En estos momentos quisiera remitir unas palabras a un amigo, a un compañero. No fue hace tanto tiempo que lo conozco pero creo que serán 10 años aproximadamente, por lo cual es tiempo más que suficiente para tener la autoridad de dirigir estas palabras. Incluso creo que no hubo nadie más que compartiera tanto tiempo con él más que yo.
Lo conocí en un local, de esos bazares donde eran los mal llamados “todo por dos pesos”. Te diría que fue amor a primera vista, desde el primer instante me cautivo su humildad, su respeto y su carisma, sobresalía del resto. A partir de ahí compartimos cenas, almuerzos e inclusive postres. Fue testigo directo de amores y desamores, como también de encuentros plagados de amigos y familia. Era uno de los primeros que estaba en mis cumpleaños y se quedaba hasta el final.
Aun no puedo creer que estoy despidiendo a mi amigo. Incluso fui yo que lo vi y me di cuenta. Podría echarle la culpa al destino, a Dios, al tiempo, pero bien sé que no fue así. Por esto mismo y con lágrimas en los ojos, te pido perdón. Fui yo el que te maté. Fue sin querer. La hoja de cuchillo que utilice para cortar la rúcula y la zanahoria, nuestra ensalada preferida, fue demasiado y te abrí el corazón. Tu base quedó con dos tajos que no hubo sutura ni pegamento que pudieran salvarte.
Oh Bowl, mi querido bowl azul cielo, te has ido, te he matado y asumo las consecuencias por tal acto. Ni 10 años de cárcel podrán calmar la pena y la culpa que mi alma lleva.
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