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Mientras se bañaba, fue que le vino la peregrina idea de que alguien lo llamaría por teléfono o visitaría para hacerle una confesión muy importante. Apresuró el baño para estar listo cuanto antes y esperar atento la llamada o la visita. Era su día de asueto y estaba dispuesto a disfrutarlo de la mejor forma posible, haraganeando por supuesto, ya que no pensaba salir de su departamento en todo el día; continuar leyendo el libro que tenía en curso, preparar más tarde algo rápido para comer, tomarse dos o tres tragos del ron que le había regalado Marisela y quizás, para rematar, ver en Netflix alguna serie o peli de acción.
Después de una semana agotadora de trabajo en el despacho de contaduría, era una bendición estar en casa. Rosaura, la jefa, era una verdadera dictadora, que los hacía trabajar jornadas diarias de doce o catorce horas, sin pago de horas extras. ¿Qué acaso no tenía algún hombre en casa que la esperara con ansiedad, para cenar con ella o hacerle el amor? Porque la verdad es que la mujer aún tenía muy buen ver, aunque seguramente cargaba ya encima sus cuarenta años pasaditos. El recuerdo de su imagen lo conmovió, lo llenó de deseo; si tuviera oportunidad se la llevaría a la cama sin dudarlo.
Sirvió en un vaso una porción generosa de ron, se recostó cómodamente en uno de los sillones de la sala, dejando sobre la mesita de centro el vaso y el celular para tenerlo a mano por la posible llamada. Ya era casi mediodía, el sol entraba animoso por los ventanales y él experimentaba un sentimiento de placidez, algo parecido a la felicidad. Alcanzó “La soledad del lector”, de David Markson, el cual llevaba más o menos por la mitad e intentó comenzar a leer, pero no pudo. Fue en ese momento cuando escuchó una vocecita interna suave, tímida, que le susurraba palabras en la mente:

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca
amor divinizado que se va.

¿Qué era eso? ¿De dónde le vino el recuerdo de aquellos versos?... Farewell de Neruda. Una poesía aprendida hacía ya muchos años en la adolescencia; ¿por qué ahora había aparecido tan de repente? El poema tenía su historia y el recuerdo de Marina iba asociado con ella; pero ese había sido otro tiempo. Versos, poemas, libros de poesía; tenía en casa muchos de ellos. Entonces decidió dejar el libro de Markson de lado y se levantó presuroso a buscar en los estantes; para pasar bien el día, leer poemas podía ser una actividad gratificante. Se trajo a Whitman, Baudelaire, Neruda, Cortázar, Sabines, Bukowski, Machado, Lorca, Pacheco, Storni, Plath. Y empezó a hojear los libros para localizar sus poemas favoritos. Tan entretenido estaba en esa actividad que no se dio cuenta que el tiempo pasaba. Después de poco más de una hora, se percató de que el teléfono no había sonado para nada; nadie había hecho aún una llamada, nadie había venido. Le molestó un poco que así fuera, porque él estaba seguro de que alguien llamaría o quizás vendría a visitarlo.
Siguió con los poemas, se le atravesó la Ceremonia recurrente de Cortázar, leyó un fragmento:

El animal totémico con sus uñas de luz,
los ojos que junta la oscuridad debajo de la cama,
el ritmo misterioso de tu respiración, la sombra
que tu sudor dibuja en el olfato, el día ya inminente.
Entonces me enderezo, todavía batido por las aguas del sueño,
vuelvo de un continente a medias ciego
donde también estabas tú pero eras otra,
y cuando te consulto con la boca y los dedos, recorro el
horizonte de tus flancos…

Así estuvo, pasando páginas y leyendo poemas de los diversos libros. Muchos de ellos le recordaban hechos, amigos, mujeres que había conocido, que pasaron por su vida. La lectura le daba una sensación de intimidad, de quietud, la interrumpía solo para servir en su vaso más ron; para evitar estarse levantando del sillón, se había acercado la botella. Existía una magia especial en todos esos poemas, aunada a la magia del licor, ambas creaban una dimensión donde el pasado no existía, todo recuerdo se volvía actual, novedoso, presente. Miró la hora, pasaban de las tres de la tarde, ¡carajo!, nadie venía ni llamaba. Ni de preparar un poco de comida se acordó, pero así estaba bien. Recostó la cabeza sobre el respaldo del sillón y evocó a Marisela. ¿La amaba? ¿Estaba dispuesto a pasar el resto de su vida al lado de ella?... Guapa, elegante en el vestir, inteligente, culta, de un cuerpo prodigioso que compartía con él en noches memorables; pero ¿la amaba realmente?

Y que yo me la llevé al río,
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Se quedó dormido; cuando reaccionó empezaba a oscurecer, una suave penumbra se deslizaba ya por todo el departamento. Miró el celular: ninguna llamada, ninguna visita. ¿Qué acaso nadie se acordaba de él, de su existencia? ¿Los amigos, Marisela? Se sintió frustrado ante la evidencia de que al parecer nadie lo extrañaba. Si lo hubiera decidido, en ese momento habría hecho tres, cuatro llamadas y conversado largo y tendido con cada uno de los que hubiera llamado. No lo iba a hacer. Aguantaría a recibir la llamada o la visita importante que la premonición mañanera tenida, comprobara que no se había equivocado.
Activó el interruptor de la luz y se arrellanó de nuevo en el sillón. A pesar del ligero mareo que tenía, sirvió más ron en su vaso. Comer algo podía esperar. Siguió leyendo.

Desecho, anclado, he sacado de nuevo
la vieja libreta amarilla
escribo desde la cama
como hice el año pasado.

Iré al médico
el lunes.

Sí, doctor, las piernas flojas, vértigo,
dolor de cabeza y dolor de espalda

¿bebe? me preguntará
¿hace los ejercicios,
toma las vitaminas?

Creo que simplemente estoy enfermo
de la vida, siempre los mismos
factores fluctuantes
rancios

Bukowski era genial, un chingón, pinche viejo indecente. Fue capaz de vivir en la inmundicia y renacer como el ave fénix. ¿Y él?, ¿sería capaz de vivir con lo que era? A ratos todo le pesaba, le hacía sentir fuera de sitio, inútil a pesar del empeño que ponía en su vida. Se sintió miserable, lo peor de lo peor. Bebió del vaso hasta el fondo. ¿Qué chingados, nadie le iba a llamar o venir? “Marina, si estuvieras aquí, seguro estaría mejor”, pensó.
Pasó las horas leyendo, o dizque leyendo, estaba borracho, la botella de ron semivacía. Puso en su vaso el último chorro. A pesar de todo había sido un perfecto día de descanso. Pasaba de medianoche cuando se le empezaron a cerrar los ojos.

Eres perfecta, deseada.
Te amo a ti y a tu madre cuando estáis juntas.

Ella es hermosa todavía y tiene
Lo que tú no sabes.

No sé a quien prefiero
Cuando te arregla el vestido
Y te suelta para que busques el amor.

Los versos de Sabines resbalaron de sus labios vislumbrando un nebuloso recuerdo.
Nadie vino, nadie llamó. A punto de dormirse, balbuceó el fragmento de una canción:
“Ay, amor, como me duele el despertar. Ay, amor, sin ti mi cama es ancha…”
Se durmió.

Texto agregado el 17-04-2020, y leído por 84 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
18-04-2020 Hermoso relato, me encanto. jaeltete
18-04-2020 Odio a Neruda, ninguna poesía hermosa podría venir de quién dejó abandonada a su hija. Me gustó tu relato, pues deshila esa faceta que sé que todos tenemos, a cuantos nos ha pasado de tener grabadas palabras que hacemos nuestras? La literatura es aquella llave que nos abre las verdaderas puertas de la libertad. Muy bien; saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
17-04-2020 Un personaje que simpatiza, ya que lo muestras real e intimista... Me ha encantado también acompañar en la espera de una visita que nunca llegó. Saludos. krisna22z
17-04-2020 Totalmente de acuerdo con el comentario de sofiama, me ha gustado mucho tu texto, abrazos y estrellas desde colombia nelsonmore
17-04-2020 Esto es leer algo bueno no chingaderas. GRACIAS. rhcastro
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