La mansión de los Honner.
Alrededor del año mil ochocientos cincuenta, nacía en una ciudad cercana a Londres, Inglaterra, uno de los hombres que, llegaría a ser el más conocido, casi diría, del mundo. Enrique Honner era su nombre y provenía de una familia poderosa cuyo padre era un hombre de negocios como lo sería él mismo con el correr de los años.
En mil novecientos, luego de haberse casado y tener una familia compuesta por su mujer y dos hijos varones, se instaló en Londres a la muerte de su padre y ahora con el doble de fortuna al ser único heredero, levantó una fábrica de armas de todo tipo que, por supuesto no sólo daría trabajo a cientos de obreros, sino que su capital aumentaría notablemente debido a que, por aquellos años, la gente solía andar armada. Y no sólo era la gente común la que compraba armas, el gobierno solía hacerle pedidos para batallones enteros algunos fuera de Inglaterra.
Enrique Honner con tanto dinero y no confiando mucho en los bancos, decidió invertir algo de aquel dinero haciendo una mansión para su familia en la que no faltara absolutamente nada y fue así que contratando a los mejores arquitectos de la época y dando las órdenes respectivas con respecto a lo que tenía en mente, fueron levantando la mansión que sería la vivienda de la familia por siempre.
Tan hermosa era aquella mansión que muchos quisieron comprarla, pero jamás la vendió.
Sus hijos, Enrique y Ernesto, al ser mayores, se casaron y también abandonaron la mansión, pero pronto vendrían los nietos que la volverían a alegrar. Pero, como en todas las familias, una desavenencia con Enrique, el hijo mayor hizo que su padre le pidiera que no volviera que ya no era bienvenido a la familia ni a la casa familiar. A pesar de los ruegos de la madre, el hijo mayor se marchó con su esposa e hijos para no volver a saber de ellos, sólo a su madre la cual veía de vez en cuando sin que su padre se enterara.
Y así fueron pasando los años, la fábrica de armas seguía y su dueño amasando una fortuna cada vez mayor.
Enrique Honner siempre fue autoritario, pero no una mala persona y con los años lamentaba el no poder ver a su hijo y a sus nietos que por aquél entonces ya habían abandonado el país para vivir en América ya que sus estudios lo llevaron lejos en su profesión, abogacía.
Dos hijos, tuvo el abogado y con la muerte de la madre, no volvió a pensar en su antigua familia ya que su hermano Ernesto se había puesto de parte de su padre en aquella discusión que lo apartaría de la familia. Algunos años después Enrique Honner padre, el dueño de la mansión, moría a una edad muy avanzada de causas naturales, aunque muchos no lo creían así, siempre fue un hombre sano que jamás necesitó de un médico y en pocos días muere sin que los médicos pudieran saber la causa, hay quienes creen que murió de pena al no volver a ver a su hijo.
La mansión seguía en la familia y Ernesto era quien seguía con la fábrica llevándola muy bien gracias a los consejos de su padre que le enseñó todo respecto a cómo dirigirla.
Ernesto no tuvo hijos y su esposa murió joven por tal motivo el hijo de Enrique Honner murió de vejez, pero sólo.
La mansión fue cerrada pero como era un hombre prevenido, los impuestos se pagaron por adelantado para que nadie pudiera adueñarse de la misma por mucho tiempo. Ernesto nunca más supo de su hermano, aunque mucho fue lo que lo buscó, arrepentido por no haberlo defendido en aquella terrible pelea con su padre y pensó que algún día lo volvería a encontrar y que cuando él muriera la mansión pasaría a sus sobrinos si es que su hermano ya no vivía.
De más está decir que Enrique el hermano de Ernesto no se enteró del fallecimiento de su hermano y siguió haciendo su vida junto a su mujer y sus hijos en América, pero, en esta vida todo se sabe, tarde o temprano y debido a que sus hijos estudiaron y se recibieron, el mayor de arquitecto y el menor de abogado siguiendo los pasos de su padre, cierto día el hijo mayor llamado Enrique como su padre, encontró un artículo en el Times, diario que compraba por encargo, donde se mencionaba a alguien con su apellido y llevó el recorte del diario a su padre quien le dijo que efectivamente, era un artículo sobre su familia, la que había dejado en Inglaterra y de la cual no volvió a saber tras la muerte de su madre.
El artículo hablaba de la mansión que había quedado sola en espera de alguien que la reclamara y el muchacho pensó que ese alguien no era otro que su propio padre y luego de una reunión de familia, los Honner decidieron viajar a Londres para ver qué era lo que había sucedido.
De más está decir que el hijo menor, abogado, juntó todos los documentos necesarios para con ellos presentarse como legítimos herederos, no sólo de la mansión, sino de la fábrica que había seguido funcionando gracias a la previsión de Ernesto que había dado un poder al gerente y al abogado de la empresa para que siguiera funcionando hasta que encontraran a su hermano.
Allí estaban ahora los Honner, padre e hijos frente a una mansión en ruinas que a pesar de todo aún tenía su encanto y con la llave en sus manos, Enrique se llenó de recuerdos al entrar en ella.
Sus hijos también la recordaban, aunque era chicos cuando la vieron por última vez.
Todo parecía estar igual, nada fuera de su lugar, aunque sus muebles y sus paredes no parecían lo que habían sido, el tiempo no pasa solamente para el ser humano, las cosas materiales también se van muriendo de a poco.
El capataz que, a pesar de ser muy mayor, aún cuidaba la mansión, mantenía siempre una habitación pronta para ser usada tal como su antiguo patrón se lo pidiera, para cuando volviera Enrique, su hermano, como solía decir y esa noche padre e hijos se quedaron en la vieja mansión.
Aquella fue una noche inusual, la casa hacía unos sonidos raros y por momentos parecía que iba a desmoronarse, pero el capataz ya se los había advertido, era una casa con demasiados años y tal vez sólo estuviera esperando a los últimos Honner para derrumbarse.
Enrique el padre de los muchachos no pudo dormir, veía a su padre parado frente a su cama muy serio diciéndole que era hora de olvidar el pasado, que dejara aquella mansión que ya había cumplido su cometido y se fuera de ella lo antes posible.
Sin pensarlo dos veces, el hombre llama a sus hijos y de madrugada aún, salen de la mansión de donde algo parecido a una nube con forma humana vieron alejarse hacia el infinito.
Minutos más tarde un fuerte viento derrumbó la vieja mansión dejando sólo ruinas y recuerdos.
El asombro fue tal que sus hijos no podían creer lo que había sucedido, pero el padre con muy buen tino les contó lo que le había sucedido esa noche al ver a su padre junto a su cama hablándole. Por la mañana nada quedaba de la mansión, dejaron dinero al capataz por su trabajo y se marcharon hacia la fábrica.
Enrique supo desde el momento que entró en ella que aquello no era lo que él quería y estaba seguro de que a sus hijos tampoco les hubiera gustado y decidió entregarla a la ciudad, ni él ni sus hijos la necesitaban para vivir y así de común acuerdo padre e hijos se van por segunda vez de Inglaterra, pensando que como experiencia les había servido, pero que a veces hay que sepultar el pasado y dejar ir a los fantasmas del mismo. La familia Honner fue olvidada, la fábrica cambió de nombre y en América seguirían con sus vidas de ahí en más serían más unidos que nunca y Honner sería un apellido más del cuál estarían orgullosos, pero por méritos propios.
Omenia
12/3/2025
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