No digas nada, salvo que lo que vayas a decir sea comparable a la belleza del silencio.
Te miro y me estremezco...
me siento tan insignificante como la lágrima que sé que más adelante recorrerá mi cara.
Jamás volveré a sentir lo que en este momento estoy sintiendo,
porque las cosas pasan,
y de ello sólo nos queda su recuerdo.
El cual quisiera encerrar
para no olvidarlo nunca,
no marchitarse nunca,
que nunca muera...
Lo poco que tuve me fue arrebatado,
me lo quitaron de las manos...
No quiero que pase lo mismo contigo,
aunque apenas te conozca
en cierto modo ya has empezado a ser mio.
No hay palabras de por medio.
Sólo miradas.
Miradas que me queman el alma
y me hacen sentir viva,
miradas que me condenan,
tus ojos...mi vida.
Unos ojos vulnerables, indefensos...
Parece el niño asustado
ante el porvenir de la vida,
parece el adulto atemorizado
ante la no vida, la muerte.
Triste su mirada...
Mientras tanto empiezo a no entender nada,
nublada mi mirada...
Siento miedo del poder de esos ojos,
miedo a quedarme atrapada entre ellos para siempre,
creo que empiezo a quererte sin apenas conocerte.
Puedo leer tu mirada más sabia que cualquier palabra,
más bonita que toda la belleza del mundo junta,
tan bonita que me hiere, me hace llagas
y me siento desnuda, avergonzada...
El otoño es más largo y más frío desde aquel día,
y no hay nada que pueda decir o hacer,
no puedo cambiar lo que pasó,
no quiero cambiar lo que pasó.
Es pasado.
Recordaré tu mirada como lo mejor que me pasará en vida, mi vida...
Unos segundos en los que para mi se paró el tiempo,
y cientos de cosas empezaron a cambiar,
un desastre natural...
La vida se me escapa entre tus dedos...
mírame estoy llorando...
soy insignificante a tu lado...
Te acercas a mi e intentas hablar por vez primera,
no lo hagas,
no mates toda belleza que comienza en tu mirada...
SILENCIO.
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