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La Chica del Paraguas

Recién llegado a la población CORVI, en la periferia de Valdivia, mi primera vivienda estaba en un pasaje, a solo dos cuadras del cerro. Para un niño de doce años, era un paisaje lleno de misterio. ¿Cómo sería subir? ¿Qué habría al otro lado? Sin embargo, antes de la ladera, un pantano infranqueable se extendía como un límite invisible, cubierto de arbustos y zarzamoras. No se divisaba un sendero.

Dos cuadras más allá, habían rellenado el terreno y construido una posta rural en altura. Dos cuadras al otro lado, un espacio despejado servía de estacionamiento para carretones. Desde allí, los caballos de tiro bajaban al pantano, hundiéndose hasta las patas en el barro.

De día, el paisaje tenía un encanto melancólico, verde y húmedo, propio de Valdivia. Pero en las noches lluviosas, todo cambiaba. Más allá de la luz de las farolas, el mundo se desvanecía en un muro negro de sombras y neblina. Me fascinaba la idea de cruzar el pantano y subir el cerro, pero nadie compartía ese deseo.

Durante los primeros meses, mi única incursión en el pantano fue con mis compañeros de curso, en busca de huevos de rana y culebras para el laboratorio de biología. Apenas metimos las botas unos centímetros en el barro antes de retirarnos. Comprendí entonces que el pantano era más profundo de lo que parecía.

Una noche de invierno, bajo una lluvia torrencial, bajé del bus tras el colegio y caminé por la vereda que bordeaba el pantano. Me entretenía mirando hacia la oscuridad cuando una niña con uniforme escolar me alcanzó y me ofreció compartir su paraguas. Caminamos juntos hasta la altura de mi pasaje.

—Vivimos cerca —comentó.

Crucé la calle. Al llegar al otro lado, me volví para despedirme… pero ya no estaba. Se había esfumado.

Encantado por el encuentro, cada noche lluviosa transitaba por esa vereda con la esperanza de volver a verla. Lo intenté también de día, sin éxito. Hasta que, en otra noche de lluvia intensa, la vi de nuevo. Se acercaba con prisa, escapando del aguacero, pero pasó de largo sin levantar la mirada. No me atreví a hablarle; esta vez no llevaba paraguas. La observé alejarse hasta que, a pocos metros, desapareció.

Culpé a la neblina, a la intensidad de la lluvia. Quizás había cruzado la calle sin que lo advirtiera. No le di mayor importancia, pero me prometí que, si la volvía a ver, le hablaría.

Los siguientes días la esperé impaciente. Cuando llovió con furia, apareció. Esta vez caminaba más despacio, guarecida bajo su paraguas. Al verme, sonrió.

—De nuevo mojándote —dijo.

Me ofreció cobijo bajo su paraguas y caminamos juntos. Le conté que, la vez anterior, no me había reconocido y que había desaparecido repentinamente. Se mostró sorprendida.

—Vivo ahí, en el segundo poste —me señaló.

«Ah», pensé. En el pasaje siguiente al mío. Confirmé que, aquella vez, debía haber cruzado la calle y, por eso, la perdí de vista.

Mientras conversábamos, la lluvia arreció con furia. De pronto, se despidió con prisa y comenzó a trotar. Intrigado, decidí no perderla de vista para confirmar que entraba en su pasaje. Pero, al llegar al segundo poste, en vez de cruzar la calle, giró sin detenerse y se internó en los matorrales, hacia el pantano.

Atónito, caminé hasta el lugar. La vi desaparecer entre la maleza y quise seguirla. Entonces, entre la lluvia, su voz me detuvo:

—Vete a casa. Estás empapado. Cuidado al cruzar la calle.

Puse un pie en el barro, pero se hundió hasta el tobillo. Desistí.

Al día siguiente, recorrí la zona buscando algún sendero entre los matorrales. Caminé toda la cuadra, por si me había confundido de poste. Pero no. Ahí era.

Desde entonces, en las noches, cada vez que llovía torrencialmente, la esperaba. A veces aparecía y conversábamos. Me contaba sobre su vida, me daba consejos. Nunca mencioné a nadie nuestros encuentros.

Con el tiempo, fui conociendo a mis vecinos. De ellos, escuché hablar de viejas leyendas que circulaban de generación en generación. Una de las más recientes era la de «la estudiante del paraguas», que caminaba por las noches cuando la lluvia caía con furia. Decían que la atropelló un camión en plena tormenta y que el impacto la lanzó al humedal. Nunca encontraron su cuerpo.

—Sí. Se llamaba Andrea —respondía, sin llamar la atención.

Texto agregado el 09-03-2025, y leído por 49 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
09-03-2025 Me agradó tu cuento, a veces suceden cosas inexplicables y surgen leyendas, pero... ¿Quién puede asegurar que no sean ciertas? Saludos. ome
 
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