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El rincón del esquizo- así se llamaba aquel bar. Y entramos pensando que encontraríamos detrás de la barra a un sujeto babeante puesto a neurolépticos, pero encontramos a una preciosa morena de largas y bonitas piernas que tras la barra sonreía. Se ve que lo del nombre era puro marketing en plan piscología inversa.
Dentro había un tipo que no hacía más que mirarse el reloj. No sé qué prisa podía tener. Ya habían dado las doce: estábamos en el nuevo año. Hasta el lunes… Pero lo entendimos. Debía de ser su amante, pues otra morena de largas piernas enfundadas en panty oscuro hizo una aparición triunfal. Y digo esto porque no tenían edad de ser novios. Unos cincuenta años, les calculé. Tampoco lo éramos nosotros. Aquella noche habíamos hecho una excepción. De consuno nos citábamos en el cine y entre las sombras dábamos rienda suelta a un instinto coartado en sus propios medios dado que en un cine poca rienda se puede soltar. Por ello entramos en aquel misterioso bar creyéndolo una sub-tapadera cinematográfica, pero resultó espectacular. La iluminación, el decorado, el personal. Todo perfecto. En un rincón nos sentamos a platicar.
Aquello nuestro era insostenible. Una cosa u otra había que determinar. Y lo íbamos a hacer allí. Por fin decidimos dejarlo. Las ventajas eran inferiores a los inconvenientes. Matrimonios con hijos de por medio lo aconsejaban. Y nos queríamos. Habíamos sido compañeros de Instituto, y un buen día nos encontramos de nuevo entre el tráfago de la gran ciudad. No sé por qué no habíamos empezado, entonces, a noviar. Posiblemente por ganas de conocer el mundo antes de cerrarnos las puertas con una relación formal a tan corta edad. Pero nos gustábamos entonces. Entonces y después- cuando coincidimos en el metro, Avenida de Oporto, correspondencia con Opañel. Y comenzamos a citarnos clandestinamente en la filmoteca nacional, como dos adolescentes. Como íbamos sobre todo a palpar, elegimos el Doré, por su precio, y situación: muy lejos de nuestros respectivos barrios. La filmoteca nos resultaba ideal.
Aquella noche nos perdimos por Lavapiés. Había que tomar una determinación. En broma le dije que lo dejáramos al azar, con una moneda al aire. Se rio.

Y así fue cómo por segunda vez en nuestras vidas nos tuvimos que separar.

Texto agregado el 01-01-2021, y leído por 52 visitantes. (0 votos)


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