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El escritor colombiano Gabriel Garcia Márquez se consideraba a sí mismo un mero contador de historias. No dudo de que sea cierto, pero, en tal caso, él sería el “mero mero”, expresión ésta con la que en Guatemala se designa al número uno, a la máxima autoridad en cualquier materia. Al que “parte el bacalao”, que diríamos a este lado del charco.

Un buen relato precisa de un buen narrador. No hace falta que sea García Márquez, pero no todo el mundo vale. Un buen narrador necesita reunir ciertos dones naturales: gracia, ingenio, talento etcétera. Pero también ha de estar pertrechado de un buen arsenal de tipo teórico: un vocabulario rico, una sintaxis rigurosa, un dominio suficiente de los distintos niveles del lenguaje (coloquial y literario), una cierta sabiduría para dosificar la información (lo que le permitirá tener enganchado al lector) etcétera.

Alguien decía que hay dos clases de personas: aquellos que dan la vuelta al mundo y lo cuentan como si hubieran dado la vuelta a la esquina, y aquellos que dan la vuelta a la esquina y lo cuentan como si hubieran dado vuelta al mundo. Los buenos narradores pertenecen a esta segunda clase.

Así pues, para atraer la atención del lector, o del oyente, para mantenerlo cautivo con nuestras palabras, es casi más importante la forma en que se cuentan los hechos que los propios hechos contados.

Pero los hechos, las historias, son importantes. Y mucho. He aquí el inicio del Canto VII de Altazor, poema de Vicente Huidobro: “Al aia aia/ ia ia ia aia ui/ Tralalí/ Lali lalá/ Aruaru/ urulario/ Lalilá/ Rimbibolam lam lam/”. Quizá sean estos unos versos sublimes. Quizá hayan sido compuestos con una destreza técnica incomparable. Quizá tengan una extraordinaria musicalidad. No digo que no. Pero la verdad es que no me interesan demasiado. Bueno, en realidad no me interesan en absoluto. Yo necesito que el autor (el narrador, hablando en puridad) me cuente algo que me seduzca, que me haga pensar, que me remueva interiormente. O todo ello a la vez. Yo quiero, por ejemplo, que el autor exprese su tristeza por la pérdida de su amante, o su melancolía por la constatación de la inevitable fugacidad de la vida, o su alegría por la aparición de un amor repentino e inesperado. La poesía que se limita a ser un ejercicio formal es una poesía muerta, un cascarón vacío, un entretenimiento sólo apto para eruditos, para frikis y para frikis eruditos.

Decía Oscar Wilde que sólo hay dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Claramente este buen hombre estaba equivocado. Pero, con un par de retoques que hagamos a la frase, nos acercaremos bastante a la verdad: “sólo hay dos reglas para escribir: tener algo interesante que decir y decirlo de forma literaria”. Ciertamente, sobre las dos palabras añadidas se podrían escribir (y supongo que se habrán escrito) ríos de tinta. Empezando por la última, nos topamos con el problema de saber en qué consiste eso que llamamos “estilo literario”. Y siguiendo con la primera, nos topamos con el problema de saber cuales son los temas que pueden ser considerados interesantes, cuales son las historias merecedoras de ser contadas. Es obvio que yo no tengo las respuestas. Respecto a la primera cuestión, ya apunté algo un poco más arriba, y no voy a decir más porque tampoco sé mucho más. Respecto a la segunda cuestión, sólo diré que Borges sostenía que nada más había cuatro tipos de historias: la ciudad cercada, el regreso, la busqueda y el sacrificio de un dios. Un poco tajante este hombre. Y un poco sesgado hacía las historias clásicas: en su clasificación se vislumbran nítidamente “La Iliada”, “La Odisea”, “Jasón y el vellocino de oro” y “La Biblia”. En resumen, no comparto en absoluto su criterio, a pesar de no disponer de uno alternativo.

Después de una larga temporada sin escribir nada, estaba una mañana con la caña preparada a la busca de una historia que contar, dando por supuesto que, a pesar de mi carencia de un marco teórico adecuado, una vez que la misma apareciera, la reconocería de inmediato y me daría cuenta de que aquella era una buena historia, una historia como Dios manda, una historia digna de ser relatada. En concreto, me hallaba leyendo un suplemento cultural, cuando me di de bruces con la siguiente historia, contada por la escritora Laura Ferrero.

El día 19 de enero de 1936, en el Yankee Stadium de Nueva York, el boxeador alemán Max Schmeling, conocido como “El perro nazi”, derrotó por KO a Joe Louis, un púgil estadounidense negro, apodado “El bombardero de Detroit”. El vencedor del combate alardeó de su victoria y afirmó sentirse orgulloso de su raza, la raza aria. Un par de años después, el 22 de junio de 1938, Joe Louis se tomó cumplida revancha y venció a Max Schmeling en poco más de dos minutos. Posteriormente, sentenció: “Estoy muy orgulloso de mi raza, la raza humana”.

No es una historia buena: es buenísima. Hace falta estar ciego para no darse cuenta de ello. Tal y como está escrita, sin más ni más, podría ser considerada un microcuento. Ahora bien, manteniendo su núcleo, su moraleja, este relato podría alargarse y transformarse en un cuento, en una “nouvelle” o en una novela, dependiendo de las preferencias y de las capacidades de cada autor. Bastaría para ello con documentarse adecuadamente sobre biografía de los personajes, sobre su psicología, sobre la historia de los primeros años del nazismo, o sobre el movimiento por los derechos civiles (concretamente, de los negros) en Estados Unidos.

El problema es que la historia es básicamente falsa. Quizá eso no debería ser un problema. Pero lo es. Al menos, para mí. En principio, el hecho de que un relato sea real o no lo sea debería ser indiferente a la hora de valorar su calidad literaria. Tal circunstancia sólo debería influir para catalogarlo dentro de ficción o de no ficción. Pero lo cierto es que, de manera tal vez injustificada, la veracidad de un relato, su carácter histórico o real, le confiere un valor añadido.

Me estoy acordando ahora de la historia de “El beso del Hotel Ville”. Se trata de una conocidísima foto en la que aparece una pareja de jóvenes parisinos besándose apasionadamente, por completo ajenos al mundo que les rodea. Muchos años después de haber sido tomada, otra pareja afirmó reconocerse en ella y demandó al fotógrafo, Robert Doisneau, exigiéndole una parte de los ingresos derivados de su difusión. Finalmente, el fotógrafo ganó el pleito. Lástima que, para ello, tuviera que reconocer la verdad: que la foto era un montaje. Los dos amantes eran en realidad dos estudiantes de la escuela de arte dramático contratados para la ocasión. Antes y después de que se descubriera el pastel, la foto siguió siendo la misma. Nada en ella había cambiado. Y, sin embargo, dejé de verla con los mismos ojos. Ya no me transmitía las mismas sensaciones. Era la misma foto pero era una foto distinta.

Algo similar me ocurrió al enterarme de los errores contenidos en el relato de Laura Ferrero. La verdad es que Max Schmeling no era nazi. De hecho, tuvo problemas con el régimen nazi por negarse a prescindir de su agente Joe Jacobs, de origen judío. El boxeador alemán nunca dijo sentirse orgulloso de la raza aria. Otra cosa es que las instituciones alemanas utilizarán sus éxitos como propaganda. El apodo “perro judío” no se lo puso él, sino la prensa estadounidense para escarnecerle. Él siempre se consideró amigo del púgil estadounidense, al que ayudó económicamente. Por último, la supuesta replica de Joe Louis en el combate de revancha nunca existió. Fue el periodista deportivo Jimmy Cannon quien sentenció: “Joe Louis es un orgullo para su raza, para la raza humana”.

Una vez me enteré de todos estas falsedades, sólo me quedaron tres opciones: cambiar los nombres verdaderos por nombres ficticios en el relato; componer un relato nuevo, fiel a los hechos (que ahora se me antojaban mucho menos literarios); o escribir estas divagaciones que ahora concluyen.


Texto agregado el 21-12-2017, y leído por 37 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
21-12-2017 Creo que este texto toca uno de los asuntos constantemente irresolutos en la literatura y que tiene que ver, uno, con el punto de vista del lector; y dos, con si ese punto de vista es el de la tradición literaria o no. Me parece que el texto se pone del lado de la tradición, bien que aporta con sus propias apreciaciones; litomembrillo
21-12-2017 porque es muy de la tradición decir sin más lo que a uno le parece buena literatura, arguyendo razones que funcionan siempre en la cultura popular o de masas, que es muy necesaria por cierto, básica diría. litomembrillo
21-12-2017 Todo bien, por ende. Mas ya que aparece Huidobro y su canto VII que son puras vocalizaciones, que cobran sentido en su sonoridad, es un ejemplo extremo de la búsqueda del hombre de pensamiento al que por su inquietud innata no le basta con Gabo, por muy maestro que sea. litomembrillo
21-12-2017 La literatura da para todo y por eso existen los buscadores de la palabra y el pensamiento, como meteoritos en órbitas excéntricas a quienes no se puede desconocer pues existen, y han dado señales de gran profundidad en su papel como parte de la Humanidad. litomembrillo
21-12-2017 Me ha encantado todo el texto y las historias. ***** grilo
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