El sol ha viajado hasta la ventana, se filtra por los vidrios, llega hasta la pared, la pinta de mañana. Las sombras están vivas. El ambiente oscila entre la luz y los restos de la madrugada. El aroma es de viaje concluido, de inicio de algo. Hay siglos resumidos en amaneceres, archivados en millones de memorias; cuando la emoción es silencio, cuando los límites son existencias concretas en el mundo de los sueños, ahí están fosilizados los caminos de las respiraciones inocentes. La distancia entre dos alegrías está mediada por otra; una pared que soporta el tiempo, que se ha llenado de alegorías absurdas imitando la historia. Hay una pequeña sombra imperceptible que conoce el rostro de la mosca; esa sombra abarca otro universo en el que cabe la calle, las personas, el escenario de la ciudad con aroma de lluvia y café.
Después los pasos acompañan la aventura de mirar los objetos como si fueran parte de la lluvia que moja la calle. Ahí, otra vez, la visión es de asombro, al descubrir como lo cotidiano es parte del inmenso, extraño, asombroso, hermoso, viaje de la galaxia sobre el silencio del tiempo. |