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Ella era María Teresa. Nos conocimos por ahí por el 2010 en una ONG, ella manejando los temas administrativos contables, y yo los sistemas de computación. Era una de la más adulta de la oficina, había cruzado la barrera de los cincuenta y cinco años y nos mantenía muy al tanto de sus salidas con sus antiguos compañeros de curso del instituto donde casi todos los viernes se reunían a comer en un conocidísimo restaurant. Ella vivía en una comuna fuera de Santiago así que esas noches de parranda coordinaba con su amiga de siempre para alojar en su casa.

El puesto que ella ocupaba era de confianza absoluta. Ella a su vez era muy estricta en sus labores administrativas. Exigía que todos los pagos estén debidamente documentados, registrados en los bancos, su debida imputación en los sistemas computacionales y que el monto no sobrepase a lo que indicaba el presupuesto del proyecto. Exigía que los casi treinta ejecutivos perteneciente a la corporación informaran al día las rendiciones de sus gastos cotidianos.

Para el resto del personal les extrañaba su postura por un lado la pulcritud en su manejo en los números y conocimientos en las leyes tributables y por otro lado ese desproporcionado grado de exposición en narrar los pormenores y “soltadas de trenzas” en cada una de sus salidas nocturnas.

La última vez contó que uno de sus compañeros en la comida del viernes tuvo que ir con dinero en efectivo porque temprano al otro día tenía que pagar a sus trabajadores en la obra. “Nos mostró su maletín y dentro había al menos una veintena de fajos de billetes debidamente envueltos con cinta adhesiva y en ella escrito el nombre de cada trabajador”.
Pidió que lo acompañasen en el taxi a su casa por precaución. Así que ella se ofreció con su amiga y Pedro, otro compañero.

Ahí contó la segunda parte de la velada. Estando en la sala se sirvieron la última copa que sumado a las que ya tenían en el cuerpo la invitación “perdió un poquito el control”. En medio de la borrachera el tipo abrió el maletín y comenzó a tirar los fajos al aire cayendo sobre la alfombra. “Nos arrojábamos de cabeza, nos empujábamos, la verdad que rodábamos agarrando el máximo de fajos. Eso duró hasta que nos fuimos”.

Y nos tenía preparada la tercera parte de la velada. “A la mañana siguiente nos llamó este compañero reclamando que faltaban algunos fajos. Así que llamamos a Pedro y éste los tenía”.

Hubo un momento de silencio en el casino de la oficina hasta que una de las jefas preguntó muy seria si ella no se había quedado con alguno. Porque el amigo Pedro habría sido muy descarado y evidente si se hubiera quedado con más de uno.

“No, si era solo un fajo el perdido”. Respondió María Teresa. Tragando saliva.

A los pocos días fuimos a la comida de despedida de María Teresa en el mismo restaurante donde ella asistía con sus compañeros.

Texto agregado el 13-04-2021, y leído por 38 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-04-2021 Y bueno,hay fiestas inolvidables con los ex-compañeros que son de "miedo",jajaja es cosa de recordar y sonreir,buena lectura.Saludos! plumi
13-04-2021 Jajajaa...muy bueno. MujerDiosa
 
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