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Inicio / Cuenteros Locales / vaya_vaya_las_palabras / Le decían la momia mucho cuidado

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Ni la autoridad que salía de su voz ni la fuerza de su mirada podían ocultar la fragilidad del cuerpo enfermo y magullado. A la vista de todos, a cada momento Leonora parecía a punto de romperse. La empresa le había puesto una asistente, una chica joven, bajita, morena, muy inteligente, malhumorada pero dinámica, lista para ir y venir obedeciendo sus órdenes al pié de la letra. Sí, Leonora tenía todas las comodidades, salvo la ubicación de su escritorio, que estaba lejísimos de la puerta de salida y de los sanitarios. Cada vez que tenía necesidad de ellos, estaba obligada a atravesar un largo pasillo entre la hilera de escritorios donde trabajaba el personal a su cargo, incluído yo. La veíamos pasar caminando muyyyy despacio y con muchísima difícultad. Al igual que el resto de su cuerpo, sus piernas casi no tenían ninguna masa muscular. El pasillo que nosotros recorríamos en un santiamén, a Leonora le exigía una enorme cantidad de tiempo y sacrificio, mientras las suelas de sus zapatos hacían ruido al arrastrarse por el suelo. Sus empleados éramos muy cuidadosos con ella, para no empujarla y derribarla por accidente. Es que, del cuello para abajo, Leonora parecía una delgada y maltrecha momia vestida de negro. Una momia que usaba su mano libre para apoyarse débilmente donde mejor podía, a veces en el respaldo de mi silla, para no caerse.

Padecía de una enfermedad rarísima que afectaba a una persona entre millones. Se trataba de un extraño virus que flota en el aire hasta que el azar lo introduce al organismo humano o animal, a quien va dejando sumamente debilidado. El dolor, a veces la resignación, eran patentes en el rostro de Leonora, por saberse incluída en esa triste estadística, entre esos poquísimos que se tragaron vía respiratoria el peor y más difícil de los destinos. Había probado de todo, pero no hubo curación. Le quedaba solamente la esperanza que había escrito en su protector de pantalla, aquella frase donde Jesucristo prometía a los enfermos devolverles la salud completa y definitiva. Porque Leonora parecía orgullosa de ser una cristiana practicante de alguna denominación y, a veces, hasta nombraba al Señor.

A pesar de todo, nada le impedía asistir fielmente y día a día a su puesto de trabajo. En su escritorio se la podía ver con el teléfono en la mano y a cada rato acomodándose sus grandes anteojos de carey para revisar fechas e importes en la pantalla de la computadora; también nos miraba de reojo mientras sujetaba con firmeza su hermosa birome entre sus largos y peculiares dedos, que eran puro hueso.

En total éramos doce empleados bajo su permanente supervisión. Excepto yo, los demás tenían varios años de antigüedad. Todos eran muy competentes y conocían a Leonora antes de que se enfermara. Algunos me ayudaron en la adaptación a mi nuevo puesto de trabajo, donde había muchísimo que hacer. Sobre los escritorios vacíos de alrededor se apilaban sin cesar los canastos con el trabajo recién terminado. De vez en cuando la dueña de la empresa (su nombre empezaba con la letra G) bajaba desde el último piso para hablar durante un largo rato con Leonora; también lo hacían otros empleados desde la primera o la segunda planta, siempre con ese aire de superioridad de quienes se creen un eslabón más importante en la empresa. De a poco fuí conociéndolos a todos.

Pero un día conocí a Ulises. Que a diferencia del resto era un hombre mayor, de casi sesenta años. Los comentarios en torno a él lo pintaban como a un empleado de mala reputación, recién llegado desde otra sucursal. Algunos pocos le tomamos aprecio casi enseguida porque, a su manera, Ulises se hacía querer; pero también lo contrario cada vez que se le escapaba algún movimiento demasiado nervioso, lo suficientemente torpe como para frenar el ritmo de trabajo y encender los humores de algunos compañeros. Sobre todo los de Leonora. Durante el desayuno, mis compañeros comenzaron a hablar de eso. Algunos lo criticaban, incluído el guardia de seguridad siempre apostado en la entrada principal. Sin embargo otros le hacíamos el aguante, pero en privado hasta ese momento. Con el correr de los días el asunto cobró tanta importancia que a nadie le sorprendió cuando, por orden directa de Leonora, su asistente instaló al recién llegado en el centro de la oficina, en un escritorio a la vista de todos.

Ese escritorio era diferente al resto (el escritorio "castigo" para gente supuestamente mediocre, me enteré después), porque carecía de computadora y de casi cualquier otro material de oficina. A veces lo escuchábamos a Ulises andar mendigando alguna abrochadora o click para el papel, cosas que abundaban para los demás empleados. Y peor todavía, el escritorio "castigo" estaba prácticamente afuera del circuito donde corrían los papeles importantes y los sellos de valor. Por eso, más tarde o más temprano Ulises se quedaba sin trabajo y aburrido, cada vez más cerca de la tentación de distraerse con el reloj o el celular, cosa que Leonora parecía haber estado esperando para dar comienzo a sus evidentes resoplidos de dragón y miradas de fuego. La situación era un círculo vicioso. Todos los empleados sabíamos eso. Porque al escuchar los resoplidos de la jefa, Ulises más nervioso se ponía y más se miraba el reloj o la pared o cualquier cosa. A veces me miraba a mí y a veces a otro compañero que le simpatizaba, como pidiendo ayuda o complicidad solamente a través de los ojos. Para colmo debía soportar aquella vigilante mirada justo a sus espaldas, durante largas horas.

Su único momento de respiro era cuando Leonora se ausentaba de la oficina, algo que rara vez hacía. Pero en el caso de que lo hiciera, antes de irse se detenía al lado de Ulises para comenzar un interrogatorio que él casi no podía soportar salvo con la cabeza gacha, en silencio y con la vergüenza de saberse observado por todos. A diferencia de los varones, la mayoría de las mujeres en la oficina se pusieron en su contra. Hasta que un día lo hicieron en voz alta, en franca adhesión a Leonora. Desde entonces se produjo una división entre los empleados. Por un lado estaban los que adherían a Leonora (que eran casi todas las mujeres) y los que adheríamos a Ulises (que éramos casi todos los varones y algunas pocas mujeres). A su manera Ulises nos agradecía el apoyo y cuando había oportunidad de hacerlo nosotros le dábamos recomendaciones y consejos útiles para que su situación mejorara un poco. Pero (justo es reconocerlo) casi siempre caían en saco roto.

A veces la tensión podía palparse en el aire. Al analizar la situación comprendí que en la empresa había empleados problemáticos. Esto estaba previsto, igual que su destino. Porque no tardarían en irse amontonando en el lugar más "adecuado" para ellos, donde se les aplicaría una receta que aparentemente había dado buenos resultados a través de los años. Un severo y constante hostigamiento psicológico hasta extremos difíciles de imaginar los esperaba. El objetivo era claro y con tristeza Ulises lo puso de manifiesto cuando confesó su cansancio y sus ganas de irse a la mier#$&%@!

Un compañero de más experiencia me lo confirmó: "la momia está para esto; tené cuidado". La alarma ¡¡¡tené cuidado!!! sonó con fuerza en mi cabeza y desde entonces analicé con lupa cada palabra, cada movimiento de Leonora. Alias la momia. Su manera de saludar, de reaccionar ante tan grande variedad de personas.

La llegada de Karina fue ideal. Ella era una gordita hermosa y de carácter dócil. Después me enteré que trabajaba en el primer subsuelo (a cargo del depósito, quizás el lugar más tranquilo de todo el edificio) y que las dos últimas horas de la jornada se quedaba prácticamente de brazos cruzado. Por eso la mandaban a nuestro sector, para que Leonora la mantuviera ocupada. Porque mi jefa parecía ser una especialista en eso, en mantener a la gente ocupada. A diferencia de Ulises, enseguida Karina demostró estar a la altura de los empleados más competentes. Además de su inteligencia envidiable, de su memoria casi clarividente y de sus anteojos que le quedaban estupendamente bien, tenía el don de caerle cool a todo el mundo. Sin embargo, por alguna razón, a Leonora le desagradaba su presencia, aunque al principio lo disimulaba bastante bien.

La mayoría de las veces, Karina recibía las órdenes por medio de la asistente de Leonora pero a veces era la jefa misma quien la llamaba a su escritorio para darle indicaciones. Cuando Karina hablaba, yo siempre paraba la oreja porque me gustaba su voz. Pero una tarde, de repente, frente al escritorio de Leonora noté que Karina se quedaba en silencio. Entonces oí a la jefa pronunciando una retahíla de frases, cosas que me parecieron mal, muy fuera de lugar. Sin pudor alguno, la jefa señaló los jeans que Karina llevaba puestos y a continuación opinó que le calzaban mal, "¡¡¡¡demasiado apretados!!!!" para su cuerpo "subido de peso". Karina ya sabía eso. Todos lo sabíamos. Pero Leonora igual se lo dijo, y con una sorna... Lamentablemente nadie más en la oficina estaba cerca para escucharla. Porque la astucia de Leonora a veces le hacía hablar en voz baja. Vi a Karina llenarse de vergüenza, dar la media vuelta y salir casi corriendo de ahí.

Era evidente, ni siquiera tan grave enfermedad era capaz de doblegar el carácter de una persona, ese deseo de confrontar contra cualquier indefenso. Me hubiera gustado tener la bola de cristal para revisar el pasado de Leonora y, por qué no, también su futuro. Tal vez ahí estuvieran las claves y las razones que la impulsaban a hacer todo eso; pero yo no era Dios, ni nadie para tomarme ese atrevimiento. Aún así, el futuro llegó, más pronto de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Una mañana me quedé dormido y llegé tarde a la oficina. Encontré a todos mis compañeros desayunando al mismo tiempo. Algo rarísimo. Entonces me dijeron que Leonora había telefoneado para avisar que ese día no podía venir a trabajar. ¿Le pasó algo grave?, pregunté. Sí, vaya si grave: se le había incendiado la casa. Y aunque ella y su familia la podían contar gracias a su Dios o a su Señor, mis compañeros en cambio no dejaban de hacer bromas con algo que podría haber terminado en tragedia. En ese juego también había entrado Ulises. Karina, sin embargo, no. Y fue la única.

Esa mañana comenzamos a trabajar bastante tarde, como si fuéramos colegiales en lo más divertido de un recreo. Desde un extremo al otro en la hilera de escritorios se escucharon frases como: "el que las hace las paga", "uno cosecha lo que siembra", "todo vuelve", "la vida es un boomerag", "no todo el que me dice Señor, Señor". Un poco más tarde y varias veces sonó el teléfono aunque no supimos a ciencia cierta quién era. Algunos arriesgaron que sería Leonora hablando desde el otro lado de la línea, en medio de la humareda y el olor a quemado. El humor de todos se había vuelto así de negro. Tal vez sin sospecharlo Leonora, también su asistente se había unido al sarcasmo y ni siquiera una sola vez apuró el ritmo de trabajo. Hasta Ulises estaba distendido, casi contento en su escritorio. Solamente Karina estaba en silencio, igual que siempre.

Texto agregado el 28-10-2021, y leído por 147 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
21-11-2021 Una historia de seres prejuiciados por una jefa que se alzaba sobre sus debilidades para hacerles la vida imposible a todos. Conocí gente parecida, amigo y no sólo en ámbitos laborales. Buen relato, como de costumbre. Un abrazo, amigo. guidos
03-11-2021 Realmente que personaje odioso el de Leonora. Me quedé pensando en Karina. Te cuento amigo que otra vez se rompió mi compu. Solo puedo leer y comentar por el celular. No me permite ver el libro de visitas. Me encantó tu historia, muy de oficina Jaeltete
03-11-2021 Realmente que personaje odioso el de Leonora. Me quedé pensando en Karina. Te cuento amigo que otra vez se rompió mi compu. Solo puedo leer y comentar por el celular. No me permite ver el libro de visitas. Me encantó tu historia, muy de oficina Jaeltete
29-10-2021 Los lugares de trabajo encierran muchas historias de vida, esfuerzo y también abuso. Me gustó tu escrito. Saludos, Sheisan
29-10-2021 El relato está muy bien, hasta antes de las tres líneas finales. Los destinos de Ulises y Karina, siento que necesitan otra resolución. Al igual que el de Leonora. Aún así, me gustó mucho tu cuento, amigo. Saludos. maparo55
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