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Inicio / Cuenteros Locales / Enrique_Orellana / Jimena, la maldición de un milagro

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Reflexión:
No es un milagro que el Sol nazca cada día, ni hay maleficio cuando se oculta y empieza la noche. No hay nada mágico en ello, es solo un mecánico ciclo natural en el Universo. Los milagros como las obras del demonio son solo percepciones ajenas a la realidad.


Jimena, la maldición de un milagro

Aquella noche en las festividades de la Quema del Diablo, los habitantes del pueblo de Las Tres Cruces lo tenían todo preparado. El gigante muñeco de paja estaba pintado de rojo, un par de cucuruchos de cartón hacían las veces de cachos, rodajas de berenjena como ojos con pupilas hechas de nabo, nariz de zanahoria, bigotes con cerdas de cola de caballo y una sonrisa malvada hecha de trozos de calabaza.

—¡Ji-me-na! ¡Ji-me-na! ¡Ji-me-na! —coreaba la multitud.

Jimena apareció detrás del gentío arremolinado alrededor del muñeco; conforme se daban cuenta de su presencia las voces se apagaban hasta quedarse en un silencio sepulcral. La multitud se abrió creando un corredor que terminaba en el muñeco. Jimena caminó despacio por el pasillo y a cada paso miraba las decenas de pares de ojos que la observaban con ansiedad. Al terminar su recorrido se detuvo, miró con cierta timidez aquel espantajo, desde las piernas apretadas con sendas cuerdas hasta llegar a ese rostro impávido pero desafiante.

Jimena giró con lentitud su cara a uno y otro lado como tratando de resolver una duda; la gente solo le sonreía alentándola a continuar a lo que todos esperaban de ella. Jimena devolvió la mirada nuevamente al rostro de aquel diablo. De pronto, los ojos cafés de Jimena se tornaron naranjas, unos pequeños brillos bailaban en sus pupilas hasta convertirse en luces amarillas. La gente estaba extasiada ante este espectáculo en los ojos de la pequeña. Entonces Jimena abrió su boca lo más que pudo y salió con fuerza una bocanada de fuego directamente al pecho del muñeco, mientras la gente estallaba en una algarabía de vivas, risas y aplausos. Jimena cerró su boca y respiró profundo varias veces hasta encontrar la calma. Su madre se le acercó por detrás y asió sus pequeños hombros.

—¿Estás bien cariño? —le preguntó con suavidad.
—Sí, madre —le contestó con una mirada de súplica—. Vayámonos a casa.

Mientras se retiraban, su madre volteó un momento para ver que aquel muñeco de paja se iba consumiendo por las llamas, y a los pueblerinos que bailaban celebrando la fiesta.

Jimena se tiró a la cama, su madre se le acercó, le quitó las botas, la arropó y le dio un tierno beso.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó su madre al verla pensativa.
—Estoy bien, solo un poco cansada —y cerró sus ojos aparentando que dormiría para que su madre se tranquilizara y la dejara sola. Una vez que su madre se retiró, Jimena con voz muy queda se preguntó—: ¿Cómo es que llegué a este punto?

Recordó aquel día, hacía ya unos meses cuando en una noche caminando en dirección a la casa de su tío Fermín tres luces en el cielo estrellado, de forma de esferas, seguían su caminata; por un momento no les dio mucha importancia, pero cuando se detuvo para verlas mejor las luces también lo hicieron, esto llamó su atención, más aún, cuando las luces comenzaron a girar por encima de ella. Jimena se asustó y apretó el paso, las luces se movían a su misma velocidad siempre girando; entonces empezó a correr para llegar lo más antes posible a su destino. Cuando ya estaba cerca de la casa vio a su tío Fermín y detrás de él varios vecinos que miraban al cielo en dirección de las luces, no se percataron de Jimena solo cuando ésta comenzó a gritar: «¡Tío Fermín! ¡Tío Fermín!».

Los vecinos y el tío Fermín miraron a Jimena que corría y a las luces que se movían arriba por sobre encima de la pequeña. La gente se hizo para atrás cuando Jimena estuvo cerca, al verlos con esta actitud Jimena se detuvo y levantó la mirada hacia las luces que ahora estaban detenidas. Una de aquellas bajó hasta estar a unos diez metros sobre Jimena y como si fuera una lámpara proyectó un rayo de luz sobre Jimena. La muchacha se petrificó de espanto, pero luego sintió una inmensa paz que la hizo cerrar los ojos y sonreír. Tres dulces voces le hablaban algo que no entendía, ella solo sentía paz. El tiempo transcurría con lentitud. El universo era como una cuna que la protegía. Todo parecía durar una eternidad.

Cuando Jimena abrió los ojos, ya era de día, volvió a cerrarlos y rodó a un costado, nuevamente abrió los ojos y recién pudo darse cuenta que estaba echada sobre su propia cama, sorprendida levantó el torso de un impulso hasta quedarse sentada.

—¡Mamá! —la requirió al sentirse sola.
—¡Hola, cariño! —contestó su madre y le sonrió.
—¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en mi cama?
—Has dormido un par de días desde aquella noche de las luces —le informó su madre.
—Las luces… —se dijo en voz queda tratando de recordar lo que pasó— ¿Cómo llegué aquí, mamá?
—Tu tío Fermín dice que una de las esferas de luces te alumbró con un rayo de luz y que te elevaste hasta dentro de ella; luego se reunió con las otras dos luces y desaparecieron por las nubes. Unos minutos después, aquella esfera de luz bajó hasta donde estaban los vecinos con tu tío Fermín. Una dulce voz les habló pero no entendieron nada, no obstante dijeron que era bueno porque sentían mucha tranquilidad en sus almas. Luego se elevó con rapidez para desaparecer en el firmamento, no sin antes dejarte recostada en el suelo. Tu tío dice que dormías plácidamente con una sonrisa en los labios y como no podías quedarte en su casa te trajo aquí, desde entonces estuviste dormida... ¿Qué pasó dentro de esa luz, Jimena?
—¡No lo sé! Solo recuerdo sentir una inmensa paz.
—Los vecinos han venido a verte y saber lo que pasó, yo solo les dije que aún seguías dormida. Algunos creen que fueron ángeles que te llevaron donde el mismo Dios y que todo esto fue un milagro. Yo solo me siento aliviada que no te pasó nada y estoy más tranquila ahora que estás despierta.

Jimena se levantó, y luego desayunó como si en mucho tiempo no hubiera comido; después salió a dar un paseo por el pueblo.

Los vecinos la saludaban sonrientes como a una celebridad. Algunas mujeres después de saludarla continuaban su camino mientras murmuraban cosas de milagros. Pasó por donde el herrero y le saludó, él le devolvió el saludo, luego volteó a ver su fragua al tiempo que se rascaba la cabeza.

—¿Le pasa algo, don Javier? Lo veo preocupado —preguntó Jimena al herrero.
—Sí Jimena, de algún modo el carbón está húmedo y por más intentos que hago no logro encender el fuego.
—¿Puedo ver? —le preguntó Jimena y el herrero aceptó, mas cuando se acercó algo la obligó a estornudar y sin querer salió por su boca una flama por unos segundos que provocaron secar algunos carbones que luego se encendieron—. ¡Perdón, don Javier, no sé lo que pasó!
—¡Esto es asombroso, Jimena! Pero no te asustes que esto debe ser un milagro de Dios.

Lo sucedido corrió de boca en boca como reguero de pólvora. De nuevo la gente se arremolinaba alrededor de la casa de Jimena tratando de ver a la joven que fue tocada por Dios y que le dio un don. Pero Jimena se sintió intimidada por los vecinos y asustada de lo que sucedió en la herrería. Su madre trató de calmarla diciendo que solo es curiosidad de la gente y todo pasaría para mañana. De cierto modo así fue.

A la mañana siguiente ya no había ningún curioso rodeando la casa, por lo que Jimena se animó a dar un paseo pero esta vez su madre la acompañó. Los pueblerinos las saludaban con ánimo y alegría.

—¿No te parece raro, mamá? La gente está diferente —observó Jimena.
—Así es —confirmó la madre.

En efecto, los lugareños del pueblo de Las Tres Cruces se sentían bendecidos por Dios. «¿Por qué Dios le habría dado un don a Jimena? Seguramente porque se siente alegre por los habitantes del pueblo. El milagro debe ser un regalo divino por ser tan buenos devotos.» Eso era lo que pensaban los pueblerinos y convencidos estaban de aquello.

Desde ese entonces el trato para con Jimena fue distinto. Cuando alguien tenía necesidad de fuego recurrían a Jimena, de esta manera el socorrido se sentía más cerca de Dios, como si el Divino los tocara de cierta manera.

En algunas noches frías tocaban la puerta de Jimena para pedirle que les encendiera la chimenea aduciendo que la madera no prendía por alguna extraña razón. Otras veces iba una madre para decirle que el carbón de su cocina parecía que siempre estaba húmeda pues no conseguía encenderla de ningún modo. En otra ocasión se acercó un anciano para pedirle a Jimena que le encendiera su pipa pues se le acabaron los cerillos ya que se apagaban inexplicablemente tan pronto se prendían. Y cuando algunos querían hacer una fiesta escogían la medianoche e invitaban a Jimena aunque todos sabían que a la pobre no le gustaban ese tipo de reuniones pero lo hacían tan solo por el espectáculo de verla encender la fogata.

Al principio a Jimena le gustaba ayudar a los demás, por lo que con agrado se ofrecía hacerlo aunque al inicio no sabía cómo manejar su don. Su habilidad fue en aumenta en cada práctica a los socorridos, tantos eran los pedidos que aprendió a concentrarse y botar fuego por la boca. A quien no le gustaba nada era a su madre pues se daba cuenta que solo utilizaban a su hija con argumentos tontos y triviales para aprovecharse de la nobleza de Jimena. Con el correr de las semanas Jimena se sentía agotada y lo que parecía un hermoso don se convirtió en una carga por lo que ya no disfrutaba en producir fuego, pero les daba gusto a los vecinos pues ella misma estaba convencida que había una razón poderosa para que Dios le hubiera dado esa gracia divina.

Hasta que llegaron las festividades de la Quema del Diablo, y por supuesto Jimena era la invitada especial. En otros años se escogían a dos niños a quienes se les daba sendas antorchas y llegado el momento cada uno encendía una de las dos piernas del muñeco. Ahora Jimena, el milagro de Dios, le tocaría de ahora en más tener el honor de prenderle fuego.

Es así cómo Jimena aceptó la invitación del pueblo para encender aquel muñeco tradicional a pesar que no era dada a celebrar fiestas y porque todo aquello ya la tenía algo agotaba.

Esa madrugada un pequeño ruido despertó a Jimena. Dos sombras con cuatro ojos la miraron. Una mordaza ahogó sus gritos y de inmediato la oscuridad... Movimientos bruscos… Empujones… Transcurren cuatro horas llenas de terror. De pronto, le sacan la capucha, unas luces hirieren sus ojos, pero no puede cubrirse con sus manos pues estas están atadas a la silla. Jimena mira que a su alrededor, hay un gentío apiñado dentro de una iglesia que la observa con rencor. No reconoció a ninguno, se dio cuenta entonces que había sido secuestrada y llevada a otro pueblo.

—¡Señores y señoras, esta es la endemoniada! —dijo un hombre, con traje negro y sombrero, a la vez que señalaba a Jimena.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Jimena.
—No te hagas la que no sabe, hija de Satanás —la increpa el hombre del sombrero—. Todos los aquí presentes sabemos que los demonios te abortaron al mundo. ¡Confiesa! ¿No es cierto que tres demonios te llevaron dentro de sus entrañas hasta los cielos?
—No fueron demonios —replicó Jimena—, fueron unas esferas de luces que me persiguieron y…
—¡No mientas! Estuviste en un aquelarre llamando a tu padre Satanás y luego este vino a llevarte para luego devolverte al mundo y producir maldades.
—No entiendo… ¿Qué maldades?
—¿Acaso no eres la joven que escupe fuego?
—Bueno… Sí… Pero ese es un don de Dios.
—¡No blasfemes el nombre de Dios! —exclamó iracundo el hombre del sombrero—. ¡Señor Andrés! —requirió a un concurrente.
—Dígame, señor —respondió el señor Andrés al llamado del hombre del sombrero.
—¿Qué le sucedió hace tres meses, señor Andrés?
—Extrañamente se quemó parte de mi cosecha —dijo esto y se sentó.
—¡Señor Raúl! ¿Qué le pasó a su casa? —volvió a preguntar el hombre del sombrero a otra persona.

El señor Raúl se levantó y respondió:
—Una noche salí con mi mujer a recoger más leña y dejamos a nuestros hijos jugando dentro. De pronto la casa comenzó a quemarse.

Y así, el hombre del sombrero fue llamando a otras personas que daban sus testimonios de alguna desgracia que les ocurrió con el fuego. Jimena, no entendía nada y cada vez se sentía más asustada. Cuando los testimonios terminaron, el hombre del sombrero prosiguió.

—¡Señores y señoras! Como pueden ver, esta hija del demonio es la causante de todas estas desgracias, que no acabarán si no acabamos antes con ella.
—Sí, hay que ahorcarla —sentenciaron unos.
—¡Qué muera! —pedían otros.

Jimena nunca estuvo en ese pueblo. ¿De qué forma podía ser ella la causante de todas esas tragedias? No soportó más el terror que toda esta locura le producía. En su agitación sus ojos cambiaban de color a un amarillo. Los presentes se espantaron y se compactaron hacía atrás. De pronto Jimena quiso gritar un no, pero en vez de ello le salió una bocanada de fuego que le prendió fuego al hombre del sombrero quien loco por las llamas daba tumbos contra los muebles y paredes y luego cayó al piso. La gente salió despavorida mientras Jimena intentaba zafarse de las ataduras, como sus fuerzas no le ayudaban escupió pequeñas llamas para quemarlas, esto le permitió liberar sus brazos. Miró que no podía salir por las puertas pues los concurrentes estaban atorados en su desesperación por salir, lo único que se le ocurrió fue dar una bocanada de fuego contra una de las paredes para debilitar la madera y así hacer un forado para poder salir. Una vez hecho esto, salió espantada dejando atrás la iglesia que se consumía por el fuego.

La mayoría de aldeanos que lograron salir de la iglesia se percataron que Jimena había escapado por lo que fueron detrás de ella a capturarla. La noche estaba algo oscura y Jimena no conocía ni el pueblo ni el terreno por el cual corría desesperada. En su huida tropezaba con alguna piedra o rama, esto le restaba tiempo a la vez el tumulto se la iba acercando. El murmullo de un río cercano parecía ser su salvación pero no calculó bien la distancia y la poca luz nocturna no la ayudó. Tropezó y cayó al río.

Mientras tanto en su casa, la madre de Jimena no entendía la desaparición de su hija. Se la pasó el día buscándola y preguntando a los vecinos, pero nadie le daba razón alguna. Hasta que llegó la noche y se sentó en un sillón al lado del fuego a esperarla.

Muy entrada la noche, unos golpes a la puerta la hicieron reaccionar. Su corazón se le salía por su boca. «¡Mi Jimena ya llegó!», se dijo con una súbita felicidad. Abrió su puerta pero no vio a nadie de frente, luego bajó la mirada y vio un cuerpo húmedo en el piso.

—¡Jimena! —gritó la madre.

Pero el cuerpo de Jimena estaba tan frío como su humedad. Una nota sobre el cadáver decía: «Por fin acabarán nuestras desgracias. La hija de Satanás ha muerto».

Texto agregado el 06-05-2020, y leído por 181 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
31-05-2020 Estimado Notario, es una pena que no hayas podido terminar de leer mi publicación. Agradezco tus comentarios. EnriqueOrellana
31-05-2020 Gracias Clorinda por darte el tiempo de escribir tus comentarios. EnriqueOrellana
30-05-2020 Lecturable , lecturable no es. Yo me cansé a la mitad de la lectura. Notario
30-05-2020 Lecturable , lecturable no es. Yo me cansé a la mitad de la lectura. Notario
29-05-2020 Solamente teniendo un clon uno puede comentar sus propios textos. Jaja! Clorinda
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