En una hermosa tierra llamada Costa Rica, vivían cinco primos hermanos: Emilio y Isidora, quienes eran hermanos; Eloy y Amalia, también hermanos; y Gaspar. Todos ellos disfrutaban cada momento que pasaban juntos, pero lo que más esperaban era la visita de su prima Fiorella. Fiorella venía de lejos y siempre traía historias fascinantes que hacían volar su imaginación. Cuando llegaba, todos se reunían en casa de los abuelos, Abuelo Eustaquio y Abuela Herminia, quienes vivían en los apartamentos "Indiana". En su casa había una acogedora sala con puertas de vidrio que se abrían hacia un balcón y un patio donde los niños pasaban horas jugando.
Una tarde, Fiorella les contó sobre dos mundos paralelos: un mundo bondadoso donde todos eran felices y otro, su reflejo, donde las mismas personas eran gruñonas y malhumoradas. Pero lo más sorprendente era que, en una esquina mágica del patio, existía un portal secreto que les permitía viajar entre estos mundos.
Para cruzar al "Mundo al Revés", los niños debían girar varias veces hasta marearse un poco. Al detenerse, de repente, se encontraban en el mundo opuesto. Todo parecía igual, pero con una energía distinta. Si en su mundo real los adultos eran cariñosos y amables, en el mundo al revés parecían fríos y molestos.
Con corazones acelerados y sonrisas traviesas, los primos caminaban de puntillas hasta la sala, donde los adultos conversaban. Al verlos entrar, alguien solía preguntar con voz extrañada:
—¡¿Qué hacen aquí?! Vayan a jugar afuera.
Los niños se miraban asombrados: ¡Era la prueba de que estaban en el mundo al revés! Y sin dudarlo, salían corriendo de regreso al patio para encontrar la esquina mágica y volver a su mundo bondadoso.
Pero había un personaje especial en sus aventuras: el Tío Pon. Cada vez que los primos estaban en el mundo al revés y se asomaban a la sala, Tío Pon estornudaba ruidosamente. ¡Era una señal aterradora! Los niños, con risas y gritos, corrían sin parar hasta la esquina mágica, giraban y, por fin, regresaban a su mundo feliz.
Día tras día, los primos jugaron a este maravilloso juego, creando recuerdos inolvidables. En cada risa compartida y en cada carrera hacia la esquina mágica, fortalecieron un lazo inquebrantable que los uniría para siempre. Porque, al final, no importaba en qué mundo estuvieran; lo verdaderamente mágico era el amor y la alegría que los rodeaba.
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