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SIEMPRE EN LAS SOMBRAS

—Empecemos de nuevo. Sí, todo lo que te diga lo escribís, todo. Y también lo que vos digas, eso también lo escribís.

—Bueno.

La vida es una mierda, no vale la pena ser vivida...

—¿Así empieza, tan negativo?

—Sí, por favor no me interrumpas.

—Bueno.

La vida es una mierda. Por suerte nunca he tenido hijos, traer un hijo a este mundo hubiese sido motivo de un gran sentimiento de culpa. Todo en la vida me ha salido ridículamente mal. Y ahora me encuentro enfermo, recientemente he descubierto que tengo asma.

—No exageres, el médico dijo que era una alergia, que te ibas a recuperar.

—Escribí lo que digo, hace de cuenta que es un cuento.

—¿Es un cuento? Me dijiste que era una especie de carta.

—Es un cuento, escribí por favor. Ahora poné como título: “Las cartas del fallecido señor Miranda”.

—¿Lo pongo ahora a continuación, o al principio de todo?

—A continuación.

LAS CARTAS DEL FALLECIDO SEÑOR MIRANDA

Todo empezó una fatídica mañana de 1940, mis viejos esperaban al único hijo que tendrían, al cual habían concebido a consciencia de lo que estaban haciendo. Mi infancia fue triste y solitaria, aunque había algunos momentos en los que me sentía unido a mi familia.

Mi adolescencia fue todavía peor, me sentía en el margen, estuviese donde estuviese, y hasta empecé a sentirme cómodo en esa marginación. Más o menos a los 15 años empezaron a salirme granos en la cara y en todo el cuerpo de una manera espantosa. Los tratamientos médicos no servían para una mierda. Me sentía humillado y estaba la mayor parte del tiempo encerrado en mi pieza. Así fue como empecé a escribir.

El problema de los granos fue desapareciendo, dejándome la cara llena de cicatrices. Otro problema que tuve durante mi adolescencia, y que estoy teniendo ahora nuevamente, es una alergia que hace que estornude, que se me pongan los ojos rojos, y en los peores momentos que se me cierren los bronquios dificultándome respirar.

Mi paso por la universidad fue decepcionante, pensé que habría más libertad e interés por el potencial de los alumnos. En vez de eso, se premiaba al más lamebotas y al que mayor capacidad de repetir lo que el profesor o los libros decían. No duré mucho.

Me fui de la casa de mis viejos y empecé a trabajar, pasé por todos los trabajos habidos y por haber. Vivía con lo justo, muchas veces no tuve para comer, muchas veces no tuve un techo donde dormir. Otras veces la comida, o la habitación que encontraba, eran por lo menos deprimentes. Pero nada de eso me importaba. Era más joven, cumplía la condena de haber nacido.

La mayoría de los trabajos en los que estuve me parecían una mierda, y no duraba mucho en ellos. Vigilante, limpieza, ayudante de cocina, distribuidor a verdulerías, carnicerías, etc. O me echaban o me hacía echar, o simplemente no aparecía más. Solo cobraba el último cheque y me lo tomaba en cerveza.

Siempre que podía escribía. La situación era tan lamentable que recuerdo una historia: tenía yo unos 30 años y me había olvidado de la escritura, estaba trabajando haciendo tareas de mantenimiento y limpieza en un edificio. No me iba tan mal, pero prácticamente no me quedaba tiempo. Llegaba a la pensión donde alquilaba una habitación, tomaba vino, dormía, y cuando me levantaba tenía que volver al trabajo. Tan poco tiempo libre me quedaba que me había olvidado de escribir. Siempre iba a un almacén que estaba en la misma cuadra de la pensión, pero ya era tarde y había cerrado, así que fui a otro, un poco más lejos. Mientras estaba esperando que me cobren vi a un costado mío que vendían cuadernos y biromes. Pensé en comprar un cuaderno y una birome, pero no me alcanzaba, tendría que dejar la botella de vino, así que me olvidé del asunto.

Unos días después encontré un lápiz tirado en el suelo de la pensión, y cerca de la entrada la dueña del lugar tenía su escritorio. Solo tenía que arrancar algunas hojas en blanco de su cuaderno y quedarme con ese lápiz. Así que una noche aproveché que no había nadie a la vista, y arranqué las hojas. Subí a mi cuarto y puse las 5 hojas al lado del lápiz. Descorché un vino y fumé durante una hora mientras miraba ese lápiz, estaba mordido, tenía poca punta, las hojas mal arrancadas, les faltaba la punta. Después de un rato de mirar me di cuenta de que necesitaría un sacapuntas. No pensé en nada mientras terminaba la botella de vino, y me fui a dormir.

Pasaron varios días hasta que me sorprendí a mí mismo escribiendo un relato. Simplemente salió de mí con total naturalidad. Poco después me echaron de ese trabajo por llegar tarde y faltar sin justificación. Las dificultades de ese tipo de vida no son nada provechosas para un escritor, excepto quizás, una vez que ya han pasado.

Con los años me vi varias veces más escribiendo algunas cosas, pero de manera intermitente. Luego de mis 40 empecé con poemas y tuve mis primeras publicaciones, lecturas y hasta libros publicados. Por esa época fue cuando lo conocí al escritor Miranda, le escribí una carta. Su respuesta fue contundente, me retaba como si yo lo hubiese insultado. Me enojé mucho con él, porque ya me sentía bastante castigado por todo el mundo, como para más. Yo veía en él a alguien que escribía lo que le salía de dentro, sin tapujos, con sinceridad. Así que mi respuesta no tuvo un tono menor al que él había usado, lo acusaba de muchas cosas, no estaba siendo muy justo con él. Y desde ese momento no dejamos de mandarnos cartas, ya de una manera menos agresiva. Puedo decir que él me acompañó, desde aquel momento en que yo no era nadie, hasta hoy, que puedo vivir de la escritura y tan cerca de mi muerte me encuentro...

—¿Otra vez exagerando? El doctor dijo que te ibas a poner bien.

—Puedo sentir que me queda poco, estoy débil, con los pulmones podridos.

—¿Todo esto es por los libros?

—No, basta por favor.

—Bueno, ¿sigo escribiendo?

—Sí, ya termino.

Así todo me llega tarde en la vida, ya no trabajo, hasta le pago a alguien para que escriba por mí. Miranda ha muerto y me ha dejado en su testamento sus libros. Pero no puedo leerlos, porque están llenos de polvo, y porque estoy enfermo, muy enfermo.

—Es cuestión de hacerles una limpieza, y de que te pongas bien. Cuando te sientas mejor retomamos las caminatas al parque, vas a estar bien, y vas a poder leer los libros de Miranda.

La publicación de mis libros, las relaciones con personas de intereses comunes, poder vivir de la escritura, las secretarias, la mujer de la limpieza, la casa, el auto, el interés de otras personas, todo, todo me ha llegado demasiado tarde.

Me compré esta casa hace dos años, antes alquilé un departamento durante varios años, y antes de eso solo habitaciones en pensiones mugrosas. En la casa actual cuento con mi biblioteca, donde están todos mis libros, y algunos otros. Y también tengo una nueva, donde he empezado a poner los libros que me regaló Miranda, no pude terminar con la tarea de acomodarlos porque me dio el ataque de asma.

—Se te cerraron un poco los bronquios nomás.

Y ahí están los libros de novelistas como Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Pushkin, Faulkner, Kafka, Kerouac, Burroughs, Bukowski, Onetti, Cortázar, Di Benedetto, etc. Mientras yo voy despidiéndome de este mundo.

—Fin.

—Bueno, qué trágico.

—Me servís un poco de whiskey.

—¿En serio? Está bien, pero si primero comés algo.

Texto agregado el 10-06-2024, y leído por 69 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
11-06-2024 Deja este oficio. Hacen falta carpinteros y jardineros acá en el norte, mejor dedícate a cosas así. eRRe
 
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