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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / Una casa peculiar

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La casa se hallaba en un claro junto a un bosque cercano. M se detuvo justo frente a ella; la miró, no tenía muy buen aspecto, mostraba claras señales del abandono en que se encontraba, podían percibirse varios sitios deteriorados de la fachada y la techumbre. Pero ¿qué más podía pedir un hombre como él enfermo de los nervios, lleno de manías, de preocupaciones?, sabría conformarse con esto y agradecer la hospitalidad brindada por su amigo R. El automóvil de alquiler que lo había traído desde el poblado cercano, ya se alejaba por el camino, envuelto en una gran nube de polvo. Con algún esfuerzo cargó la pesada maleta que contenía sus pertenencias; se dirigió a la entrada, hurgó en un bolsillo de su saco y en su mano, apareció la llave de la puerta de acceso a la casa. Entró; nada más hacerlo, un penetrante olor a humedad de espacio cerrado, sin ventilación, hirió su nariz. Lo embargó de pronto un sentimiento de soledad profunda, mezclado con cierta angustia y aprehensión, por aquel lugar vetusto, solitario, tan alejado de la gente.

Había polvo y telarañas por todos los rincones. Los muebles se hallaban cubiertos con sábanas dizque blancas, porque podía observarse con claridad la gruesa cantidad de polvo acumulado sobre éstas. Buscaría una habitación donde quedarse, para luego empezar las labores de limpieza, que bien lo necesitaba la casa. En la planta alta encontró tres habitaciones, escogió la más pequeña de ellas, la cual tenía las paredes cubiertas con papel tapiz rosa tenue, que le daban un toque ligeramente femenino, pero eso no importaba, el color le sugería tranquilidad; además, era la habitación que se encontraba más cerca de la escalera. También, localizó un baño.

Después de instalarse bajó, dedicándose a la limpieza con ahínco; la casona no tenía luz eléctrica, pero para su sorpresa sí agua corriente; encontró por ahí algunos utensilios de limpieza, así que retiró sábanas una a una, sacudió, barrió, acomodó e invirtió toda la tarde en ello. Por todas partes había velas con candeleros, así que no se preocupó por quedarse a oscuras, él llevaba cerillas.

Empezaba a oscurecer cuando terminó su tarea. El piso superior podía esperar para el día siguiente. Deseaba encontrar de veras en aquel lugar, la soledad y la paz que le eran necesarias para sanar sus nervios, su quebrantado espíritu. Mitigar esos lapsos que lo convertían en un manojo de nervios, miedos y depresión. Desde que empezaron sus malestares, no soportaba estar entre mucha gente, le causaba pavor la cercanía de las personas, hablar con ellas, mirarlas al rostro. Trabajar de periodista requería el trato continuo con la gente, con los compañeros de la redacción; ¿cómo iba a poder desempeñarse con libertad y eficiencia, si cargaba tantos traumas? Asistió repetidas veces al psicólogo, quien le recetó algunos calmantes, además de pedirle encarecidamente que no fuera a cometer alguna tontería que ya no tuviera remedio. M encendió algunas velas, tomó asiento en el sofá de la sala desde donde empezó a observar los cuadros que se hallaban colgados sobre las paredes; medio los había entrevisto durante la limpieza, ahora podía hacerlo con mayor atención. Se acercó a ellos. Había cuatro cuadros. En el primero se veía una pareja joven, abrazados, sonrientes, mirando hacia la cámara; parecían felices y enamorados. En el segundo, estaba la mujer del primero, ahora sola, pero ya no sonriente, miraba también a la cámara, pero su rostro denotaba cierta tristeza o preocupación. En los siguientes dos cuadros solo había pájaros; en uno de ellos, con una luz difusa que presagiaba ya el anochecer, aparecían aunque no con mucha claridad, multitud de pájaros posados sobre las ramas de un árbol inmenso. En el último cuadro, también casi con las sombras de la noche, una tupida parvada de pájaros en pleno vuelo. Probablemente eran mirlos o chotacabras, porque allá afuera, desde el bosque cercano, podía percibirse ya el canto de infinidad de ellos.

Durante la limpieza pensó en varias cosas; sin embargo, no en la comida. Sabía que el poblado más cercano se hallaba a unos treinta minutos caminando, que era donde había conseguido el auto de alquiler que lo llevó hasta la casona. Allí obtendría comestibles y quizá conocería a algunos de los lugareños. Eso haría al día siguiente temprano, porque ahora ya estaba oscuro; afuera no se veía nada de nada, solo se escuchaba el canto penetrante e ininterrumpido de los pájaros. Se aguantó el hambre que tenía y subió a la habitación rosa, había traído algunos libros, así que decidió leer un rato antes de dormir. Los Articuentos completos de Juan José Millás, seguramente le proporcionarían un poco de entretenimiento. Leyó, aunque no tan concentrado como él hubiera querido, el canto persistente de los pájaros del bosque lo perturbaban. Se durmió, pero hasta en su sueño, los pájaros anduvieron mezclados con los cuadros de la sala, saliendo de ellos, volando ruidosamente por el interior de toda la casa. Despertó horas después, aún no amanecía, pero el canto de los pájaros del bosque persistía.

Cuando se levantó de la cama, el sol iluminaba toda la habitación; sintió que no había dormido bien, le dolía un poco la cabeza. Se vistió de prisa con la intención de ir al pueblo. Ahora sí tenía hambre de verdad. Le gustaba caminar, así que emprendió el paseo hacia el poblado, animoso, relajado. Fue una caminata revitalizante; poniendo algo de atención en los árboles que bordeaban ambos lados del polvoriento camino, quiso comprobar si los pájaros de canto insistente eran chotacabras; no pudo vislumbrar ninguno, porque además de la capacidad que tenían para mimetizarse con la espesura de las ramas de los árboles, eran pájaros nocturnos. En el pueblo buscó primero dónde almorzar; luego, recorrió algunas calles del pueblo para que lo vieran, familiarizarse con la gente, observar el ambiente reinante. Al final, compró suficientes comestibles enlatados como para una semana. Le costó trabajo encontrar un auto de alquiler que lo llevara a la casona. La vez anterior había sufrido de igual manera. El chofer, un hombre viejo de gestos no muy amables, lo miró con cierto recelo cuando le indicó a dónde iba.

- ¿Está viviendo ahí? - preguntó.

- Sí. Llegué ayer, pienso permanecer algún tiempo en ese lugar.

- A mí no me gusta nada. La casa es bastante vieja, solitaria, muy cercana al bosque y hace mucho que nadie la habita.

- Pues ahora la habito yo.

El hombre no le preguntó ni dijo nada más, se limitó a llevarlo y esperar con impaciencia a que descargara los víveres. Se le notaba inquieto, algo temeroso; aunque era un día soleado, brillante, el chofer volteaba continuamente hacia las ventanas de la parte superior de la casa como si esperara ver asomarse a alguien o ver algo; después miró hacia el lado del bosque, donde no dejaba de escucharse de vez en cuando el canto de algunos probables chotacabras.

M ocupó la mayor parte del día en limpiar el piso superior, incluida la habitación rosada donde dormía. Ahora la observó con más atención, parecía como si hubiera sido arreglada así, para recibir la presencia de una niña.
Se acostó temprano, leyó un poco el libro de Millás y se durmió sin soñar nada esta vez; pero entre sueños, lograba percibir el canto incesante de los pájaros del bosque. Se propuso que al día siguiente daría un paseo hasta allí, para admirar aquel majestuoso conjunto de árboles añejos.

M despertó temprano y sin más, olvidando el desayuno, se encaminó hacia el bosque. Cuando penetró bajo los árboles, éstos lo recibieron con la frescura de su sombra, cobijando su travesía, sus pasos, mientras la hierba seca crujía bajo sus pies. Se fue adentrando más en el bosque, admirando la altura y en el grosor de sus troncos, la longevidad de los árboles. De improviso, se dio cuenta que el motivo dominante a su alrededor era el silencio, por alguna razón desconocida no había canto de pájaros ni algún otro ruido más que el producido por él mismo. Un viento leve y frío acarició su rostro; el sitio donde se encontraba era oscuro, debido a lo tupido del follaje de los árboles casi no se veía la luz del día ni el calor del sol penetraba hasta el lugar. Sintió algo de temor; el viento frío se hizo más fuerte. Decidió regresar. Fue en ese momento, como si algo o alguien le destapara los oídos, que en aquella extraña semi penumbra, volvió el canto de los pájaros, fuerte, agudo, casi ensordecedor; pudo vislumbrar a algunos de ellos, comprobar por fin que sí eran chotacabras, aves nocturnas inocentes que en ese momento, no lo parecían tanto, sino amenazantes, perversas, enloquecedoras. M corrió, no supo muy bien cómo, pero salió del bosque y de aquella inquietante experiencia que lo dejó exhausto, al borde de un colapso nervioso.

Ya en la casa se tranquilizó un tanto, pero pasó casi la mayor parte del día repasando lo vivido en el bosque, casi no comió. Por la noche ingirió algo ligero y decidió irse temprano a dormir. Intentó seguir con la lectura de su libro, pero no pudo. El canto de los chotacabras ya estaba instalado allá afuera, insistente, machacante, llenándolo de inquietud. Tuvo pesadillas, no pudo dormir bien. El canto de los pájaros se mezclaba sin tregua en sus oídos y en sus sueños. Un chotacabras gigante, dirigía a un ejército de ellos, les daba órdenes, les pedía que invadieran la casa. Se despertó sudoroso, jadeante, se cuestionó si estaba en el lugar adecuado para recuperarse o había sido un error tremendo el aceptar hospedarse en la casa. Amaneció.

Logró pasar el día en relativa calma. Llevaba con él una libreta que hacía las veces de diario, donde anotaba de vez en cuando algunas de las cosas que le sucedían. Decidió anotar la experiencia pasada en el bosque y el mal sueño del pájaro gigante. Quizá eso lo ayudara a comprender mejor lo que le había pasado. Por la noche se acostó con temor, otra vez envuelto en el canto incesante de los chotacabras allá en el bosque. Quién sabe si podría dormir. No pudo, así que dejando la cama, fue hasta la planta baja a sentarse en el sofá de la sala; alumbrado con la luz vacilante de una vela que colocó en un lugar seguro, se dedicó a reflexionar un poco, le dio vueltas a un montón de pensamientos e ideas disparatadas y sin apenas darse cuenta se quedó dormido por fin. Soñó (o eso creyó al menos) con el llanto desesperado de un bebé, el cual parecía provenir de algún lado de la planta alta de la casa; pero más que el llanto de un bebé, semejaba el chillido agudo de una criatura con hambre, dolor o haciendo un apremiante llamado de auxilio a su madre. Nada lo detenía. Abrumado por aquello, despertó sobresaltado. La vela se había consumido del todo, la oscuridad era casi total, solo la luz tenue de la luna que se colaba por una ventana, permitía vislumbrar vagamente las cosas. Como una cantaleta mil veces repetida, continuaba oyéndose en el exterior el canto tenaz e inacabable, de los chotacabras.

Por la mañana se encontró mejor, la casa aún necesitaba mucha limpieza y a ello dedicó buena parte del día. La actividad física lo relajó, estar entretenido en aquella tarea le permitió olvidar en parte los pensamientos aprensivos que empezaban a acosarlo. Pasó parte de la tarde leyendo. Al anochecer, un viento frío se coló por algún lado al interior de la casa, truenos y relámpagos presagiaban una tormenta cercana. Cuando decidió irse a dormir, comenzó la lluvia, la cual en unos cuantos minutos se convirtió en una torrencial tormenta. No le apetecía demasiado subir hasta la habitación rosa y acostarse, así que se acomodó de nuevo en el largo sofá de la sala, oyendo el repiqueteo de la lluvia; cuando menos por el momento, cesó el canto persistente de los chotacabras. Su canto lo ponía nervioso, le inquietaba, se imaginaba que los pájaros le decían que no era bienvenido en aquel lugar, que se fuera. Se durmió, arrullado por el caer persistente de la misma lluvia.
Unos golpes fuertes lo despertaron, todavía adormilado no ubicaba de dónde provenían; se espabiló, comprendió que alguien tocaba en la puerta de entrada; pero quien fuera lo hacía con apremiante determinación y fuerza.

-¿Quién es? ¿Quién está ahí?

Nadie respondió, pero los golpes continuaron con la misma intensidad. Le entró miedo, porque ¿quién en esta soledad y a estas horas de la madrugada iba a venir a tocar en su puerta?... Dudaba entre si abrir o no hacerlo. Si abría la puerta, con qué o quién se encontraría. Entonces se percató de que ya no se escuchaba la lluvia, pero si el griterío desquiciante de los chotacabras, los golpes incesantes en la puerta y… el chillido del bebé soñado, ¿o no había sido un sueño? Aquella situación lo rebasaba. No tuvo necesidad de hacer nada ni hubiera podido, porque ante la fuerza de los golpes, la puerta se abrió totalmente. Y lo que M vio, lo dejó paralizado. ¿Qué era aquello? No era posible lo que sus ojos alcanzaban a ver a la tenue luz que se colaba del exterior; alguien o algo estaba parado frente a la puerta, su oscura silueta se recortaba perfectamente, parecía ¿una mujer?... Entonces la sombra abrió los brazos y en el mismo instante, un relámpago no muy lejano le permitió ver por un momento la fisonomía de aquella misteriosa figura: no era una mujer, sino un pájaro enorme, erguido sobre sus dos patas como si fuera un humano, lo que había supuesto por brazos eran sus alas.

La impresión producida por aquella visión fue demasiado para M, se desmayó por varios segundos; mientras, la criatura pasó a su lado sin hacer caso del hombre caído. Sin dudar se fue hasta la escalera desapareciendo en la planta alta. El bebé seguía con sus berridos. No tardó demasiado el extraño pájaro en regresar con algo que cobijaba entre sus alas. El canto de los chotacabras era desquiciante. Eso reanimó en parte a M, que al abrir los ojos alcanzó a ver como la extraña figura salía al exterior por la puerta abierta. Se desmayó nuevamente.

Cuando M recobró la conciencia, seguía tirado en el suelo; la luz del sol entraba por la ventana iluminando todo el espacio. La puerta hacia el exterior continuaba abierta. La razón y los pensamientos del hombre eran un revoltijo encontrado de múltiples emociones y dudas. No comprendía nada de lo sucedido la noche anterior, pero la imagen de la criatura que penetró en la casa lo seguía perturbando. No le costó nada decidir que tenía que irse, su salud más la tranquilidad que esperaba encontrar en aquel lugar de ninguna manera iban a darse. Preparó su maleta y se fue al poblado para conseguir el auto que le ayudara a llevarlas. Tocó la casualidad que fuera el del mismo viejo que lo había llevado hasta la casona la vez anterior.

El chofer permaneció callado todo el camino hasta llegar a la casa. M fue por su maleta, al salir cerró la casa con cuidado, luego colocó sus cosas en el asiento trasero del auto. Emprendieron el camino de regreso, fue cuando el hombre que conducía, abrió de nuevo la boca.

-¿Se va?... ¿No le gustó el lugar?

- Sí, me voy, no es el sitio que esperaba encontrar.

- Aunque no lo crea, lamento que así sea. Esa casona ha permanecido abandonada por mucho tiempo. No sé cómo llegó usted hasta aquí, pero hace bien en irse. El sitio está maldito; no sé con certeza qué haya pasado en su interior, pero fue hace muchos años. En la casa vivía una familia feliz; pero alguna terrible tragedia debió ocurrirle, porque de un día para otro no se supo más de ella. Cuando alguna de sus amistades del pueblo fue a visitarlos, encontraron la puerta de entrada abierta y la casa deshabitada e intacta. Simplemente se fueron, desaparecieron así nomás sin llevarse nada. Un alma caritativa logró contactar a alguno de sus familiares, pero nadie vino. Así que protegieron los muebles, cerraron la casa y fue hasta ahora que usted llegó que volvió a abrirse. Cuentan las malas lenguas de algunos atrevidos, que a veces al caer la noche, se escucha en el interior el llanto de un bebé o algo parecido. No sé si eso sea cierto, pero a mí el lugar no me inspira ninguna confianza. Así que por las dudas ni yo ni mucha gente frecuenta estos parajes.

El hombre calló. M lo escuchó sin decir nada. Su pensamiento vagaba un poco por la experiencia vivida. Ya se iba, atrás, solo quedaba el canto inquietante de algunos despistados chotacabras.

Texto agregado el 17-09-2021, y leído por 96 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
18-09-2021 Tras leerte me fui a conocer los pajaritos esos y también su trino. Un cuento que se va desarrollando en un ambiente de misterio. Sombrío y con la tensión que amerita. Saludos, Sheisan
17-09-2021 —M se fue y me dejó con varias interrogantes de las que creo el amigo R debe tener la respuesta. —De todas formas me fui a investigar sobre el canto de ese pájaro, que en bandadas ahuyentaron a M. —Por mi parte me interné en un bosque buscando el para mí desconocido chotacabras. Lo encontré, oí su canto e imaginé un coro de miles de ellos. Aquí está: https://www.youtube.com/watch?v=QSocaDqM4t8 —Saludos,mientras corro tratando de alcanzar a M. vicenterreramarquez
17-09-2021 Muy bien Mario! Creo que es uno de los pocos relatos largos y de terror que tenés. Tu M que bien podría ser de Mario, me recordó ya te imaginás a quién, jajaja...Seguí así!!! Te felicito. MujerDiosa
17-09-2021 Tu relato es fluido y de buen ritmo. Logra traspasar ese miedo al lector que manejas de excelente forma. Me gustó la manera como presentas los personajes con solo iniciales, muy original. Saludos desde Iquique Chile Vejete_rockero-48
 
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