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Ella estaba ahí, parecía perdida, parada en una esquina en el anochecer de la ciudad de Buenos Aires. Volvía después de un par de años ausente a su lugar, a su barrio. Lo veía diferente, las luces la encandilaban, las marquesinas y los carteles parecían un cambalache de colores que se asemejaban a un festín navideño de las películas que había visto alguna vez. Ella tenía esa curiosidad, ese miedo que le generaba estar ahí, nuevamente, parada en una esquina sin saber que hacer, sin nadie que la agarre de la mano. Vestía un pantalón de jean ajustado, una musculosa de color blanco estampada con la foto de un artista venido a menos y un saquito del mismo color que la cubría hasta casi la rodilla. Solo la acompañaba una mochila que colgaba de su hombro derecho.
El semáforo ya le avisa nuevamente que tiene paso y ella como si nada, mirando sin mirar, al horizonte donde esta esa luz. Un nombre en una esquina le recuerda que va por el sentido correcto. Sus piernas vencen ese miedo y empiezan a descontracturarse, caminan mientras su mirada sigue fija en aquel lugar, en aquel cartel que le indica donde ir. Uruguay y Corrientes, dice el cartel y ella recuerda, mira el celular donde esta anotada la dirección y se dice a sí misma, voy bien………seguí que estamos cerca. Son 3 cuadras que la separan de su casa, de su edificio, de ese lugar que añoro volver por tanto tiempo y que ahora quiere que esas cuadras sean eternas. El miedo a volver, a encontrarse algo que no sabe que. El estar sola nuevamente, encerrada, en su casa deshabitada y fría, entrar en ese cuarto extrañamente olvidado que se asemeja a las películas de terror que de quinceañera amaba.
Se detuvo en la esquina, tomando aire, se paró a comprar una gaseosa. El día estaba nublado y fresco, pero agradable por ser 4 de abril. Los 22º C se notaban y al ser jueves en la ciudad, se veía la gente pasear por las calles, los teatros ya estaban a punto de empezar su función y la gente atemorizada de llegar tarde, corría y empujaba a los demás, los gritos y las peleas eran frecuentes. Ella pensaba que era semejante a san Fermín cuando fue con su ex o actual pareja (ella no sabe que fue de la vida de él desde su internación, pero recuerda que nunca terminaron su relación) a ese fantástico festival.
Ella bebió un sorbo de su gaseosa, el gusto a cola penetraba por su garganta mientras sus labios se apoyaron en el frio del aluminio y bebió. El sonoro recorrido que hacia la bebida desde esa lata, pasando por su boca hasta su garganta, para perderse en una sensación de satisfacción corporal que hacía tiempo no sentía. Un escalofrío de éxtasis recorrió su cuerpo. Ella bebió y como si fuera la modelo de la publicidad, disfrutaba de la sensación mirando hacia arriba, como agradeciendo a la divinidad de estar ahí, de estar tomando esa gaseosa que le dio energía para seguir su camino.
La ansiedad y el miedo luchaban en su interior, mientras las piernas obedecían a cada round ganado. Apurando el paso o deteniéndose a mirar una vidriera con el solo fin de retrasar su vuelta. En ese caminar miraba como una turista perpleja de las divinidades de la ciudad, de los edificios, de la gente que caminaba apurada sin mirar y chocándose unos con otros. Ella siguió su camino, ella miraba contemplando el paisaje, completamente nuevo, guardando esas imágenes en su retina y tomándose su tiempo para disfrutarlo.
Ya quedaba menos, solo la separaba una cuadra de su casa. Tomó un ultimo sorbo de la gaseosa para darse fuerza y con la mano derecha sacó del bolsillo derecho de su mochila su llave. Los nervios vinieron en masa y el pequeño temblor de su mano hizo que las llaves cayeran al piso. Al agacharse sintió el temblor de sus piernas y el recuerdo de cuánto tiempo hacía que no estaba en cuclillas. Su rutina de hacer ejercicios había quedado muy atrás, antes de la internación. Se levantó sin darle importancia al vaivén que propino su cuerpo y siguió.
Ya quería llegar, necesitaba hacerlo. El ruido de la calle ya le molestaba. Apuro su paso, esos 30 metros que le faltaban para llegar a Uruguay 835, mientras un par de lágrimas caían por sus mejillas.
Al llegar a la puerta la recordó, estaba igual que hace 5 años, cuando por ultima vez cerro esa puerta para dirigirse a la granja. Ingreso sin pensar tanto, no quería cruzarse con nadie de su edificio, ni el portero ni vecinos. No quería dar explicación de quien era. El ruido al cerrarse la puerta la traslado inmediatamente a ese día, al día que salió por última vez. Ahora había regresado sin saber que hacer, pero sabiendo que tenía que hacerlo.
Subió los 3 pisos por escalera agarrando la baranda fría y despintada del edificio, dándose fuerza por cada escalón que subía, por cada piso que subía hasta llegar a su 3 B, su casa.
La agitación del cuerpo iba increcendo con cada escalón y por fin vio en el descanso el numero 3. Había llegado a su piso, solo faltaba un poco más. Un “vamos” sonó como un eco en el interior de su cuerpo. Abrió la puerta que la separaba del pasillo e ingresó en el. Agarro más fuerte sus llaves y camino los 5 pasos que la separaban de su departamento. La puerta de madera con la letra B en el medio superior, de color dorado, estaba enfrente suyo. Respiro hondo e introdujo la llave, la vuelta y media que dio fue suficiente para escuchar el sonido de su puerta al abrir.
Unos instantes demoró en ingresar, con sus ojos miraba el interior de su departamento, semivacío y sucio. Cartas acumuladas y algunas facturas tiradas por ahí. Dio esos dos pasos que le permitieron cerrar la puerta y se desvaneció contra ella. Sus lagrimas salieron con fuerza, mientras todo su cuerpo se relajaba y adoptaba una posición fetal, imaginando un abrazo que nunca llegaría. Pero ella era fuerte, muy fuerte y necesitaba ese tiempo. Ella había vuelto. Ella estaba viva y recuperada. Ella logro volver, volver para empezar.

Texto agregado el 27-12-2020, y leído por 38 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
29-12-2020 Bien por la protagonista. La oportunidad de volver a empezar esta siempre tras la decisión de hacerlo. Me gustó. Saludos sheisan
 
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