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Lugar: Cafetería de la avenida Constitución.
Fecha: 2011-2017
—Quisiera recordar ciertas cosas, pero me es tan frustrante ni siquiera poder acordarme del por qué, ésta cafetería es tan importante para los dos.
—No debes estresarte, el doctor dijo que solo es cuestión de tiempo para que recuperes la memoria, además nuestra historia no tiene reloj.

Siempre está ese dicho que la vida es una constitución de etapas; que para llegar a la madurez uno debe pasar o quemar ciertas etapas, siguiendo una línea convencional y vertical, digamos: niñez, adolescencia, juventud, adultez. Y creo sin temor a equivocarme que lo primero se cumple; que la vida ciertamente son unas secuencias de etapas, pero jamás o casi nunca es estándar, que esa singularidad por propia hace muy difícil la verticalidad. A veces la vida te pega con tanta fuerza que dejas de ser niño y de golpe te haces adulto o ya siendo adulto vuelves a cometer los mismos errores de tu primera adolescencia. Es complicado el asunto y en otro casos doloroso, pero para mí es hermoso eso de vivir la vida saltando etapas o retrocediendo para recordar de donde vengo.

Cuando tenía 16 años mi vida se basaba en la observación, de mirar alguna cosa hasta desgastarla con los ojos. Lo que me obsesionaba en esa época y ahora son los detalles; esos espacios entre grietas que la gente común casi nunca ve. Es que a mí no me bastaba que me dijeran que la palabra fin existe y que ahí toda historia termina, porque lo que a mí me basta son los "continuara"; esos espacios infinitos cuando el cerebro deja de aburrirse. Éramos adolescentes y me gustaba arrastrar a Cecilia hacia lo inagotable, ella los llamaba locuras y se aferraba a ellas sin que nada le importara: teníamos 16 y el mundo si lo hubiéramos deseado nos podría caber en la palma de nuestras manos, estábamos locos, estábamos bien.

Ella me va a recordar como el chico que en la primera mañana de abril la agarro de las manos y la convenció de no asistir al colegio. Para ir juntos a las colinas del distrito XVII y ver el mural del artista plástico que firmaba con el seudónimo de Wayra, palabra quechua que significa aire, que daba justo al frente de la cafetería de la avenida constitución. Quién diría que con el tiempo nos convertiríamos en unos expertos cazadores de todos los murales de la ciudad. En este mural que no es inmenso pero si lo suficiente grande, Wayra nos dibuja el torso de una mujer, seguramente simbolizando la tierra, nuestro mundo. Y dentro de ella la isla Kiribati, que según los informes de la ONU dentro de 50 años será el primer país en desaparecer por las consecuencias del cambio climático, sin duda el mural es una muestra que invita a la reflexión de lo efímero que son las cosas. No importa cuánto tiempo nos quede, siempre tendremos en la mente la extinción.

Nos quedamos una hora apreciando los colores y otra hora más planeando nuestro próximo secreto. Después de aquella mañana vinieron muchas más y después como es lógico todas las tardes misteriosas y las noches sin fin.

Y yo la voy a recordar como la chiquilla distraída de ojos brillosos que en la primera noche del mundo arrastre al distrito 5, el mágico distrito de los árboles y sus leyendas. Donde conocimos un duende llamado Dotoro que nos enseñó la continuidad de los parques; porque un parque no acaba cuando la vista deja de mirar el horizonte, porque un parque vive y se extiende por sus historias. Por ejemplo Dotoro en una de esas noches del mundo nos llevó a un parque situado en el extremo del distrito, "Rojo" le dicen, donde conocimos piletas con deseos reales y hermosas criaturas que creíamos ya extintas. Una de las piletas se llama Andromeda, "la melancólica".
Andromeda la colonial fue construida ya hace muchos siglos, en su placa se puede ver que el nombre de su creador y la fecha de 1547, pero en realidad Andromeda nació 10 años después cuando la hija del curaca Taulichusco hizo una promesa y la sello con una lágrima. Una de la primeras cosas que hizo Francisco Pizarro después de apoderarse del palacio del curaca y fundar la ciudad de Lima fue mandar a con construir una pileta, seguramente recordando su infancia en la ciudad de Trujillo (Extremadura) donde era un simple cuidador de marranos. Khuyana, que significa amor, compasión, digna de ser amada, es el nombre que le atribuyen muchos cronistas a la hija del curaca. Khuyana que en la mañana de 1547 enterada de las costumbres extranjeras pidió a "Andromeda" por la libertad de su prometido Manco Inca, el último príncipe rebelde que se mantenía prisionero por huestes españoles en la ciudad y capital imperial de Cuzco. Y fue así que en otra mañana del mundo Manco Inca logra escapar de sus captores y refugiarse en Vilcabamba para formar la última resistencia contra el invasor. Manco Inca es la historia de un guerrero muerto por la libertad y Khuyana la historia del desprendimiento por una promesa. Hicimos un pacto para protegerla y guardar su secreto.

Tiempo después un profesor descubrió nuestras salidas y nos mandó a la oficina del director y pagamos las consecuencias: llamaron a nuestros padres, a ella la suspendieron, a mí me expulsaron, sus padres le prohibieron verme. Pero nada de eso fue impedimento, porque conocía el patio de atrás de su casa y la hora misteriosa para ir a buscarla. Por ella es que aprendí a silbar y a lanzar piedrecillas a su ventana. Ya esa altura no nos importaba nada, teníamos un secreto y era suficiente. Supimos de memoria cada de una de las calles, sus personajes y sus bellas aventuras.
Cecilia me va recordar como el chico que le enseño que lo bueno puede ser aún más bueno y que lo malo si se le comprende no lo es tanto, pero no le enseñe que cuando lo malo se descontrola puede llegar a ser terrible, eso ella lo aprendió con la erosión del tiempo y a la par que agotamos todo nuestro reino… Yo había oído escuchar de ciudades formidables y le propuse ir a buscarlos juntos, pero a ella la golpeo muy pronto la vida adulta a pesar de ser aún muy joven, quería entrar a la universidad, quería estabilidad… Y fue así que partí de su lado con una promesa. Pasaron los años y hoy la vi en la cafetería de la avenida constitución, tenía los mismos ojos brillosos de siempre.
Regrese por ella, vine antes que lo malo se descontrole y su corazón se reseque. A cumplir la promesa de un verano pasado, donde fuimos príncipes de un reino que se acababa y que ahora somos un otoño que juro con rabia quedarse solo, muy solo.

Texto agregado el 25-01-2021, y leído por 68 visitantes. (3 votos)


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