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¿Qué es la vida? -preguntó, lanzando esa frase al viento, imaginándola como se mecía entre vientecillos irresolutos. A pesar de la tranquilidad de esa tarde septembrina, sentía en su pecho ráfagas de preguntas incontestables.
-¿Qué es la muerte? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?
Al parecer, lo pacífico de esa tarde y la suave brisa que despeinaba el follaje recién crecido, lo alentaban a continuar disparando esas salvas de fogueo que no iban dirigidas a ninguna parte, pero que en su interior parecía que se formaban de un material incandescente.
¿Qué es el universo? ¿Cuáles son sus confines? ¿Y detrás de los confines, qué cosa existe?
Su padre lo consideraba un filósofo y su madre un vago que le hacía el quite a lo más tangible, que era el aquí y el ahora de esta existencia.
-No hace nada en casa. Se lo pasa apoltronado en un rincón preguntando imbecilidades.
-Querida, él está investigando el meollo de esta existencia. Si bien, no recibirá respuestas, todo esto lo motivará a estudiar, investigar, conocer de propia mano el origen de todo.
-¡Pero sí no hace nada! ¡No estudia, no lee y ni siquiera se preocupa de su pieza, que es un antro indescifrable de mugre!
-Te diré una cosa. El otro día se preguntó que era el sol y dijo algo así como “binaria” que me pareció extraordinario. ¿Tú conoces las estrellas binarias? Creo que no, pero él ya las intuye, lo que me parece magnífico.
-Binaria es la pereza que tiene. Harías bien en llevarlo a algún médico que le haga exámenes y descarte cierta enfermedad que lo pueda estar invalidando. ¡Porque para allá va!
Para el consultorio fue que partieron el padre y su mocetón, el primero, de malas ganas y el segundo, haciendo preguntas y más preguntas que no tenían respuesta:
-¿Cómo se genera la vida? ¿Existe vida inteligente en el universo? ¿Qué es ser inteligente?
Y el padre, fascinado escuchando tales preguntas que le brindaban inmensas esperanzas, asuntos concretos o promesas a punto de dilucidarse.
En la consulta el asunto no varió. El muchacho continuó preguntando una y mil cosas con su voz chillona de párvulo.
-¿Qué es un agujero negro?
Una muchacha de edad parecida a la suya y que aguardaba también en la sala de espera, le contra preguntó:
-Cómo te llamas?
-El muchacho, sorprendido, nada dijo, pero esa distracción le impidió formular la siguiente pregunta incontestable. Su rostro se contrajo, esforzándose por evitar que algún gesto se detectara en sus facciones.
-¿Por qué me interrumpes? -preguntó con acento neutral y que a los demás les pareció algo robótico.
-Preguntas demasiado, chico sin nombre. Y si sólo te detuvieras a investigar cada una de tus interrogantes, te sería más provechoso. Por ejemplo, preguntaste ¿qué es un agujero negro? y yo te puedo responder que según lo que ha descubierto la ciencia, son los restos congelados de viejas estrellas, tan densas pero tan densas que ninguna partícula material, ni siguiera la luz, es capaz de escapar a su poderosa fuerza gravitacional.
El muchacho guardó silencio. Acaso no esperaba que alguien respondiera alguna de sus preguntas. Pero dudó. Y antes que otra cuestión surgiera desde las calderas en las que se cocinaban sus interrogantes, carraspeó:
-Richard. Mi nombre es Richard. ¿Cuál es tu nombre?
-Angélica.
Un silencio gelatinoso pareció envolverlos a ambos. El padre contemplaba todo esto con mucha curiosidad. Sobre todo porque su hijo no volvió a formular nuevas preguntas y sólo respondía las miradas y sonrisas de la muchachita.
Existen asuntos que conmocionan la existencia, que surgen de pronto como una andanada que asalta, tritura y desconcierta. Mas, no es dolor, ni espanto ni nada parecido, sino una especie de éxtasis que se confabula dentro de cada hueso, se interna en la piel y queda a expensa de miles de pequeños insectos que sobrevuelan abriendo camino a la explosión final. Mieles y sedas que se precipitan oferentes para cada ser como regalo de alguna diosa.
Cuando el profesional llamó al muchacho, el padre se levantó y aproximándose al galeno, sólo le dijo: -Creo que ya no son necesarios sus servicios, doctor. Agradecido, de todos modos.
Parece ocioso contar lo que continúa. Porque ahora, Richard, ya adulto, se ha olvidado de esos temas trascendentales que acuciaban su interés. Quizás porque los hombres evolucionan y el muchacho se transformó en un profesional que en sus momentos hogareños, que no son muchos dado los requerimientos de su ocupación, pregunta a cada rato:
-¿Dónde está el control de la tele?
-¿A qué hora sirves el almuerzo?
¿Qué hora es? Ya tengo que irme.
¿Alguien me puede sacar el gato de acá que no me deja leer?













Texto agregado el 10-02-2024, y leído por 131 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
21-02-2024 Que buen texto. Que bueno que esa muchacha lograra lo que nadie hizo . //Existen asuntos que conmocionan la existencia, que surgen de pronto como una andanada que asalta, tritura y desconcierta,,//***** Un fuerte abrazo querido guidos. Victoria vickilina
12-02-2024 Uno a veces se hace esas preguntas que no tienen respuesta. Creo que mejor es no pensar tanto TETE
11-02-2024 —Hola amigo, tantas lunas... bueno la verdad es que no tantas, tan solo un ciclo lunar, desde el 12 del mes pasado. —En cuanto a lo que hoy narras, como siempre interesante en su fondo y que además me lleva a pensar en respuestas para ese muchacho, las que también quisiera para mis propias inquietudes. —En este caso él comenzó a tener respuestas cuando se sintió obligado a contestar una simple contra pregunta, algo que nadie antes le había hecho. —Saludos y un abrazo. vicenterreramarquez
11-02-2024 Has vuelto guidos y con una gran narrativa. Me encantó leerte. yosoyasi
 
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