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Los primeros días de su aislamiento fueron acompañados por la televisión. Al principio miraba algún noticiero, pero cuando se embolaba de lo monotemático que era el tema “coronavirus y la conquista en el mundo” cambiaba por alguna serie o película en Netflix.
Las compras para su casa, se las encargaba a un vecino, que no tenía miedo. El arreglo había sido que José le transfería plata y le enviaba un WhatsApp con lo que necesitaba, así cuando Martín salía a hacer sus compras, le compraba a él también. Su vecino, le dejaba en la puerta del 3 A las bolsas con lo que había comprado y le tocaba el timbre para avisarle. Al tercer día de aislamiento, la noticia ya había sido esparcida por el edificio y las quejas por tener a alguien infectado ya se hacía notar. Incluso pusieron una de esas cintas de peligro alrededor de la puerta de su departamento como también en el pasillo. Eso lo enojó, pero también se puso a pensar en Doña Alma, su vecina del 3 C, que tenía 80 años y tantas veces había compartido agradables charlas, ya sea en el pasillo como en el ascensor. Sabía que estaba sola, ya que su marido había muerto hace un par de meses.
José se había armado una pequeña rutina con algunos permitidos. Él se sentía bien, cansado, sin olfato ni gusto, pero bien. Por las dudas abría la llave de gas cada vez que la usaba y la cerraba instantáneamente. El balcón era su contacto con el mundo exterior, se sentaba a media mañana y a la tardecita para poder ver a sus vecinos. A esa hora el clima ayudaba y también hacia que la vista sea interesante. Se inventaba o adivinaba las historias de cada uno de ellos y se entretenía en su imaginación. Estaba Juan que hacía ejercicio, Marta que junto a su gata regaba las plantas, Norma que junto a su marido tomaban mate y muchos otros vecinos que, como él, tenían una rutina armada para escapar del encierro. Incluso vio a Martin y Romina, balcón de por medio, hacer su primera cita. A cada vecino le inventaba un nombre, una profesión y una historia. Así los días iban pasando. Con el encierro, la forma de comunicación era a través del celular, pero como él tenía la vista un poco cansada, intentaba no mirar mucho el celular ni hacia videollamadas, ni juntadas por Zoom (la aplicación de moda para cenas, juntadas y hasta citas). En la tele intercambiaba alguna serie por Netflix y algún noticiero, pero con el tiempo se fue inclinando mas por el noticiero y el avance de la pandemia. Una porque ya no sabia que mirar en Netflix y quería saber mas del avance del coronavirus en el mundo.
Todos los días a las 15 hs, recibía un llamado de gente del gobierno para saber como estaba y eso le recordaba que estaba enfermo, que era un agente activo de contagio. Ese pensamiento hacia que su mente actuara como una bomba y cada vez se retrajera más. Tenia mas miedo y lo que pasaban en la tele no ayudaba, su paranoia iba creciendo minuto a minuto, incluso ya tenia decidido que el aislamiento lo iba a extender 15 días mas de lo que el medico le dijera. Se imaginaba salir el primer día y cruzarse en el ascensor con Doña Alma y que se muera por haberla contagiado. Eso no va a pasar, decía. La limpieza del monoambiente paso a tener una frecuencia de 2 veces por día, las compras de lavandina se hacían por litros semanales y el baño estaba brillante de tanto que fregaba. Luego de eso, una siesta reparadora ya que el virus hacia que su cuerpo se canse mas de la cuenta. Las sabanas las lavaba y las cambiaba diariamente y aunque lloviera, el ventanal que da al balcón estaba siempre abierto. Hay que airear se decía por mas que entrara algo de agua.
Cuando le traían la compra del mercado, abría la puerta con cuidado y limpiaba las manijas con Lavandina diluida. Luego de entrar las bolsas, limpiaba el piso del pasillo, donde habían estado apoyadas las bolsas. José tenia preparado dos baldes uno con agua y lavandina y otro con agua. Toda compra que venia de la calle tenia que pasar 5 minutos sumergidos en cada uno de los baldes, no importara como era su envoltorio, antes de guardarlo se descontaminaba. El mismo procedimiento se hacia para los utensilios de cocina. Los vasos, cubiertos y platos, luego de cada comida, primero se lavaba con detergente y después se descontaminaba utilizando el sistema de dos baldes.
Al pasar una semana de encierro y ver como el contagio se podía dar por contacto, le pidió a Martin que le trajera un rollo de papel film para embalar desde el celular, control remoto hasta la tele y la biblioteca. Incluso, usaba guantes de látex casi todo el día. No quería tocar nada, ni que nada lo toque a él.

Texto agregado el 23-02-2021, y leído por 10 visitantes. (0 votos)


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