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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / De sueños y pesadillas

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Soñar puede ser inquietante si se tienen pesadillas, y Antonio Rojas las tenía cada noche. Cuando su sueño era más profundo, daba inicio su deambular por una llanura semidesértica, solitaria, con un clima sofocante y las sombras de la noche envolviéndolo todo. Una luna pálida y lejana aparecía colgada en el firmamento plagado de estrellas; el hombre la seguía sin descanso como si ella fuera la guía de su camino. En el sueño, Antonio caminaba durante horas, hasta sentir que llegaba al límite de sus fuerzas; el frío lacerante casi lo congelaba, pero él tenía que encontrar el tótem sagrado, donde todo lo que ignoraba se le revelaría. Finalmente encontraba el ansiado ídolo, el cual se alzaba imponente al centro de un gran semicírculo de rocas gigantescas; ahí estaba, esperándolo, con el gran cuervo sabio y clarividente en lo más alto del mismo; reverenciarlo y creer en su bondad era lo primordial. El momento en que Antonio se postraba de hinojos ante el tótem y preguntaba su sino, comenzaba el terror: la luna se desvanecía y las estrellas comenzaban a desprenderse del cielo una a una cayendo como lluvia de meteoritos justamente alrededor del ídolo adorado; caían haciendo un ruido atronador. No había a dónde escapar de aquella lluvia de rocas. Las piedras caían y caían; en cualquier momento alguna de ellas lo aplastaría sin duda.
Ahí despertaba, cuando las estrellas se venían abajo convertidas en rocas y era inminente que iban a aplastarlo. Su despertar era excitado, sudoroso, jadeante, lleno de terror por las imágenes de aquella pesadilla recurrente que se presentaba casi a diario. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué lo atosigaba una y otra vez esa caminata dolorosa en la oscuridad, para encontrar aquel poste grotesco y colorido que debía revelarle su destino?
Miró el reloj: cuatro diez de la mañana. Ya no se sintió con ganas de dormir, al menos no para seguir soñando aquello. Somnoliento aún, se vistió despacio y esperó en la sala mirando la tv, a que fuera la hora de ir al trabajo. En la oficina, no estuvo demasiado atento en sus actividades, ser contador necesita de concentración en el llenado de documentos y manejo de números. Decidió comer con Carlos, un compañero de trabajo con el que tenía cierta intimidad y contarle lo del sueño. Se sintió más tranquilo al hablar de ello con alguien, su amigo se portó bastante comprensivo y le dijo que no le diera tanta importancia a aquello. Que seguramente era gran parte del estrés generado por el mismo trabajo. Le recomendó que leyera “La interpretación de los sueños”, de Freud.
Después de salir por la tarde de la oficina, se metió a una cantina cercana al Ángel de la Independencia para tomar un par de tragos, y entre pensar y pensar sobre su extraño sueño se le pasaron las horas. Cuando salió del lugar, la Ciudad de México aún lucía iluminada y transitada por incontables automóviles que avanzaban raudos por Avenida Reforma. Era cerca de medianoche cuando entró a su pequeño departamento. Estaba cansado, pero dormir no se le antojaba para nada. Encendió el televisor y se plantó ante él con una cerveza que extrajo del refri, para ver las noticias. Desearía estar despierto toda la noche, no cerrar los ojos, no soñar con nada. A punto de dar las 12 pm, el locutor se despidió diciendo: “así como hace unos días terminaron las fiestas patrias, se nos ha terminado el tiempo de este miércoles 18 de septiembre. Les deseo muy buenas noches y nos vemos mañana a las 22:30 para una emisión más de nuestro noticiero”. Empezaron las notas del himno nacional y… Antonio se quedó dormido.
Lo curioso de la situación es que esa noche no soñó nada, no hubo pesadilla, ni caminata, ni tótem, ni piedras cayendo. Durmió a pierna suelta como un bendito. Como no programó su despertador para levantarse a las 7 am como siempre lo hacía, siguió durmiendo. Y cuando a las 7:19 de la mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México comenzó a temblar, a derrumbarse por doquier edificios, casas, anuncios espectaculares, postes de luz, abrirse el pavimento de las calles, etc, Antonio no se percató para nada que también el techo de su departamento se venía abajo y que el edificio donde vivía quedaba reducido a escombros y él entre ellos, con infinidad de personas más por toda la ciudad.

Texto agregado el 24-10-2019, y leído por 96 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
26-11-2019 tremendo!! Muy bien relatado. giovana22
18-11-2019 Qué tragedia, el sueño lo preparo y así nunca se enteró de lo sucedido, buenisimo.***** Abrazo Lagunita
08-11-2019 Muy impresionante y narrado con maestría!!! Recuerdo cuando mi madre soñó con el número de la lotería de fin de año, recorrieron varias agencias, no lo consiguieron y salió. Los sueños premonitorios existen, ya lo creo. MujerDiosa
03-11-2019 Cuántas veces nuestros sueños nos advertirán y llamarán la atención y nosotros dale que dale con que los sueños son solo sueños... ***** achachila
25-10-2019 Un sueño que la cruel realidad lo llevó a su fin. ¡MUY BUENO! Shalom amigazo Abunayelma
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