A las Dos en Punto
En el pueblo donde ocurrió todo —un lugar que no figura en los mapas correctos— el tiempo no avanza: acecha. Las casas se miran entre sí como si compartieran secretos, y cuando llueve, nadie dice “está lloviendo”, dicen “otra vez”, como si la lluvia fuera una entidad recurrente.
Ese día el cielo no descargaba agua: rezumaba.
Trabajaba para una anciana que vendía antigüedades, pero lo que realmente comerciaba eran recuerdos que no querían ser olvidados. Con los años dejé de preguntarme por qué ciertos objetos parecían observarme desde las vitrinas. Aprendí que en esa casa mirar demasiado era peligroso.
—Maldita sea —dijo ella.
No levanté la cabeza. Cuando la anciana maldecía, algo ya estaba en movimiento.
—Cierra —ordenó—. Vamos a despedir a mi hermana. Mañana, a las dos en punto, muere.
No fue una predicción.
Fue un aviso.
No pregunté. El silencio era parte del contrato. Yo ya había aprendido que en esa casa las palabras inútiles se cobraban caro.
Viajamos con la llovizna pegada a los vidrios como una piel enferma. Ocho horas sin música. Sin conversación. La anciana murmuraba oraciones incompletas, frases que no parecían dirigidas a ningún dios conocido.
—Mi espíritu burlón me lo dijo —susurró—. Me dará tiempo de verla.
No dijo quién.
Nunca decía quién.
A cuarenta y cinco minutos de las dos, el chofer anunció el desvío. Calles cerradas. Retrasos.
—Nos devolvemos —dijo ella.
Algo en su voz no era decepción. Era obediencia.
Yo intervine. Siempre hay alguien que cree que puede torcer el destino.
—Yo manejo.
Cuando tomé el volante, sentí una alegría sucia. El velocímetro subió. La carretera se vació. El mundo se estrechó hasta convertirse en un túnel. Nada existe cuando uno corre lo suficientemente rápido, pensé.
Entramos al pueblo como una bala.
Entonces el caos se alineó con una precisión obscena:
un niño,
un grito,
una pareja,
el freno inútil,
la decisión instantánea.
Elegí.
A las 2:04 p. m. estacionamos.
Había llanto. Un llanto espeso, sin histeria, como si todos supieran desde antes que eso iba a pasar.
—Llegamos tarde —dijo la anciana—. Mi espíritu prometió que estaría cerca.
—Tía… —dijo una voz—. Mamá murió.
—¿Dónde? —preguntó ella.
Nadie quería responder.
—En la entrada del pueblo —dijo alguien al fin—. Un carro pasó tan rápido… tan cerca… que el susto le paró el corazón.
La anciana cerró los ojos.
Sonrió.
Yo entendí entonces que no habíamos llegado tarde.
Habíamos llegado exactos.
Y comprendí algo peor:
el espíritu no había querido que la viera morir.
Había querido que yo fuera el último presagio.
Desde entonces, cuando llueve así —sin fuerza, sin intención—, evito manejar. Porque en algunos pueblos, la muerte no necesita tocarte.
Solo necesita que pases lo suficientemente cerca. |