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PIETRO Y JERÓNIMA

Hay ciudades en las que, en ocasiones, es imposible la coincidencia entre residentes y visitantes. No porque no se vean, no porque interaccionen por separado, es que ni siquiera duermen todos a las mismas horas. En estas ciudades, cuando los obligados y los ociosos están despiertos, pase lo que pase, por ejemplo entre las sombras de un viejo barrio, lo inesperado se desea, siempre que haga de las cosas un triunfo propio. Y, de una de esas ciudades, voy a contar algo. De una de esas ciudades y de un tipo. Un solitario firme, elegante, incapaz de quitarse el sombrero, incluso cuando se le ha visto en el interior de distintas casas abiertas al público. Siempre vestido con el mismo gabán oscuro, gastado; siempre con las manos enterradas en los bolsillos. Mirando torvamente a través de unos ojos acristalados. Sonriendo con expresión desagradable. Pero no porque sea mal encarado, que lo es, sino para deslumbrar a aquellos con los que trata: el destello de su colmillo de bronce, aunque asegure que es áureo, produce fascinación. Es incomprensible, pero, el asombro con el que cree que los demás responden a su extraña mueca, basta, en casos de apuro, para ganar el horizonte o para aferrar con su puño diestro la palpitante víscera del enemigo. Este al que me refiero camina sin descanso. Otra vez la noche no es una buena noche.

Sin embargo, a pesar de que no lo sepa todavía, ocupa el asfalto como lo ocupa una mujer. No porque finja modos de damisela para entretenerse: es que otra sombra entre las sombras, una sombra femenina, deambula sin rumbo fijo, aunque con orden. Por cierto, no se aventura por otros territorios: insiste en desplazarse hacia un extremo de la avenida o regresa hasta el otro. Podría decir de sí misma que la vida ha sido ingrata y los resultados de ese devenir aciago están a la vista. No obstante, hay que hacer lo que se debe y nada va a apartarla de sus objetivos. Es un juego peligroso, pero todavía le quedan encantos. Y, si la bronca del camino lo exigiera, alojado en el bolso, descansa su fiel compañero con toda la familia de plomo para disuadir a los pelmazos.

Está siendo una noche desmayada. El hombre, pongamos que se llama Pietro, anda pendiente de cada rincón, de cada arista, de cada cola de rata. Todo lo que se mueve es una alcancía que romper. La mujer, pongamos que se hace llamar Jerónima Balasera, acaba de refugiarse en un zaguán, para acomodarse cierta parte de su ropa interior porque la molesta. “Zafia”, suele decirse, “solo en horas de trabajo”. Además, toma de la botella, que para eso nunca falta sitio en el interior del bolso. Sale después, y Pietro, como un agujero negro que absorbe todos los rangos de luz, advierte los destellos del astro que ha de ser su presa.

Ella, se da cuenta de todo. Tiene una habilidad innata: detectar la basura sin necesidad de pisar mierda. Como el más rápido de los pistoleros de las películas, desliza su mano zurda dentro y extrae del bolso al amigo justiciero. No porque quiera enviar al otro al camposanto. No. Se trata, tan solo, de hacer como las ranas de colorines: “Te aviso de que soy venenosa”.

Pero no hay música, no hay distancia, no hay relato con espacios para repetir ininterrumpidamente la misma imagen. La tensión es un producto de la velocidad. Pietro, puñal en ristre, se lanza de tal modo que, la dama candidata a ser su víctima, contemple el registro facial de la perdición; Jerónima, en la confianza de quien se siente respaldada por un titán, dispara… Los dos caen. Ella herida de muerte. Él, para su sorpresa, muerto ya.

Luego... luego nada. Se hace mucho ruido cuando las brusquedades se manifiestan. Mucho ruido cuando nadie quiere escuchar. Y, por eso, se disuelve el fragor. La vida, con la muerte en cualquier lugar, continúa.

Nadie se acercó, nadie preguntó, por tanto. Pero un borracho que pasaba por allí, al tropezar con los cuerpos de la extraña pareja, recogió el puñal, se quedó el revólver y guardó la poca plata que encontró entre el resto de las pertenencias de los finados. Eso lo sabía hacer. Era un especialista. Y al marcharse, tarareó una desafinada melodía que parecía burlarse de todo y de todos.


(Sí: "basado" en la famosa canción.)

Texto agregado el 14-03-2025, y leído por 69 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
18-03-2025 Trágica historia, contada de un modo muy personal y con tintes humorísticos al final. Me gustó. maparo55
16-03-2025 Hasta podría ser cómico, de no ser por la realidad de la vida que nos hace ver cada día algo igual o parecido, como si la humanidad se estuviera aprontando para volver al principio cuando mataban para vivir. Saludos. ome
 
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