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Inicio / Cuenteros Locales / gui / ¿Y ustedes cuándo lo supieron?

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¿Desde cuándo me gustan las letras? -me pregunté hace un tiempo y después de una concienzuda revisión de mi pasado, de pistas aleatorias y de una montonera de sucesos conducentes a aclararme este cuestionamiento, concluí que no hubo un comienzo definido, sino que este amor proviene desde que se ofrecieron a mis ojos esos signos presentados en hilera y mediante los cuales podía descubrir un universo fascinante.

Es dable aclarar que mucho antes que intuyeran mis padres siquiera un atisbo de mi arribo a esta existencia, revistas y diarios se arrumbaban ya en su hogar, acaso presagiando que más tarde esos periódicos y esos semanarios serían mis mejores compañeros. Aprendí a leer no con el apoyo de algún silabario común y corriente sino con las noticias de El Mercurio. En ese trance alfabetizador, mi abuelo materno me introdujo en los misterios del lenguaje, en ese maravillosa articulación de las letras, verdaderos ladrillos de las palabras, argamasa y fundamento esencial para la edificación de construcciones grandiosas e inmortales. Aprender a leer y a enamorarme de las imágenes que esa sucesión de signos dibujaba en mi mente, no fue cosa del destino, fue la llave y el descubrimiento de un mundo de situaciones fabulosas, relatos sustanciales que encaminaron mis pasos y me posicionaron en lo subyacente. No creo que haya sido distinto para los demás, pero en mi caso, yo me enamoré de las letras y de las palabras que aparecían en cada frase, digería sus sabores, sus olores, aquella sinfonía visual que enardecía mis sentidos, sin el apoyo parafernálico de los medios audiovisuales que hoy nos deslumbran.

Amaba las fábulas y la larga lista de seres mitológicos, personajes que se desarrollaban mucho mejor en mi mente que en las ilustraciones, las cuales intuía que no plasmaban con suficiente fidelidad a las que yo imaginaba con mayor despliegue.

Pero no sólo de cuentos y leyendas me nutría, ya que Topaze, revista de la actualidad política nacional, rivalizaba en mis gustos con la Caperucita Roja o Gulliver, por la sucesión de personajes caricaturizados que representaban al mundo parlamentario, seres que mucho después supe que en sus indumentarias había más oropel que grandeza.

Carlos Ibañez del Campo, fallecido ex presidente de la república, le disputaba el favoritismo a Robin Hood en mis gustos, por la sencilla razón que lo conocí una tarde de septiembre al presentarse sobre un escenario improvisado que se levantó frente a mi casa y aunque no entendí nada de su discurso de campaña, me gustó y me fascinó, porque era un ser que había emergido desde las portada del Topaze para aparecerse allí, delante de mis ojos y de mis fantasías. En aquellos años, yo era un chicuelo que, como se supondrá, no tenía ni la más mínima idea de los partidismos ni de las corrientes políticas en disputa. Pero, me gustaba Ibañez por lo ya expresado y principalmente porque era el candidato que le gustaba a mis padres. Que ingenuos somos los niños y también tantos seres anónimos que nunca logran distinguir las diferencias y que son objeto de la manipulación más descarada por esos personajes que para mí sólo eran de cuentos y que en realidad especulan con la inocencia de muchos.

Años después, caminando por la que era en esos tiempos la opulenta calle República, contemplaba las fastuosas edificaciones, ribeteadas por prados cuyo verdor concordaba con tanta grandeza y que parecía ser la obra maestra de un afamado pintor. Venía yo del liceo, disfrutando de tan bellas y sugerentes postales, con el íntimo gozo de haber ganado un concurso de redacción en la clase de Castellano. Y en ese breve paseo, en que imaginaba que recorría a paso cansino las mansiones de Unamuno, de Lope de Vega, de Victor Hugo y de todos esos maestros, que ellas eran el equivalente material de sus obras inscritas en la inmortalidad, construcciones engalanadas para el disfrute visual, silenciosas en su grandeza, ajenas al mezquino y poco elegante juego de las apariencias. Y aplastado ante tanta realización tan perfecta, ante el brillo de esas obras imperecederas, me sentí avergonzado por este profano sentimiento de sentirme el mejor por el sólo hecho de haber dispuesto con mayor eficiencia que otros unas cuantas frases, para lograr un galardón que valía muchísimo menos que el cerrojo que cautelaba cualquiera de esas mansiones y el recuerdo de esos insignes autores.















Texto agregado el 14-05-2019, y leído por 44 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
15-05-2019 Disfruté todas y cada una de tus palabras y lograste transportarme con tu abuelo, con Ibañez. Muy lindos tus recuerdos. Y ese amor a primera vista por las letras...waooo...me dejó sin habla cómo lo expresas. Se siente. ***** elixir
15-05-2019 5* a este relato que me agradó mucho. jdp
14-05-2019 Muy buena reflexión, gui, interesante y sincera, además de agradable de leer. Lo tuyo es una verdadera e envidiable fiebre de escritura, una compañera fiel de tu existir, si veo la cantidad impresionante de textos que has escrito en esta página azul. 5* henrym
 
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