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En los destellos rebeldes en que se anidan los recuerdos surgen aquellos lejanos años. Visualizo a mi tío con su rostro severo y un tanto indiferente con mi persona. Desde pequeño supe de su hostilidad, de sus miradas reprobatorias y de su voz potente que ponía los pelos de punta a mi obsecuente abuela. Era el cuarentón aún en plena soltería que disputaba privilegios y atenciones con el odioso advenedizo que era yo. Era la casa paterna y su casi inexpugnable territorio en el cual se me fijaron las reglas que yo, como un niño cualquiera, siempre estuve dispuesto a desacatarlas. Su espacio era sagrado y mis gritos, risas y rabietas no debían coincidir con su presencia intimidatoria, so pena de escuchar sus sermones y presenciar sus modales estereotipados. Bueno, yo era la visita de casi todos los días, acaso para alivianar a mi pobre madre en el cuidado de mis otros hermanos, algo consentido de muy buena manera por mi comprensiva y dadivosa abuela paterna. Fueron años de complicidad y desenfadada alegría.
Los años transcurrieron incesantes y la vida me transformo en un muchacho huidizo, reconcentrado y de pocas palabras. Ese cavilar silencioso encontró en mi primo menor la energía suficiente para poner en acción todas mis vandálicas ocurrencias. Yo solo, jamás habría intentado alguna travesura, pero el primo aquel era mi brazo armado y ejecutaba mis siniestros planes. Estos consistían en arrojarles cebollas podridas a los tejados de algunos vecinos o tocar el timbre de la única casa que lo poseía. Muchas otras ocurrencias copaban nuestras larguísimas tardes, pero ninguna nos entretenía tanto como aquella en que azuzábamos a un feroz quiltro del pasaje para que nos atacara, siendo lo más emocionante de todo este asunto el encaramarnos al nicho de una ventana antes que el animal llegara acezante a nuestros pies. Cada vez nos arriesgábamos un poco más, aproximándonos con irresponsable temeridad al territorio del perro, el que de puro olernos parecía bullir de furia. Hasta que un día se produjo la tragedia. Nuestra osadía había superado la prudencia y en una arrojada acción nos acercamos a escasos metros de su cubil. Nuestros cálculos desmerecieron la velocidad olímpica del quiltro pese a ser bastante paticorto. Siendo yo más alto, alcancé a duras penas el quicio de la ventana, pero mi primo, en el paroxismo del terror y antes que alcanzara a poner su pie en la ventana, sintió los afilados dientecillos del bruto en su pierna. Pero no fue eso lo peor. El perro, de filiación conocida no corría riesgo de sufrir hidrofobia, sino una rabia más comprensible, pero mi pobre primo, agregado a los mordiscos, sufrió varios e inmerecidos coscorrones de parte de su madre. Siendo yo el creador intelectual de la peligrosa jugarreta, salí indemne. Aquello alentó nuevas osadías creadas por mi mente malévola, las que eran movilizadas por los impulsivos caballitos de fuerza de mi primo.
Pero, más temprano que tarde, los juegos dieron paso a nuevas inquietudes. Los ardores de la adolescencia comenzaron a acuciarnos. Yo tenía una claridad meridiana que en el dormitorio de mi tío se escondía un gran secreto. Era algo que intuía por la actitud sigilosa de mi abuela que siempre estaba en guardia protegiendo ese lugar. Sea como fuere, la curiosidad dio paso a la acción y una tarde en que se nos brindó la oportunidad, entornamos la puerta de ese aposento y nos introdujimos con el corazón palpitante. El orden se imponía en la habitación hasta en sus mínimos detalles. Todo estaba en su lugar, ropa y libros cuyas solapas brillaban, ordenados en un pequeño estante. La pulcritud del lugar ofrecía fulgores irreales para nuestra mente desprolija. La inquietud era un timón antojadizo que nos impulsaba a buscar y rebuscar sin un propósito claro. Ahora comprendo que era el instinto el que nos guiaba, una comezón que nos electrificaba y nos impulsaba a hojear tomos y revistas buscando imágenes sugerentes o lecturas provocativas. Era ese instinto el que adquiría ojos, tacto y oídos, hurgando afiebrados dentro de ese cuarto célibe con un impulso poderoso, febril, desenfrenado. Y fue ese instinto el que nos permitió abrir las puertas de ese enorme ropero normando cuyo interior olía a naftalina. Y fue también ese instinto que nos ardía dentro del cuerpo el que se sació al encontrar aquella fotografía enrollada. Un latigazo recorrió nuestros cuerpos al aparecérsenos en papel couché, rubia, de piel sonrosada, bella como una diosa y radiante en su desnudez, la inigualable Marilyn Monroe. A nuestra mudez, al latido incesante de nuestros corazones, un ligero rubor delató algo parecido al pudor, al miedo, tal vez a la vergüenza y entreverado con todos esos poco claros sentimientos, un calorcillo que atizaba sus fuegos en nuestras vísceras. La rubia nos sonreía desde ese reino de papel y nosotros no parábamos de admirarla y comprender de una vez por todas que esa era la mujer ideal, el prototipo, la medida impuesta por nuestra propia y enloquecida razón para otorgarle también un significado, desde allí y hasta nuestra extinción, a todas las mujeres del mundo. Desde entonces, nos habituamos a merodear ese cuarto sagrado para nosotros. La distancia que me separaba con ese tío déspota creció de manera insuperable. Algo parecido a los celos nubló mi entendimiento, tanto que abjuré de ese hilo delgadísimo que significaba nuestro parentesco y que impedía que pudiese vengar tan horrenda injuria. Imaginé los castigos más implacables hacia aquel que se oponía a mis inocentes placeres. Ya hermanados en el secreto, mi primo y yo repetimos la maravillosa experiencia unas cuantas veces. Un pequeño bar que se ocultaba tras los libros también sufrió las consecuencias de nuestra insaciable curiosidad: tragos dulces, anís, menta y otros no reconocibles para nuestro lego paladar, contribuyeron a crear una singular atmósfera que acicateaba nuestro deseo. Acaso este fue el prístino maridaje entre el alcohol y el sexo, saboreando el licor y contemplando a nuestra diosa, atentos al chalupeo de nuestra abuela que podía desbaratar de golpe y porrazo esta especie de iniciación. La admirábamos a esa mujer que parecía contemplarnos desde la lejanía, pero luego era la mujer, la de todos los días, con la que compartíamos un febril secreto y de nuevo, la diosa de la pantalla, la incomparable, nuestra mujer. Existe una edad en que la fantasía lucha a muerte desde sus vaporosas trincheras y al final sólo subyace mal herida, avergonzada e irremisible mientras la realidad marca las lánguidas horas y los compases anodinos de la existencia.
Poco después, supimos consternados que la estrella había fallecido en extrañas circunstancias y entre variadas hipótesis, se esgrimió la del suicidio. Jamás dudé que esa fuese la razón de su final y por lo mismo, la distancia entre mi tío y yo se acrecentó, porque de manera tácita lo culpé de la terrible tragedia que ahora me ensombrecía. Este asunto adquirió ribetes anormales y soñaba con las partes astilladas de un diabólico ropero tipo normando, el rostro angustiado de la bella platinada implorando amor y la risa mefistofélica de mi tío burlándose de sus ruegos.
Este sucedáneo de viudez, dio paso a nuevos descubrimientos. Marilyn, el ropero y mi tío pronto fueron desplazados por los diversos acontecimientos que aguardaban su turno en mi creciente existencia. La vida siguió su curso con la cuota amarga de convencionalismos que barrían con esas trazas de magia que aún navegaban en los recodos de mi alma descontenta como resabios de una lejana niñez.
No hace mucho, mientras hurgaba entre unos papeles, encontré la fotografía descolorida de Marilyn, la original, la de su virginal desnudez. No entiendo por qué, pero la contemple con algo de respetuoso pudor y con suavidad, con ternura acaso, la guardé de nuevo. Tampoco sé por qué extraña razón, una repentina corriente de aire hizo que me lagrimearan vivamente los ojos.













Texto agregado el 30-03-2021, y leído por 64 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
02-04-2021 Esta Marilyn es aún más sensual que la anterior, y tu cuento, magistral. Abrazo Clorinda
31-03-2021 Emocion, solo puedo sentir emocion cuando los recuerdos llegan en papel, y Marilin testigo de tu juventud. jaeltete
30-03-2021 —Y a mi, tus textos, no sólo me agradan como a MujerDiosa, sino que cuando se tratan de memorias que muy bien se nota que las has vivido, no hay forma que yo pueda abstraerme de mis propios recuerdos que en mucho se parecen o mi memoria los hace parecer. Y creo que el recuerdo de Marilyn ambos lo mantendremos presente. —Gracias amigo y un abrazo. vicenterreramarquez
30-03-2021 Sabes cuánto me agradan tus textos. Éste tiene tu sello de calidad indudablemente. Vuelan estrellas!!! MujerDiosa
 
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