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En un lugar estratégico, la trampa está preparada. Un trozo de queso amarillea tentador bajo el acero oscuro y los habitantes de esa casa antigua y crujiente, han volcado toda su esperanza en dicho ingenio. Es cierto, es un simple ratoncillo el que merodea por los intersticios que le ofrecen las maderas podridas y las murallas desencajadas o que rastrojea entre las sobras de la cocina. Pero la señorona, una mujer que se debate entre menjunjes y vestimentas gastadas y ese hombre al que la desventura y los años tumbaron sobre una silla de ruedas, no soportan sus carreras nerviosas y sus chillidos apagados. Jamás han visto a ese animalito de pelaje gris que encarna toda la miseria que ellos detestan, acaso porque de algún modo se les parece en demasía.
Doña Asunta, conoció épocas más gloriosas. Nacida en el seno de una familia aristócrata, su niñez y juventud se desarrolló entre tules, joyas y regalías. Esa existencia envidiable que ha inspirado centenares sino miles de novelas y películas, se truncó de golpe a raíz de una repentina quiebra que sobrevino como la más desastrosa de las tempestades. Los lujos se desvanecieron para dar paso a impensadas apreturas. En esa instancia fue que Asunta conoció a don Honorio, un próspero comerciante mucho mayor que ella, pero ya sabemos que el dinero rejuvenece a los ancianos y embellece a los no tan dotados. Y de este modo, Asunta contrajo nupcias con el “efebo” de Honorio, al que le lucían tan bien las galas de Arturo Prat y las de la Gabriela Mistral, sin dejar de lado la pose enigmática de don Andrés Bello*
Poco duró esta tabla de salvataje. Una debacle global arrastró consigo la ruina de todo el comercio local y, por consiguiente, la quiebra precipitada de don Honorio. La mansión que disfrutaban fue rematada y ambos debieron arrendar una vivienda modesta en un barrio menos acomodado.
Pues bien, al ratón tampoco le iba mejor dentro de esta desmejorada situación. Los platos se dejaron de usar después que el dinero se fugó de las faltriqueras de don Honorio. Una agüita de té sin acompañamientos fueron los desayunos y en la tarde, verduritas escamoteadas en algún negocio. A la noche, la aventura consistía en utilizar las bolsitas de té de la mañana y a menudo una agüita perra* sólo para condolerse con sus desmejoradas tripas.
Inserto en este escenario miserable, el ratón olisqueaba por acá y por allá y sin dar en el blanco con siquiera una migaja, atacó las patas de una silla, pero como transformarse en termita no era su afán, debió abandonar aquella mísera vivienda y buscar nuevos horizontes.
Los pobres ancianos desfallecían a causa de esa inanición que se les corroía los intestinos e ignorando cómo podrían recurrir a alguna entidad que los socorriera, perseveraban en sus agüitas perras acompañadas por esa melancolía que les atragantaba el gaznate y se les escurría por las ojeras.
Una tarde, sin embargo, sobre la mesa de la cocina apareció una caja repleta de mercadería. Sin explicarse el origen de dicha maravilla y sólo impulsados por su instinto se dieron a la ingente tarea de ultimar a ese siniestro asesino que jugueteaba con sus tripas y se despacharon parte de ese botín hasta hartarse. Otro día, fueron cecinas, más tarde, legumbres, leche, tortas y pasteles. Satisfecha esa necesidad vital, los ancianos se preguntaron quién era ese generoso proveedor que con esos obsequios prácticamente les había salvado la vida. Carecían de parientes que los socorrieran y sus amigos hacía tiempo que yacían bajo las losas de los camposantos. Las puertas de la casa permanecían cerradas a toda hora y sólo se entornaban en la mañana cuando la pobre Asunta recorría los negocios para escamotearse lo que estuviera a mano. El hambre tiene el poco glorioso poder de disolver hasta los más acendrados prejuicios. ¿Quién entonces era ese benefactor que les proveía con tanta amabilidad de dichos alimentos?
Repararon que hacía tiempo no había huellas del roedor que tanto los intranquilizaba. La mujer hurgó en todos los agujeros sin que hubiese señales de vida y la trampa permanecía intacta, con el trozo de queso adquiriendo ya matices verdosos.
-¿Y si es el ratón el que nos trae estos alimentos, Honorio?
-¿Cómo se te ocurre tamaña barbaridad, mujer?- el viejo lanzó una carcajada animalesca que rebotó en las paredes.
-Pobre ratón. Yo creo que nos abandonó cuando se percató que ya no encontraría nada para comer- repuso pensativa doña Asunta.
Lo que no sabían los ancianos era que el ratón se había internado por los laberintos cavados por sus antepasados y algunos desembocaban en las casas del vecindario. Uno de esos vecinos era un almacenero de corazón muy generoso que también adoraba a los animales. Allí se apareció de pronto el ratón y Atilio, que así se llamaba el comerciante, vislumbró en sus negras pupilas un hambre visceral. Le colocó unas galletas en el agujero y un vaso de leche, lo que el roedor se despachó de una plumada. Pero sus ojos aún denotaban una preocupación que trascendía su condición animal. Atilio lo contempló con preocupación.
-Este ratoncito ha sufrido mucho. Y presiento que no es por algo que lo afecte a él. Sus ojos y ese lagrimeo constante me indican que el animalito tiene sentimientos casi humanos.
Al día siguiente, el ratón apareció en el negocio de Atilio con algo en su hocico. Era una fotografía. Atilio reconoció a las personas de inmediato. Sobre todo a la señora Asunta, que cautelosa y con el temor en sus pupilas le escamoteaba algún tomate o una naranja y se perdía con esa velocidad que en los ancianos es tan sólo una intención. Él siempre la descubrió en tales menesteres, pero fingía no darse cuenta. El corazón del hombre era tan grande como su almacén, siempre repleto de mercadería para satisfacer a su numerosa clientela.
Esa noche y ya cerrado su negocio, caminó el par de casas que lo separaba del hogar de los ancianos. Frente a él, sólo se detuvo para estudiarla. Después, regresó a la suya. Como ya conocía esa vivienda, supo que existía un tragaluz sobre la cocina. Y siendo además un escalador aficionado que había trepado algunos cerros peligrosos, llevó sus cuerdas y una caja con alimentos. Entendía que los ancianos eran personas orgullosas que jamás aceptarían regalos de su parte.
Por consiguiente, si alguien se hubiese asomado a esa solitaria y penumbrosa calle en la madrugada, habría visto una sombra elevándose con mucho oficio hasta alcanzar el tejado. El tragaluz estaba entornado y abajo se divisaban la pequeña mesa vacía y un par de sillas destartaladas. Cuando aparece la miseria, los muebles son los primeros que se enteran. Con mucha cautela, abrió el tragaluz para dejarle espacio a una caja de alimentos enganchada a una cuerda. Retirada la soga, descendió con la misma prolijidad y regresó a su casa con el corazón ufano.
El ratón regresó pocos días después a la vivienda de los ancianos pues se había acostumbrado a ellos. Ya no estaba la trampa con el trozo de queso, sino un plato con leche y un trozo de pan. Doña Asunta siempre tuvo el presentimiento que el ratoncito aquel tenía algo que ver con la llegada tan oportuna de alimentos. Y cuando un día cualquiera se toparon, ella no pegó el acostumbrado brinco y el ratón tampoco huyo a su guarida. La mujer sólo le sonrío y el ratoncito chilló con suavidad como si quisiera expresar en su idioma de roedor que algo dentro de su minúsculo pecho latía por ellos.

*Billetes chilenos con los rostros de personajes renombrados.

* Agua caliente sin ningún aditivo.














Texto agregado el 22-02-2021, y leído por 71 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
23-02-2021 Coincido sobre las oraciones que señala Vicente: cuentan más de lo que parece. Este texto me recuerda a aquellos primeros dibujos animados donde los animales se transformaban en hadas. Es un cuento con mucha enseñanza. Besos. MCavalieri
23-02-2021 —Quiero comenzar con oraciones que dicen mucho: «Cuando aparece la miseria, los muebles son los primeros que se enteran». «y se perdía con esa velocidad que en los ancianos es tan sólo una intención». «El hambre tiene el poco glorioso poder de disolver hasta los más acendrados prejuicios». Esto que presentas como narración, para mi, entra en la categoría de cuento y así los leo buscando un desenlace que impacte y haga pensar, tal como este final al que nos conduce un pequeño ratón. —Un abrazo vicenterreramarquez
 
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