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4 canciones, de diferentes tonos y estilos, como las piezas de un puzzle incompleto, un breve EP dedicado a Elsa y a los recuerdos de un viaje a París.


Gare de Lyon

Amontonados en el vagón como las bolas de una máquina de caramelos, los pasajeros esperan impacientes los últimos segundos antes de la apertura de las puertas. Aliento en el cogote; la pierna encajonada contra un carrito donde un bebé mira con ojos de animal asustado; su hermano salta alrededor como un mono enjaulado; su madre, una gineta estresada, la cola asomando por la apertura de la gabardina, vuelve su hocico hacia mí para decirme: ¿tú qué coño estás mirando?

Las puertas del vagón se abren y salimos propulsados como el muñeco con muelle de una caja de sorpresas.

Estampida de animales por el estrecho andén. Las bestias que pasan por mi lado son más sofisticadas que yo –qué esperabas, estás en París. Tú eres un lobo andrajoso de pelaje gris, saltaste al tren después de tu jornada laboral, aún llevas la americana del trabajo–. La espantada de pezuñas, el runrún de las maletas, la afonía silbante de la megafonía, los trenes vibrando, con ese sentimiento de tensión creciente, de despegue inminente, de cohetes a punto de estallar.

Allí estaba, al principio del andén, enfundada en su abrigo gris, con una bufanda de lana roja, una pequeña mapache solitaria, valiente, mirando al frente, como si ella sola pudiera encontrarme.

Me planté frente a ella y le dije: «Hola, Elsa. Ya estoy aquí». Una sonrisa floreció en sus labios.




Ella sabía muy bien a dónde iba

Y entonces abrió el bolso y ¡track! apareció un bastón de ciego, como una espada de Star Wars que agitaba de un lado a otro mientras se abría paso entre la multitud para luego adentrarse en los túneles. Yo la seguía agarrado del brazo más perdido que una rata. Por si no ha quedado claro, aquí el lazarillo era ella. Porque ella sabía muy bien a dónde iba.

Se movía con sorprendente destreza por el entramado subterráneo agitando el bastón, como un rayo láser, como una katana; sabiendo qué dirección tomar, en qué esquina girar, qué tren coger; arrastrando tras de sí a un hombre lleno de dudas, pero ella sabía muy bien a donde iba.

Ella sabía muy bien a dónde iba. Sabía muy bien a dónde iba. ¿Ella sabía muy bien lo que quería? No sé, no sé si eso lo sabía.

En el metro de París hay ratas, tubos de neón parpadeantes, instrucciones demasiado largas para leerlas enteras, músicos con instrumentos mágicos, oficinistas que han olvidado sus nombres. Yo no podría vivir en un apartamento de 12 metros cuadrados, viajar por el subsuelo agotador sin extraviar el alma en cualquier estación de paso; pero eso no le pasaba a Elsa, porque ella sabía muy bien a dónde iba.

Ella sabía muy bien a dónde iba. Sabía muy bien a dónde iba. ¿Ella sabía muy bien lo que quería? No sé, no sé si eso lo sabía.

Apenas unas pocas paradas en la última línea, mientras acariciaba su mano en aquel vagón lleno de gente absorta en las pantallas de sus móviles y una sensación de haber perdido el norte, quizás solo en mí y no en ella, porque ella sabía muy bien a dónde iba.




La mampara

Me contó que hacía unas semanas se había roto la mampara de la ducha. Alguien había venido a recoger los cristales, pero se le había quedado uno clavado en el pie, uno muy pequeñito. El médico del hospital tenía miedo de sacárselo. Está demasiado profundo, le dijo. Te haré daño si lo intento. ¡Corta, perfora, sin miedo!, le dijo ella. ¡Sácalo de allí! Se reía descontroladamente, siempre lo hacía cuando algo le parecía muy gracioso. A mí se me hacía muy extraño. Elsa sentía que todavía tenía un trocito clavado en el pie, una esquirla minúscula que se le había quedado dentro, aún después de la visita al médico. No hacía más que hurgar en la herida para intentar sacársela. Cuando le examiné el pie, vi una heridita con un coágulo. Al tocarla podía darte la sensación de que había algo, pero no podía saberlo con seguridad. Después de tanto rascarse era lógico que le doliera. Ella quería que escarbara en el agujero con unas pinzas o unas tijeras para sacarle aquella esquirla que ni siquiera sabía si existía. Lo único que haré será abrirte más la herida. Ve al médico. Pero a ella le daba vergüenza ir dos veces por lo mismo. No la creería, la creería loca. Cuanto más lo toco, más lo siento, me decía. Pero yo creo que es solo una herida, una herida que tú misma te has hecho. O a lo mejor sí que hay un cristal, no lo sé. Podríamos haber pasado el resto del día en aquel bucle, pero nos esperaban en un taller de danza. Salí de la habitación para darme una ducha. Luego me aseguré de dejar el champú y el jabón justo donde los había encontrado, para que mi presencia no la confundiera. Espero que tampoco mi ausencia.





Gare de Lyon (II)


Los bailes dolientes, perdidos, dormidos, la belleza nostálgica de las cafeterías, tantas cosas, la compra a tientas en el supermercado, sus admirables proezas culinarias, todo eso llegaba a su fin.

Vamos a tomar un té, me dijo, diez minutos antes de que saliera el tren. ¿Te gustaría que nos volviéramos a ver? Es todo lo que quiero saber. Y se guardó mi respuesta en el bolso, como si necesitara tenerla a mano en el futuro.

En el compartimento del tren, un reno me avisó educadamente de que me había equivocado de asiento, mientras sus astas se enganchaban con las bolsas del estante superior.

Imaginé a Elsa, abriéndose paso entre la gente, sumida en sus pensamientos, una criatura de ojos oscuros desapareciendo entre la multitud… extrañamente poderosa.

Texto agregado el 31-07-2021, y leído por 193 visitantes. (0 votos)


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