaron que podrían valerse de todo lo que veían, para construir un ferial con el sobrante que había llegado traído por las aguas. Creció un gran mercado y a continuación la señora prosperidad acogía a propios y extraños. Todo iba a acabar bien.

¿Todo? No. Una zorra, una raposa que pasaba por allí, olfateó el asunto y se dijo que en aquel bazar, en aquel mercado, en aquel zoco, había con lo que relamerse: ¡tantos días sin comer que cualquier manduca apaña! De modo que se puso a merodear en busca de la mejor parte. Y, claro, con el tira y afloja que vino a continuación, la ciudad de los comerciantes peligraba, podía desaparecer. Ellos, los fundadores, estaban desesperados. Iban a solicitar ayuda a sus dioses, aunque sus dioses nunca les tuvieran en cuenta.

Algo a punto de producirse, porque no les quedaba otra, cuando se presentó un niño. Un niño de meses. La criatura les dijo: esto es lo que os propongo: dadme un cañón y yo acabaré con la vulpeja. Luego, una vez muerta, nos repartimos la piel: vosotros os quedáis la mitad; con esa parte reharéis la estructura de vuestro comercio. Con la mía, tengo para seis camisas y doce pantalones. De modo que así hicieron y todo se resolvió conforme a lo que se dijo.

¿Acaba todo aquí? Ni mucho menos. Digan, ahora, los señores lectores, ellas y ellos, quién de todos los nombrados es más grande: el toro, el buitre, el carnero, el pastor, la zorra o el niño. Yo lo sé claro, pero ahora no puedo decirlo. Si tienen interés, ya preguntarán.

Texto agregado el 21-03-2025, y leído por 43 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
25-03-2025 Gran relato. Hermoso juego propusiste. vaya_vaya_las_palabras
 
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