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Mi padre era un cazador ejemplar, un hombre frío ante la muerte de otros por excelencia, así se presentó hacia mí siempre, siendo yo solo un niño, y nunca pude ver más que eso, la gracia de mi visión no me permitió jamás observar más allá de las ilusiones, más allá de lo que existe por debajo de esos cristales cafés, nunca pude saber a ciencia cierta qué vida se ocultaba detrás de los cuentos y leyendas que se crean en la mente de un infante. Sabía disparar con una precisión despiadada: observaba a la criatura desde lejos, a una distancia prudente; se acercaba hasta que la víctima podía sentir su respiración, el movimiento del viento exhalado acariciando su cuello. A momentos la escena me hacía creer que la cierva estaba consciente de su presencia y reaccionaba sin miedo, danzando junto a su asesino. Mi padre nunca se mostraba cansado, ni una sola gota de sudor escapaba de su frente. Al voltear a mirar su rostro podía ver una sonrisa cínica en sus labios que recordé para siempre y nunca pude descifrar pues no sabía si tal pasión era supervivencia o sadismo cruel. Nunca lograba anticipar el clímax, el momento clave en el que se decidía a apretar el gatillo atravesando de lado a lado el vientre de la cierva, nunca disparaba hacia la cabeza, entonces se arrojaba sobre ella mientras se sacudía abriendo la tierra a patadas. Cada golpe era como un trueno en mis oídos que me hacía sufrir enormemente, una súplica de ayuda llamándome a que hiciera algo por ella pero siempre estaba tan asustado y al mismo tiempo infinitamente maravillado… era mi padre, a pesar de tanta crueldad, una especie de héroe. La cierva moría finalmente desangrada después de que mi padre tomara su cuchillo y lo clavara en su sexo, ahí abajo, hasta su corazón, el animal entonces se desvanecía en un alarido de desesperación rogando por un escape que todos los presentes, si es que había alguien más que nosotros dos, sabíamos que no alcanzaría jamás, era ese el último aliento de su vida, después no había más. Sus ojos se apagaban instantáneamente mas nunca lograban cerrarse, siempre quedaban así, abiertos de par en par observando el vacío, y al mirar en ellos el espacio vacío donde solía estar su alma se podía ver el último instante de esa súplica.
Mi padre me enseñó a no sufrir convenciéndome a lo largo de los años que esa era la forma en que los verdaderos hombres, como él nos llamaba, teníamos que sobrevivir. Al principio cuestionaba la necesidad del sufrimiento del animal. Los años me enseñaron que la supervivencia implicaba dolor y que en ese aprendizaje reside la fuerza mayor. Con la juventud de mi vida dejé de cuestionar la posibilidad del error en sus enseñanzas pues al pasar los años la compañía de sus ojos se haría permanente al otro lado del espejo.
Me volví hábil cazador, logré manejar cada técnica de cacería al ver morir cada una de las víctimas de mi padre a diario: cazando desde arriba de los árboles; escondido entre los arbustos; a veces dos al mismo tiempo de un solo disparo, sobre todo cuando eran ciervas pequeñas. Eran esos momentos verdaderos festines y podía ver en esas oportunidades como amarraba cuerdas a sus sedosos cuellos. Sus pieles eran realmente hermosas y mi padre era también hábil trabajando cueros y pieles, aprovechaba todo lo que alguna vez fue propiedad del animal y trataba su terciopelo como si fuera entregado por dios. Me solía decir “el pelaje de una cierva es una de las cosas más preciosas y delicadas que existe sobre la faz de la tierra, nunca encontrarás nada igual. Aprenderás hijo, algún día, a recorrer cada hebra de terciopelo dorado y apreciarás la gracia divina de la creación en la muerte, en la entrega de un ser vivo para tu supervivencia. Debes agradecer pues este es tu alimento, la sangre de las caídas, te alimentarás de la gracia divina y descubrirás la belleza máxima de nuestra existencia aquí…”, en ese momento tomaba mi mano y me hacía recorrer el hocico de la cierva acariciando cada centímetro. “aquí hijo, aquí está la belleza de la vida, en su sexo”. Yo me avergonzaba ante tales palabras; me sonrojaba; me escondía y de paso no las entendía.
Mi padre se fue.
Hábil cazador me volví con el tiempo y sobre mi muralla descansaban pelajes de ciervas rojas, doradas y negras, cada una caída en un ritual de muerte realizado, para mi propia percepción, con gracia sublime, era ese el momento en que lograba hacerme uno con los ojos de mi padre al alcanzar un estado de excitación con la vida cada vez que acariciaba la muerte de mis víctimas, cada una de ellas descansando en un sitial entre mis recuerdos. Me vanaglorié a mí mismo con la sangre de seres vivos y no podía sentirme más vivo ante la muerte, era yo al fin inmortal, la muerte no lograría alcanzarme si yo era la muerte misma.
Era una tarde de mayo. Las hojas estaban ya secas y el bosque era un cuadro al óleo de tonalidades rojas bajo un frío atardecer oscuro. “pocas cosas en mi vida me han marcado tanto”, es esta una vil mentira que tuve que crear para convencerme que no he sido tan tonto como creí, es esta mi primera confesión, la segunda es que si me enamoré. ¿De verdad los hombres somos tan crueles? En ese entonces no lloré, me prohibí hacerlo, prefería la inconsecuencia antes que toda evidencia y nadie en el mundo merecía lo que hice con ella. Todavía puedo recordar el perfume de su pelaje azulado y la tristeza de sus ojos. La había estado cazando por días, por semanas, y me aseguré de seguir cada uno de sus rastros y al final del tiempo me había acercado tanto que me di cuenta de mi gran infamia, pues ella ya se había percatado hace mucho tiempo de mi existencia y con agrado decidió no huír de mí, destruyendo así, con la más simple de las acciones, a un cazador, arrebatando mi esencia y dejándome vacío. Llegué a odiar profundamente a esa cierva en el momento en que me le acerqué hasta quedar frente a ella, desnudo, mirándola fijamente a los ojos pudiendo ver su alma viva y darme cuenta en ese momento que yo era perfecto. La muy maldita me hizo creer que mi existencia era singular, única e irrepetible y me sentí contradictoriamente divino; me sentí inundado en un vacío interno infinitamente placentero que me aterró tan profundamente hasta mí médula que, de pronto, mi desnudez ya no era tan solamente física: estaba yo y mi arrogancia desnudos frente a dios. Recogí mis abrigos, mi rifle y huí vestido solamente con mis miedos.

Los colibrís,
Rebosantes de energía,
Viajan por aquí y por ahí,
Y yo, que volaba de noche y de día,
Me topé con una flor que al abrir
No disimulé un poco en consumirla.

La busqué un día con rifle en mano, decidido a vengarme, y al encontrar a la cierva ésta no escapó de mí. Se limitó a mirarme fijamente entre los árboles, entre los arbustos. Por un momento mientras la tenía en la mira titubeé. Pude ver su calma, la maravilla de dos ojos negros rebosantes de cariño y misterio. Exhaló frente a mí sin mover su vista un centímetro; criatura hermosa; pensé en no disparar. Me di cuenta que el viento era perfecto en ese momento para una letal trayectoria, en ese instante sujeté fuerte mí arma y apreté el gatillo. Había visto otras veces desangrar animales, nunca había sufrido por uno. Ante mi propia cobardía no resistí y desaparecí camino hacia mi hogar. Hice un agujero en la tierra y enterré el rifle con vergüenza decidido a no llorar. Dejé a la cierva ahí sin compasión alguna.
Mi tercera confesión es que, pasado tres años y con el recuerdo de sus ojos preguntándome “¿por qué?” pude al fin llorar de culpa. ¿De verdad los hombres somos tan imbéciles?. Por favor, perdóname.

Texto agregado el 13-11-2019, y leído por 68 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-12-2019 Siempre he pensado que los cazadores no tienen sentimientos;pero al leer tu texto me doy cuenta que si los hay y una de ellas nos puede dejar marcados para siempre al recordar su mirada. //Cada golpe era como un trueno en mis oídos que me hacía sufrir enormemente, una súplica de ayuda llamándome a que hiciera algo por ella pero siempre estaba tan asustado y al mismo tiempo infinitamente maravillado… era mi padre//***** Un abrazo Victoria 6236013
14-11-2019 Debe ser el destino, o quizas cambien las necesidades de las nuevas generaciones. Vaya_vaya_las_palabras
 
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