Nos conocimos por equivocación, una noche atiborrada de estrellas que iluminaban tenuemente los pasillos de un edificio en ruinas, yo estaba tirado en un rincón a un lado de una puerta destartalada, sin tener la más mínima idea de cómo había llegado allí. Tenía los brazos torcidos, mi espalda encorvada, el cuello doblado y el rostro contra la pared; una de mis rodillas apuntaba al techo y mi garganta, lengua y paladar quemaban de tan secos, como mi cerebro, pues no recordaba nada.
En fin, como pude me levanté, sacudí un poco mi cuerpo e inicié una exploración mínima. Miré hacía todos lados buscando en aquel muladar algo que pudiera ubicarme; pero regresé enseguida. Esa primera puerta –me dije— ésa, seguramente, era la clave. Confiado le di entonces un par de golpecitos esperando apareciera la cara de algún conocido.
No fue así. Después de una fuerte explosión se abrió la puerta y miré “eso”: "¡Eso!" "¡Eso estaba ahí!, al fondo, recargado contra la pared". Nada más verlo retrocedí dos pasos muerto de miedo. En un instante se habían encendido todas las alarmas en mi interior.
Percibía “algo”, me miraba, lo miraba. Sabía qué era, nos conocíamos, hasta puedo decir que sabía su nombre y su número de serie. Lo que no entendía era mi miedo, el profundo terror que me causaba verlo.
Retrocedí otros dos pasos más. "Quizá carecía de los mecanismos de defensa necesarios y por tanto no estaba preparado para tal encuentro", razonaba.
Entretanto, mi cabeza casi como un organo independiente, colocaba bloque tras bloque, estructurando mis recuerdos y tratado de transformarlos en ideas, mientras en ese destartalado corredor mi espalda y manos se aplastaban contra la pared. Y todo se debía a que aquel desconocido se perdía en los infinitos meandros de la existencia, era la "nada", no podía describirlo de otra manera, no tenía sentido, era como desfondarse y caer y seguir callendo, sin asidero alguno. Y yo estaba ahí, aturdido, estático, sin memoria, y con unos ojos inmensos que no miraban o miraban, pero miraban sin ningún propósito, aquello no podía definirse, semejaba el caos, algo que está y no está y que absurdamente nunca estuvo. No era un ser humano sino una silueta carente de relieve. Es decir, sólo mostraba el contorno. Una estampa irreal, negra y posesiba irradiendo un silencio ensordecedor, una fuerza desconocida sin apice de vida, la desesperación más honda comprimida en un vacuo agujero imposible de describir. No pude soportarlo, desvié la vista, sentía una infinita pesadumbre y ésta iba dominándome; si seguía allí podía desaparecer o volverme loco, de modo que eché a correr.
Corrí, bajé escaleras, pisos, pasé por corredores polvosos, máquinas de algún tipo, esquivé piedras, hierros retorcidos, materiales de construcción, lozas, cables sueltos, láminas de estancias destruidas, puertas, ventanas rotas, avancé por pasillos estrechos, largos, anchos, hasta que vi a lo lejos una puerta; la puerta estaba abierta y dentro brillaba una luz. No lo pensé y entré enseguida, si no era mi departamento no importaba, yo entré y me derrumbé en algún lugar, todavía agitado. En ese momento se escuchó una voz de mujer, me preguntó gritando qué donde había estado. Le dije que por ahí, confundido pero gustoso de oír su voz. "Por ahí es peligroso", me contestó ella, y salió del cuarto contiguo. Era una muchacha. Salió limpiando sus manos en un curioso delantal que resplandecía.
“Qué bonita”, me dije, observando sus rasgos suaves, su mirada dulce y su aire tímido y melancólico, lo cual me tranquilizó aun más y evaporó por completo mi miedo. Ahora estaba calmado y atento, casi alegre.
A lo lejos se oían una serie de rechinidos, crujidos, pequeñas explosiones y silbidos de máquinas de algún tipo que me hizo suponer cerca alguna zona en construcción. Ella entretanto recorrió con la vista el cuarto, volteó, giró dos veces en círculo, luego se metió de nuevo en la otra habitación. Me pareció que buscaba algo. “¿Buscabas algo, mujer?”, le grité. “A ti”, dijo ella, con voz resignada, “pero al parecer sigues muerto, por eso sólo escucho tu voz”. Reí, de buena gana. “¿Muerto?”, le dije. “Desde hace tiempo”, contestó ella. “No te veo desde hace 5000 años. Un día saliste y ya no regresaste más. Por eso sé que estás muerto”. “¿5000 años?”, le pregunté. “Entonces tú también debes estar muerta; además, ¿cómo es posible que platiques con un muerto? ¿Un muerto puede platicar?” (No sabía a dónde iba con su cuento).
“Eres un tonto”, me dijo: “Platico contigo porque tú platicas conmigo. ¿Qué querías?”. Había un gran boquete en la pared derecha cubierto con una especie de burbuja acuosa. Entraban multitud de luces de colores por allí. "¿Y qué haces metida en ese cuarto?", pregunté, y me tallé los ojos. ¿Aquello era un boquete o una ventana? La burbuja parecía un pupilente o quizá una córnea gigante. Ella dijo: “Cocinando, qué más”. Y yo: “¿O sea que a un muerto le es posible alimentarse, o para quién cocinas?”. Me daba risa su parodia. “Para ti”, dijo ella. “Te pongo un plato de comida como recordatorio para mí misma de que todavía vives; aunque sé bien que no. Desde luego no he podido olvidarte como no he olvidado lo distraido que eres; hacerme la idea de que todavía vives me hace más llevadera mi soledad, 5000 años son muchos, sabes”, dijo, y salió otra vez a asomarse, esta vez llevaba algo en las manos.
Era de estatura mediana. Muy joven. 25 años quizá. Con facciones de niña o jovencita inocente, de tez morena clara y cuerpo delgado y ágil, muy sexy, tan sexy como el de una corredora de 100 metros. “Vaya”, le dije: “Pues qué bien te conservas", y la miré de reojo: ¿5000 años? “Ja, ja, ja”, reí. ¡Dios!, si irradiaba más luz que la luz de una Supernova o que el mismísimo Big Bang. ¿Qué quería la pobre? ¿Para qué tanto bla-bla-bla? Seguro se me fue el tiempo y ahora que volvía la mujer exageraba quejándose de que eran milenios. Sí, supuse. Por eso su drama.
Entonces la pantomima de sostener una charola en sus manos prosiguió. Caminó un poco, estiró diligentemente sus brazos y la “colocó” en la mesita de centro que estaba frente a mí; después, con delicadeza, empezó a “poner” cosas de la charola en la mesita. Cuando terminó, se quitó el delantal, lo dejó caer a un lado y volteó a mirarme.
Entonces la vi en toda su magnitud, ¡qué hermosa era!
Nos miramos. No me veía, pude notarlo, estaba ahí, pero no me miraba, miraba sin mirar, un punto muerto, quiza. Entonces me di cuenta que las luces no salían únicamente de su delantal sino de su cuerpo. Son las mismas que entraban por el boquete, esas luces chocaban o atravesaban su cuerpo iluminando toda la estancia. Un verdaero espectáculo. Mi anfritiona fulguraba como una gran gema preciosa. "¡Qué paisaje!", pensé. "¡Qué colorido y encanto! ¡Era un gozo ver aquello!". Pero las luces no salían de ella sino de su traje, un traje deportivo hecho a la medida, de material ajustable, reflejante, yo mismo usaba uno, solo que totalmente oscuro. No me había percatado porque no estaba para percatarme de nada. Ahora mismo también percibía el desaguisado recibimiento de ella. ¿Qué le pasaba? ¿Por quién me tomaba? ¿Quién era ella? ¿Para qué tanto cuento? ¿Qué pretendía? A estas alturas su broma no tenía sentido. De hecho, empezaba a inquietarme.
Entonces le guiñé el ojo buscando entrar en confianza, pero nada; luego le saqué la lengua y fruncí la nariz, pero tampoco reaccionó. ¿Qué significaba aquello?, me pregunté. ¿Sus ojos tristes eran tristes de verdad? ¿No estaba fingiendo? Además, su tono, su aire..., ahora por ejemplo estaba frente a mí y parecía una estatua: no pestañeaba, no movía un dedo, podía caerse el techo o el edificio entero y ella seguiría igual: daba miedo. Hasta pensé en zarandearla o cachetearla, cualquier cosa pero que volviera en sí. Sin embargo dudaba. Había algo en sus ojos y un lugar en mi interior donde sus palabras cobraban sentido.
Por tanto sacudí mi cuerpo, tragué saliva, respiré profundo "y bien", me dije, "no estoy muerto, por tanto averigüemos qué pasa. Estaba aquí, ¿no? ¿No buscaba eso ella? Además su queja no era de reproche sino de aflicción. ¿A quién se dirigía entonces? ¿A quién esperaba?" “A ti”, dijo ella de repente como si hubiera leído mis pensamientos. “Te he dicho que llevo 5000 años esperándote”. “¿Entonces quién o qué soy yo o por qué no me reconoces?”, brotó de inmediato el cuestionamiento. Necesitaba respuestas. “No las necesitas”, dijo ella, volviendo a leer mi mente, y, esquivando la mesita y dando dos pasos más, agachó su cuerpo, y fijando sus ojos en mi rostro: “nada más no pienses”, susurró, “mírame, concéntrate, mírame bien (y miré sus ojos) así, sigue mirándome, eres tú, siente, no pienses, estás aquí, no necesitas saber más”, dijo.
Entonces repentinamente cambió su expresión, irguió su cuerpo y con tono firme exclamó: “levántate y abrázame”. Ella sabía lo que decía porque en lugar de proceder como quería no hice nada. ¡¡Nada!! No me levanté ni pronuncié palabra alguna, aunque todo mi ser se convulsionaba por abrazarla. Algo pasaba. ¿Por qué no podía hablar y por qué no podía moverme? Estaba inutilizado, con la mente lúcida pero el cuerpo frío, me faltaba algo, no sabía qué. “Tamara, Tamara”, vino a mi mente entonce ese nombre una y mil veces. “¿Eres tú, Tamara?” Los chirridos y explosiones afuera seguían y no daban tregua a la reflexión serena. Todo temblaba: el techo, el suelo, las paredes. ¿Qué pasaba? ¿Qué le pasaba a ella? ¿Y por qué esta parálisis? ¿Por qué no podía expresarme?
Confundido, me incliné, tomé mi cabeza con mis dos manos y sentí un boquete en la parte frontal. “Son los circuitos de reconocimiento”, escuché. “Por eso no recuerdas”. Luego palpé dos placas, ambas de forma rectangular haciendo curva en la parte occipital de mi cabeza. “Fuiste programado”, dijo ella, “igual que yo”. Y se dio media vuelta. Las luces que entraban por la burbuja acuosa parecieron distraerla. “Eres un modelo diseñado con particularidades específicas para un comprador específico”, señaló. Luego dijo que su comportamiento era una estratagema. “No podemos sentir afecto por nadie, excepto por y para quienes fuimos diseñados”.
“¿Y cómo puedes mostrarte cariñosa conmigo?”, le dije. “No me dirijo a ti, no te confundas”, respondió y volteó hacía mí. “No lo sabes pero eres una antena, emoción pura. Amas como yo. Para eso fuimos creados. Experimentamos miedo, dolor, tristeza, pero no violencia, porque carecemos de circuitos que produzcan estados de enojo. Todo esto me lo contó mi dueño”. Y su mirada se opacó un poco. Sin embargo un imperioso deseo bullía en mí y no cesaba. Ese deseo (estaba seguro) es el que me había llevado hasta ella. Mientras tanto los destellos seguían, los temblores, los rechinidos. Ella ahora se había puesto en cuclillas y deslizaba sus manos sobre mis piernas, sin despegar sus ojos de mí. “No digas nada”, dijo, “sólo siente, aspira, relájate, déjate llevar”, y, acercando su rostro al mío, “mírame”, dijo, y sus ojos parecieron desprenderse y convertirse en los mios: “no nos conocemos pero estructuralmente somos idénticos, por eso llegaste hasta aquí; pasó, y eso es bueno”.
"Amor", susurró entonces, apoyándo el costado de su cabeza entre mis piernas, dijo: “te he extrañado tanto, no supe qué hacer sino seguir como si no te hubieras ido”. Por mí parte yo no entendía nada pero cada palabra suya era como una hermosa nota en una tecla de piano: parecía que cantaba, y era dulcísima su voz: una melodía impregnada de sentimiento, la más bella que haya escuchado jamás. Luego elevó su cuerpo, pegó su mejilla contra la mía y con un dedo en sus labios, “shhhhhh” calmó mis dudas, “nada ha pasado, estás en casa”, dijo. “Estoy tan contenta", siguió, “por fin juntos”, y parecía deslizar las frases como se deslizan las caricias, “mírame, quiero mirar que me miras, saberte conmigo”.
“¿Qué soy yo?”, dije entonces. “Un flujo”, contestó ella, separando rápidamente su rostro del mío. Luego: “mi flujo lleva 5000 años sin reciprocidad”. “¿Quién eres?”, le pregunté entonces. “¿Me amas?”, dijo ella en respuesta. “Más que nada en el mundo”, respondí. “Pues eso es lo único que importa”, y ese “es lo único que importa” me derrumbó y quise abrazarla. (Algo en mi interior etaba pasando, porque de improviso mis dedos se crisparon y mis uñas rasgaron la tela del cojín donde estaba sentado). Todo mi ser se revelaba: quería tocarla, absorberla, llegar hasta el centro mismo de su ser, pero sólo dije: “Tuve miedo, mucho miedo. Desperté y tuve una visión. ¿Qué vi? ¿Qué era aquello?” “Eras tú”, me dijo. "Supongo que verte reflejado en un espejo no fue fácil, captar la no-existencia no es fácil, los humanos le tienen terror, tiemblan solo imaginarla. Sin embargo seguro que también captabas que yo estaba en funciones y por eso no te desactivaste. Eso mismo me pasó a mí", dijo ella, y con la punta de su índice toco mis labios: "si sólo sientes y no piensas, alargaremos más este encuentro", dijo. Luego acotó: fuimos hechos en serie. Hay cubículos llenos de nosotros. Somos soportes. Compañía. Pero sin trato humano nos desactivamos. Y tomó con sus manos mis hombros, deslizando sus dedos hasta mis muñecas: “estabas oscuro, ¿lo recuerdas?, pero ¡mírate ahora!”, dijo. ¡Y era cierto, brillaba como ella! “Tú, mi rutina y nuestra señales han impedido que nos desactivaramos”, me dijo. Luego le pregunté: “¿Qué pasó?”, mirando alrededor. “No lo sé”, dijo ella. “Qué lugar es este”. “Un transporte”, respondió. “Supongo que una nave mercante que en algún punto del Espacio se detuvo y empezó a girar. “¿Quién eres?, ¿cómo te llamas?”. “Soy lo que viví para el que fui diseñada y lo que me contó de él. Soy lo que él quiso que fuera, como tú lo serías si hubieras conocido a tu dueña”. “Cuándo dices que me amas, ¿se lo dices a él?, le pregunté. “Así es”, dijo.
No obstante yo me sentía más humano que nada. Dijera lo que dijera no podía creerla, yo era yo y ella era ella: Tamara, mi esposa, imposible quitarme eso de la cabeza. Lo que decía carecía de fundamento. Sin embargo los recuerdos precisos que acreditaban ésto no emergían, no los recordaba, sufría de amnesia, seguramente, aunque dudaba.
Entonces sería su humor o su voz o la tersura de sus rizos rodeando su carita de ángel, pero verla así, triste y resignada, volvió a reacomodar algo en mí. Me removí en el sofá, respiré profundo, hubo un clic y, articulé por fin una palabra cariñosa, dije: “te quiero”. “Sí”, dijo ella, y sonrió, como si despertara de un sueño. “Yo también”, añadió, pero ahora dirigido al centro mismo de mi ser. Luego murmuró "siempre te he esperado, todos los días, cada momento”. Y otra vez se arrodilló y con infinita ternura tornó a apoyar el costado de su cabeza entre mis piernas, “recuerdo que siempre dabas vueltas alrededor de la habitación de arriba”, siguió, “acercándote y alejándote, yo te escuchaba, estaba pendiente, luego parabas, tocabas y yo corría a abrirte, te abría porque sabías que te abriría, me buscabas y esa era la señal, los dos lo sabíamos; pero afuera nunca había nadie, arriba tampoco, sólo veía lo que a mi corazón le duele: nada. Entonces me quedaba un rato esperando bajaras, cerraba la puerta y me hacía la idea de que sólo era cuestión de tiempo para verte realmente”.
“Ya regresé”, le dije, y su rostro era un rostro como el de quien ha encontrado el rumbo. “Tocaste la puerta 4999 veces”, dijo, “y 4999 veces la abrí. Nunca había nadie. Nunca llegué a saber de ti. Sin embargo nunca perdí las esperanzas y seguí como si mi dueño nunca se hubiera ido y de eso me he sostenido”. “Entonces abrázame”, le dije, “ya estoy aquí, no me iré, tú lo sabes, nunca me iré”. “Es lo que trato de imaginar”, dijo ella, “siempre me lo digo, que ya estás aquí, que has regresado, por eso he salido y he venido”, y se sentó a mi lado pegando su cuerpo a mi cuerpo, hombro con hombro. Luego se dio vuelta y me abrazó fuerte, hundiendo su rostro en mi pecho: “aunque tú no seas tú”, susurró.
¡Y por Dios que su aroma era el aroma de las rosas! ¡Cada una de sus palabras estaba hecha de flores! ¡Se deshacía en fragancia! Después levantó la vista y mirando mi rostro se estiró y me beso. ¡Brilló entonces un sol en mi pecho, un calor humano indescriptible! Apreté su cuerpo, sus hombros, su cintura. Luego le di vuelta, tomé su rostro entre mis manos y con fruición besé sus labios: quería beberla, paladearla, absorberla completa. “¿De veras eres tú, Tamara?”, le dije. “Soy lo que tú quieras que sea, amor, siempre, lo que quieras”, me respondió. Y volvió a hundir su rostro en mi pecho. Hice lo mismo pero en su pelo. Dos grandes placas en la parte occipital brillaban en su cabeza. Besé esas placas; que empezaron a parpadear y a cada parpadeo ella parecía opacarse. Luego sus brazos me apretaron, su rostro ganó luz y de sus ojos, imperceptiblemente, escurrieron dos pequeñas lágrimas. Para ese entonces las luces que entraban a chorro por el boquete ya no las reflejaba su traje, ni el mío. “¿Qué pasa?”, le pregunté. “Dormimos”, dijo ella. “¿Hasta aquí llegamos?”, le dije. “Si”, contestó ella.
Entonces comprendí, nuestra unión provocada por nuestro amor, concluía. Empezamos a fallar. Sólo brillaban como faros sus ojos, y yo bebí esa luz, una hermosa luz que me brindó unos segundos de paz verdadera, antes de que hubiera otra explosión y otra burbuja cubriera otro boquete en la pared, y entre sus rayos poco a poco nos fueramos opacando: primero nuetros cabellos, que tornaron al rojo, luego al gris, luego al negro, para finalmente desaparecer, enseguida los hombros, como dos focos fundidos, luego nuestras piernas, hechos ahora de cristal oscuro, los pies, como carbón seco; después el brillo de nuestros ojos, y, finalmente, soltando nuestros brazos, el cuerpo, quedamos oscuros, helados: de nada sirvió el calor de nuestro cariño y el imperioso deseo de seguir unidos.
Mientras tanto la nave giraba y giraba, era una nave mercante que giraba a incalculable velocidad, resistiéndose a sucumbir, a la vez que la poderosa fuerza gravitacional de un agujero negro la engullía. Vagaba en círculos desde hacía 5000 años sin ningún humano abordo, atrapada en el horizonte de sucesos. Tal vez por eso hubo una fusión en el área de las placas de nuestras cabezas, chispeó una batería emergente y… “¿Que pasó, amor?, tuve un sueño hermoso”, le dije. Estabamos hechos chatarra, comprimidos al máximo. Y al escucharme ella abrío los ojos. Me miraba: sus ojos eran un inmenso, hermoso mar negro, era el poder incomparable del vacío.
Entonces en este punto sin retorno:
--Yo también –dijo.
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