Enrique despertó sobresaltado, empapado en sudor, con la mente agitada por el mismo sueño perturbador que había tenido varias noches seguidas. Soñaba que era una rana, huyendo, escondiéndose, luchando por sobrevivir en un mundo hostil y caótico. No podía soportarlo más. La fatiga mental y emocional lo estaban llevando al límite.
Aquella mañana, se dirigió a su oficina en el centro de Santiago con un nudo en el estómago. Tenía que presentar una nueva estrategia de marketing agresiva, directamente atacando a la competencia, tal como su jefe había solicitado. La presión era inmensa, pero estaba seguro de que su propuesta sería bien recibida.
La tarde trajo consigo una reunión con los diseñadores gráficos en una moderna sala de conferencias. Les costaba captar la esencia de la estrategia, y Enrique sentía que su paciencia se agotaba. ¿Cómo transmitirles la agresividad y contundencia que su jefe exigía? La frustración aumentaba mientras intentaba ajustar los diseños, y la sombra del sueño de la noche anterior seguía acechando en su mente.
Esa noche, el sueño de rana regresó, más vívido y angustiante que nunca. La sensación de ser una presa, de huir de las aves de rapiña, se mezclaba con un profundo dolor físico y emocional. La falta de oxígeno lo obligaba a emerger solo para respirar, y la desesperación lo mantenía en alerta constante.
El día siguiente no fue mejor. La reunión con su jefe no resultó como esperaba; quería una campaña aún más agresiva. Enrique se vio obligado a buscar en lo más profundo de su ser aquellos sentimientos agresivos que normalmente reprimía. El esfuerzo por sacarlos a la superficie lo dejó exhausto, pero finalmente creó una estrategia que cumplía con las expectativas de su director.
La noche trajo un nuevo capítulo en su sueño de rana. Esta vez, la lucha por aparearse era intensa y caótica. La hembra era el doble de su tamaño y él, desesperado, se encontraba en una batalla desordenada con otros machos. La excitación en el aire era palpable, y cuando finalmente logró fertilizar los huevos, sintió una extraña mezcla de placer y repulsión.
Enrique decidió acudir a su amigo psicólogo, quien le explicó que sus sueños eran una forma de desahogo del estrés acumulado. Le recomendó sesiones de hipnosis para aliviar su mente. Aceptó y comenzó el tratamiento, esperando encontrar alivio.
Sin embargo, el trabajo seguía siendo una fuente constante de presión. La competencia lanzó una campaña aún más agresiva, dejando a su equipo sin respuesta. Sus ideas quedaron obsoletas y debía replantearse toda la estrategia. Además, una discusión con su novia empeoró su estado emocional. Su orgullo le impedía pedir disculpas, y la relación se deterioraba.
Las sesiones de hipnosis finalmente ofrecieron un respiro. Después de la tercera sesión, Enrique se sintió relajado y listo para una noche de sueño tranquilo. Decidió llamar a su novia, tragarse su orgullo y pedir disculpas. Era la única mujer con la que creía que podría compartir su vida y no estaba dispuesto a perderla.
Esa noche, tras la hipnosis, Enrique esperó cerrar los ojos y despertar como un hombre nuevo, sin los sueños angustiantes que lo habían perseguido. Pero el sueño que tuvo fue diferente. Soñó que era un ser humano, atrapado en una selva asquerosa de competencia, agresividad y mentiras. Soñó con una gran compañía atacándolo y con una hembra que se alejaba por instintos primitivos de odio.
Despertó con una terrible sensación de dolor y una claridad inquietante. Mientras se sentaba en la cama, su teléfono sonó. Era su jefe, llamándolo a una reunión de emergencia. Enrique suspiró, sabiendo que no había escapatoria. Se preparó y salió de casa, enfrentando un nuevo día lleno de desafíos, con la esperanza de que, tal vez, algún día, los sueños dejarían de perseguirlo. |