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Nunca se ufanó de su valentía, Juan consideraba que todos somos valientes en potencia, si nos lo proponemos podemos derrotar al enemigo más grande; solo hace falta que algo insignificante o contundente nos suceda y sirva como detonante para echar fuego a la mecha que antes no fuimos capaces de encender. Tenía un enemigo muy grande con él se había citado esta tarde y debería resolver las diferencia para siempre. Esta tarde no utilizaría la violencia, sería táctico y estratégico, estaba seguro de persuadir a su contrincante, argumentos le sobraban para convencer al que fuera. José llegó a la hora y sitio acordado. El asunto era de vida o muerte, los dos no eran hombres comunes, tenían mucho estudio y mucho mundo encima, imposible pensar que no llegaran a un acuerdo, máxime que los empresarios siempre tienen un plan a y un plan b para conciliar diferencias.
Juan quería quedarse con la empresa de José a toda costa. José era frío, calculador y maquiavélico a la hora de zanjar diferencias. Tan pronto llegaron los dos, se saludaron como se saludan los hombres de negocios, es decir con frialdad, pero sin ofensas. Luego se sentaron en un par de silletas de madera. José sacó de su sobretodo negro una botella de ron y dos copas de plástico. Enseguida sirvió licor en las dos copas y con un tono que reflejaba calma, dijo:
-Por quién quieres brindar.
Juan de inmediato le respondió:
-Por mi buena suerte, nunca me ha faltado.
-Pero ahora te va a faltar.
-Eso es lo que tú crees.
-Ya verás que no me equivoco.
Después entraron al punto en cuestión: hablaron de cifras y enfoques administrativos, créditos y alianzas estratégicas. Por más que argumentaron no pudieron llegar a ningún acuerdo. Los dos se habían hecho archimillonarios con dineros calientes y sucios. Ante la sociedad pasaban como dos empresarios famosos y respetables, pero no era así, sabían quiénes eran y de donde procedían. Una vez escuché decir a un amigo: "detrás de una fortuna hay grandes crímenes". José le dijo a Juan.
-Con palabras no podemos resolver esto, cómo quieres resolverlo.
Juan, de inmediato le respondió:
-Con ideas, cede un poco y yo también cederé en mis aspiraciones.
-Por qué no resolvemos esto lanzando una moneda al aire.
-Estás loco, me parece absurdo lanzar tanto dinero y una empresa al aire.
-Si no es de esa manera, entonces resolvamos a punta de bala.
-Sabes bien que prefiero el diálogo, volvamos al punto en cuestión y verás que te convenzo.
José se paró de la silla y dijo:
-No tengo tiempo.
Juan sacó la pistola y le pegó seis balazos en la cabeza a José. Luego se dijo así mismo:
"Tan fácil que se resuelve un problema a punta de tiros, a veces los argumentos son vanos. siempre habían matado por mi, es la primera vez que lo hago y no me tembló el pulso". Después de asesinar a su peor enemigo fue al parqueadero por su Lamborgini y se fue riendo para la casa, antes que llegara a su destino, de otro auto lo cosieron a punta de bala.

AUTOR: PEDRO MORENO MORA
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Texto agregado el 08-11-2021, y leído por 69 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
09-11-2021 El que a hierro mata… MujerDiosa
08-11-2021 Un cuento muy duro, trágico y de moral dudosa, amigo. Ceo que ambos protagonistas, merecían haber muerto. Muy bueno, Pedro. Saludos. maparo55
 
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